Luis Cassá Marín, el nieto de Luis Marín Bermejo

In memoriam

El contestador automático saltó y el mensaje de Luis Cassá quedó grabado en la cinta magnética de aquella antigualla como un trueno en mitad de la noche. La excusa fue recibir información acerca de cómo obtener el certificado de defunción de su abuelo, Luis Marín Bermejo, pero con el tiempo supe que, dando aquel paso -¿nos pasará algo, hijo?, inquirió su madre- Luis sabía que abría una puerta que le llevaría a algún lugar al que estaba dispuesto a llegar.

Fue de las primeras llamadas registradas en la sección sobre Memoria Histórica que creé en la radio. Era el año 2003. Mi labor se limitó, en su caso, a solicitar el generoso conocimiento de Francisco Espinosa -para cuándo un reconocimiento a la altura de su aportación investigadora-, que en directo dio a Luis las pautas necesarias para conseguir aquel valioso documento. Y así fue.

Luis había crecido en la creencia de que a su abuelo, minero de Riotinto, lo atropelló un tren, hasta que con la llegada de la Democracia los candados del miedo doméstico se entreabrieron y pudo saber algo de verdad: su abuelo había sido uno de los miembros de la Columna Minera. Tenía -había- escasa información entonces: que, a las pocas horas del Golpe de Estado de 1936, aquel grupo de hombres había salido de la provincia onubense para hacer frente a los rebeldes en Sevilla y allí, tras una emboscada perpetrada por quienes debían unirse a ellos, cayeron como moscas, más de una decena en el acto y unos setenta apresados y después fusilados.

Algo prendía como una llama interna en la conciencia de Luis. Es una de las cualidades inherentes a la verdad o, para ser más exactos, a una verdad insuficiente: que ésta se convierte en un veneno que no logras extirpar hasta que la conoces entera, hasta que emprendes su búsqueda y logras tener en tu cabeza tener las piezas completas del rompecabezas para, al fin, ordenarlas. ¿Por qué viajó su abuelo en aquella comitiva? ¿Qué le pudo llevar a formar parte de ella? ¿Qué sucedió exactamente en Sevilla? ¿Dónde fue asesinado? ¿Y su cuerpo, dónde yacía? Todas eran preguntas sin respuestas, aplicables a cualquiera de sus integrantes, que Luis abanderó con valentía, determinación y dignidad, rompiendo tabúes y prejuicios y techos hasta entonces infranqueables.

La vida está repleta de esas puertas de las que hablaba. Y Luis lo sabía, como he dejado escrito. Una de ellas la abrió meses después su propio hijo, Pablo. Colega de profesión, me abordó en la entrada de Canal Sur y me habló de su proyecto: rodar un documental sobre su bisabuelo y recrear en él la llamada que su padre había hecho a la radio pidiendo ayuda. Yo ignoraba aquella conexión familiar. En aquella conversación entre compañeros, una nueva puerta se abrió: Luis había encontrado las cartas de su abuelo, escritas de su puño y letra desde su presidio. Aquel legado familiar había permanecido oculto, custodiado por el único hijo varón de Luis Marín Bermejo y durante años nadie, tampoco Luis, había sabido de su existencia.

Por aquel entonces, yo andaba buscando una historia con la que escribir mi primera novela y aquellas misivas suponían más que un buen comienzo. Telefoneé a Luis, le consulté si podría leer aquellas cartas y me dijo que sí. Sólo puso una condición: si yo pretendía utilizarlas, él debía consultar primero a la familia y obtener su refrendo. A los pocos días, guardaba en mi ordenador una carpeta con las cartas escaneadas y un documento de word con las transcripciones que el propio Luis había realizado de las mismas.

Nada más contemplar aquel material supe que escribiría aquella historia. En él, Luis Marín Bermejo aportaba datos inéditos y desgranaba, con dolor y agónica resignación, el día a día de un reo en un barco prisión que sabe que, tarde o temprano, escribiría el último adiós a su mujer, Ángela, y a sus seis hijos. Su versión sobre los hechos, sus intentos de demostrar su inocencia a través de un pariente sevillano conectado con la Iglesia, la ruin maniobra de su “defensor” en plena contienda, las peticiones de auxilio desesperadas, su creciente pesimismo, sus reiteradas despedidas, su testamento emocional, su insistencia de hacer saber a los suyos que iba a morir injustamente, que él no había cometido delito “de ninguna clase” salvo el haber “abandonado” a su familia aquella fatídica madrugada… Todo esto, y mucho más, encerraba aquel puñado de cartas que Luis me entregó sin ambages, legándome un pedazo de su corazón y el de su abuelo, pues la misma sangre corrió en ellos.

Me puse a trabajar y nuevas puertas se abrieron en cascada. Si existieran físicamente, la primera de ellas llevaría un rótulo inscrito con una cifra: 95/36. Es el número del expediente militar de la causa abierta contra aquellos hombres, que extraje del Archivo de la Memoria Histórica de Huelva. Durante meses, mi familia y yo estuvimos escudriñando casi setecientos folios de diligencias, fechas, datos personales, interrogatorios, careos, reconocimientos médicos, acusaciones, sentencia, órdenes de ejecución… No lo dudé e hice a Luis partícipe de toda aquella montaña de revelaciones que conformaría la columna vertebral de mi libro. Y de nuevo una puerta engarzó con otra. En aquellos meses, el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, en un gesto pionero, aprobó la primera Ley de Memoria Histórica. El conjunto de normas incluía la posibilidad de solicitar formalmente el reconocimiento de las víctimas del Franquismo y Luis se apresuró a adjuntar parte de aquella documentación en su petición, que no tardó en hacer al amparo de aquel esperanzador paraguas para las víctimas y sus descendientes. No olvidaré jamás cuando me llamó por teléfono para darme la noticia, con la voz colgando de un hilo y las frases a trompicones, espoleadas por la conmoción y la rabia: habían redimido a su abuelo de las penas por las que fue condenado a muerte y, por primera vez, un gobierno reconocía oficialmente su papel en defensa de los valores democráticos y la libertad. El documento le llegó a Luis firmado, si no recuerdo mal, por el mismísimo Ministro de Justicia, Francisco Caamaño.

Pero había más. Luis y yo hablábamos con frecuencia. Mis visitas a Riotinto y nuestros cafés en la terraza de la cafetería Galán se multiplicaron y, una vez más, él me puso sobre la pista. ¿Era posible que buena parte de la vida personal de aquellos hombres estuviera imbricada en unos expedientes laborales? Lo era. Todos aquellos miembros de la Columna que habían trabajado para la todopoderosa Riotinto Company Limited, incluido Luis Marín Bermejo, disponían de un exhaustivo informe que cruzaba los límites de lo laboral, algo así como un espionaje empresarial aplicado hacia adentro que los ingleses llevaron hasta extremos sorprendentes en años de suma sensibilidad obrera y sindical. Si bebían, si se involucraban en actos de corte político, si se casaban, si se mofaban en carnavales de las autoridades, si militaban en algún sindicato o asociación cultural, si se trasladaban de casa, si solicitaban empréstitos, si caían enfermos, si sufrían un accidente en el tajo y qué secuelas conllevaba… Las cicatrices, los sueños, las frustraciones, las miserias… toda suerte de intimidades de aquellos empleados estaban reflejadas con perfecta caligrafía en aquellos papeles, que una vez más entregué a Luis porque eran más suyos que míos. Fue así como cruzó una puerta más, ésta vez conectada con un pasillo hacia el pasado, que jamás imaginó. Él, que había sido alcalde de Riotinto por el PSOE desde 1987 a 1991, supo por mi boca que su abuelo ostentaba la vicepresidencia de la Agrupación Socialista de Riotinto, un cargo de extrema relevancia en aquella época convulsa de lucha obrera, represión y logros históricos. Recuerdo su rostro, la candidez de su mirada, sus gestos dulces y complacidos, su serenidad constante… aunque dentro de él, yo lo sabía, una nueva tempestad se desataba para dejar luego un paisaje límpido, hermoso y fértil en el que todo terminaba cobrando sentido.

El 4 de marzo de 2015 presenté La memoria varada. Fue en el Salón de Actos de la Facultad de Derecho de la Universidad de Huelva. Luis intervendría en la presentación y, por supuesto, él ya había leído un borrador. El acto, conducido por mi admirado Juan Cobos Wilkins, contó con la participación de mi querido Ramón Membrillo, secretario de la Fundación Baltasar Garzón, y un video del magistrado, al que tanto debemos en materia memorialista, en el que hablaba de la novela. Allí, rodeado de mi familia, de mis amigos, de mis compañeros de trabajo, de autoridades, de lectores interesados y de más familiares de las víctimas, a los que después conocí, Luis habló ante un salón abarrotado. Llevaba unos folios que extendió sobre la mesa y procedió a leerlos. Aquel discurso le granjeó la mayor y más justa ovación del acto. Fue tan emocionante oír aquel aplauso unánime que se prolongó en el tiempo… Me sentí feliz por Luis, mientras él agitaba las palmas de las manos pidiendo al público que cesara. Él era así. Todo templanza, humildad y consideración.

La obra zarpó y las presentaciones, sin esperarlo, se sucedieron. Siempre que lo requería, Luis acudía sin dudarlo. Junto a Manoli Capado, su mujer, asistía a los actos con la misma serenidad que el primer día y aquellas hojas a las que él daba lectura mientras los asistentes asistían perplejos a su discurso y a sus reflexiones, siempre cuidadas pero rotundas. Recuerdo a Manoli, siempre sentada en las primeras filas, secándose las lágrimas por debajo de sus gafas por más que hubiera escuchado aquel discurso trenzado con inteligencia, decoroso en la forma pero apasionado en el fondo, dulce en la transmisión pero directo en el contenido. He perdido la cuenta de los lugares que visitamos juntos: San Juan del Puerto, Alájar, Rociana, Camas, Sanlúcar la Mayor… En todos ellos, quedábamos antes para tomarnos juntos un café y charlábamos plácidamente. Después, compartíamos con los organizadores aperitivos, paseos, cenas, charlas, estancias… Sin embargo, hubo un lugar en el que se involucró especialmente: Riotinto, su pueblo. Ahora sé por qué. Él mismo se ocupó de organizarlo y quiso que se celebrara en un escenario poco habitual. Habíamos pisado diferentes centros sociales y culturales, alguna biblioteca, la universidad… pero nunca el salón de plenos de un ayuntamiento. Allí, subidos en la mesa de la Alcaldía, ocupando sus mismos sillones, mi hermano Ángel Romero, Luis y yo hablamos de la Columna Minera, de las diecisiete víctimas riotinteñas y de Luis Marín Bermejo.

Ahora entiendo decía, que aquel era el homenaje que Luis había preparado minuciosamente para su abuelo, en el seno mismo del lugar que representaba a todos los ciudadanos de un pueblo marcado por el estigma de la explotación durante siglos, el último refugio al que el propio Luis Marín Bermejo, en uno de sus últimos mensajes, apeló desesperado para que protegiera a su familia cuando a él le arrebataran la vida: “Riotinto noble y bueno, señor alcalde, mira por mis hijos…”. Ahora sé también que se trataba de una especie de deuda que Luis, en su generosidad, se propuso saldar no sólo con su abuelo sino con todos aquellos paisanos olvidados que representan la esencia más pura de un pueblo que siempre destacó por la defensa de los más humildes, un reconocimiento que, aún hoy, nadie ha vuelto a hacer en el epicentro de esta historia, en la tierra donde todo dio comienzo.

Cada vez me resulta más difícil hablar en público de lo que supuso para mí La memoria varada. En este tiempo, he podido poner rostro a muchos descendientes de aquellos hombres honestos, dejarme traspasar por sus miradas, escuchar con atención sus confidencias, permitir que me arrastrara su pena o su satisfacción al leer un dato que desconocían… No puedo evitar emocionarme, por ejemplo, al hablar de Lida, hija de Francisco Salgado Mariano, que tanta esperanza albergó en vida por recuperar los restos de su padre.

Ahora las ausencias se agigantan con la pérdida de Luis. Escribo sobre él desde la intimidad de mi hogar, sin nadie que me esté observando, tras el escudo protector de un teclado y una pantalla de ordenador. Si intento poner voz a mis palabras, éstas se quiebran y caen en picado, la garganta se enjaula y el intento libera un chorro de lágrimas que se amontonan, como una presa a punto de estallar, en mis ojos.

Luis era cristiano. Quiero pensar que allá donde esté ha hallado la última puerta y se ha encontrado, nada más abrirla, con su abuelo, que lo estaría esperando con los brazos abiertos para acogerlo en su cálido regazo y desvelarle mil detalles de aquel terrible episodio que nosotros ya jamás conoceremos. Y sé que, cuando le pregunten quién es, él responderá del mismo modo con el que siempre cerraba su intervención en todas y cada una de las presentaciones en las que me acompañó: “Soy Luis Cassà Marín, nieto de Luis Marín Bermejo, integrante de la Columna Minera, al que mataron injustamente por ayudar a defender La República y al gobierno legalmente constituido”.

Descanse en paz.

Por Rafael Adamuz, periodista y autor de ‘La memoria varada’

Rafael Adamuz vence en el I Concurso de Letras de Pasodobles del Carnaval Colombino

La Asociación de la Prensa de Huelva le hace llegar el trofeo acreditativo por la composición sobre memoria histórica ‘Sus miradas se cruzaron’

La Asociación de la Prensa de Huelva junto a la Federación Onubense de Peñas y Agrupaciones del Carnaval (FOPAC) han otorgado el I Premio al mejor pasodoble escrito del Carnaval Colombino a Rafael Adamuz, letrista de la comparsa ‘Los eméritos’ y además compañero de los medios de comunicación en Canal Sur Radio.

Adamuz ha conseguido este galardón gracias a una letra sobre Memoria Histórica titulada ‘Sus miradas se cruzaron’ y que ha enamorado al jurado por la emotividad de la composición, la historia de amor y tragedia que encierra y el lirismo de la misma.

El trofeo acreditativo ha sido entregado este jueves 25 de febrero en la sede de la Asociación de la Prensa de Huelva con la presencia del presidente de la APH, Juan F. Caballero y el de la Fopac, Francis Espinosa. Al acto de entrega no ha podido asistir el galardonado que ha enviado a uno de los componentes de la agrupación en su lugar, Manuel González, quien ha recibido el premio en sus manos que, además del trofeo de la Asociación de la Prensa de Huelva, conlleva  200 euros aportados por la FOPAC.

Para seleccionar a Rafael Adamuz como vencedor se procedió a la composición de un jurado en el que participaron dos miembros de los medios de comunicación, el propio presidente de la Asociación de la Prensa de Huelva, Juan F. Caballero, y la redactora de Huelva Información y aficionada al carnaval Raquel Rendón. Además fueron miembros del jurado el propulsor de la idea, Federico Pérez, Manuel Jonatan Jiménez y Francisco José Agudo, pertenecientes al mundo del carnaval.

Según ha señalado el propio Rafael Adamuz, “la letra está inspirada en una fotografía de la fosa de Guadalcanal (Sevilla). Se trata de una imagen impactante tomada tras una exhumación en la que hallaron dos esqueletos cuyas manos permanecían entrelazadas, cogidas. Para mí es uno de los símbolos del movimiento memorialista que refleja la vileza de un Régimen que acabó no sólo con la vida de miles de familias sino también con los sentimientos, en este caso, de una pareja que exhibe su amor hasta en el momento de su muerte, de su asesinato”.

De esta forma Adamuz ha indicado que con esta letra “quise hacer un homenaje, a través del carnaval, a las víctimas del Franquismo. El carnaval tiene que ejercer también una función pedagógica, comprometida y de denuncia y difusión de una asignatura pendiente en este país”.

El letrista premiado ha aseverado que “no es la primera letra que escribo sobre ello. Para ésta en concreto, recreé una vida en común de cualquier matrimonio que sufrió aquella represión y me interesaba centrarme en el amor y en su camino en común. Utilicé recursos periodísticos y géneros como la crónica para contar su historia, sobre todo en las primeras estrofas, además de recursos poéticos cargados de simbología en la segunda parte del pasodoble”.

En cuanto a los agradecimientos Adamuz ha querido señalar que “me siento feliz por partida doble: primero porque es la Asociación de la Prensa, con compañeros a los que admiro, la que ha reconocido el valor de esta letra y su mensaje y, en segundo lugar, por tratarse de la temática que aborda. Es un acierto que la Asociación de la Prensa de Huelva se implique en el carnaval, al que muchos califican como ‘periodismo cantado’. Reconocer una letra así significa mucho, además, para tantas familias que siguen esperando que exhumen los restos de sus seres queridos’.

Por último, Adamuz ha querido destacar, también, “que es un premio a un proyecto liderado por Manuel González y Juanky González; para la música maravillosa de Jose Ángel Romero; para un director incansable, Luis Domínguez; para unos intérpretes que pusieron el alma al cantarlo, Ana Rosado, Juanjo Menguiano y Antonio David Rodríguez; y, en definitiva, para un grupo que ha mostrado una implicación fuera de lugar y un mérito impagable por las circunstancias. Sin ellos no habría posible”.

La gran mentira

¿Qué se piensa antes de la muerte? ¿Qué idea se cruza, agónica, en el instante último? ¿Qué recuerdos afloran? ¿Qué se dice en la despedida final? Luis ignora que dispone de tiempo para dar respuesta a tales preguntas. Intuye que el final es inminente. Sólo le asaltan verdades, pequeñas y grandes certezas efímeras, pasajeras, como si le rebobinaran a cámara rápida la película de su vida, de esas que los ingleses de la Compañía ven en su cine todos los fines de semana. Luis sabe que morirá de un momento a otro. Primera verdad. Que lo van a matar, segunda. Que no verá más a su Ángela ni a sus niñas con diminutivos ni a su Luisito de su alma, tercera. Que ellos tampoco le verán más a él, cuarta. Así podría seguir durante horas, fabricando verdades, interiorizándolas, cobijándolas para siempre para que ya nada ni nadie se las arrebate. Que no se merece morir, quinta. A tientas, saca del bolsillo el trozo escondido de lápiz y un sobre arrugado que le servirá de último mensaje: «Riotinto noble y bueno, Sr.alcalde, mira por mis hijos. Luis Marín».

Pero pasan las horas. Y Luis no muere. Así que sigue masticando verdades. Nadie dice nada. Todos aguardan en la oscuridad de las bodegas, ahora más siniestra. La muerte ronda el Cabo Carvoeiro, les acecha. Pero no les visita todavía aunque la aguarden ahí abajo, enfermos, cubiertos de mugre, escuálidos, haraposos, pálidos, tísicos. Se diría que ya están muertos. La espera de la muerte esuna muerte en sí misma. Que los maten ya, clamanalgunos. Luis no. Luis está sumido en la película de su biografía, que ahora retrocede a su antojo, pegando saltosen el tiempo: se ve con Ángela, su Ángela, el día que la conoció, eran unos niños; su primer día en la mina; la zapatería de Valverde del Camino; nace Reposita, la mayor; el PSOE; una caja de vagón; la cuesta de La Pañoleta; un camión de dinamita; el silbido final de un disparo; el retrato de Luisito, su Luisito de su alma, montado en el burro; un estallido; su amigo Pepe Díaz; un barco de nombre impronunciable, Cabo Carvoeiro;Talleres Mina; un parte de accidente, leve al parecer; sus manos encalladas; Pereda, y Juanito; la muerte de su hija Amparo; una solicitud de traslado de vivienda, y otra, y otra; y Adelaida y Dolorcita, y Angelita y Manolita y otra vez Ángela, su Ángela… Séptima verdad: la culpa de lo que les pase es suya. Y de nuevo el lápiz en otro sobre oculto. Por extraño que parezca, aún hay tiempo:

«Querida Ángela y queridos hijos,

vuestro padre y marido os pide en este momento

en que voy a perder la vida

que me perdonéis todo el daño

que os he hecho a Vds. Nada más.

Porque, después, a nadie más.

Hijos míos, voy a morir

sin saber que habrá sido de Vds.,

Ángela e hijos míos,

pero Dios se apiadará de Vds.

y saldréis a la vida bien.

Adiós Ángela, Reposita, Dolorcita,

Angelita, Adelaida, Luisito y Manolita.

Un beso de vuestro padre y…».

Ha agotado la carilla del sobre. Sólo queda una libre:

«…para Ángela mía,

educa lo mejor que puedas a tus hijos».

Octava verdad: él ya no podrá educarlos. Las escotillas se abren de repente. Aún cabe algo más en el pedazo de papel:

«Juanito,

en este momento hago tu consejo

y voy a morir.

4 y ¼ de la madrugada».

​Un militar de voz desconocida nombra a doce condenados. El suyo no figura entre ellos. Los mencionados emprenden la salida. La muerte, ahora,decide flirtear con ellos. No se oyen tiros, ni golpes, ni órdenes, sólo ruidos de motores encendidos que decaen hasta desaparecer. Al rato, la misma voz enumera a otros doce. Los señalados suben. No se despiden. Él, tampoco. Su nombre aún no entra en la ruleta. La muerte, todavía, no le reclama. Las bodegas se van quedando vacías. La voz da una nueva lista de nombres, esta vez de once. Y otra. Y otra. Y sólo cuando ya quedan los últimos oncecontándolo a él, Luis escribe a la desesperada sus últimas tres palabras, décimas de segundo antes de que el soldado pronuncie su nombre: «Hasta la eternidad».

Capítulo 7 de la Tercera Parte de ‘La memoria varada’, de Rafael Adamuz

La resistencia y represión franquista en la Cuenca Minera se abordan este domingo en ATV

La resistencia y la represión franquista en la Cuenca Minera de Riotinto se abordan este domingo en el programa ‘La Memoria’, de de Canal Sur Televisión, un espacio semanal que la televisión pública andaluza dedica a la memoria histórica.

En el programa de este domingo, que se emite a las 22.35 horas en ATV, se proyectará el documental ‘Espigar la Memoria’, sobre la comarca minera onubense, tras lo que, a continuación, los telespectadores podrán presenciar una tertulia sobre este mismo asunto protagonizada por expertos en la materia.

Moderado por Manolo Prados, el coloquio contará con la participación de Juan Barba, de la Coordinadora de Memoria Histórica de Nerva; Rafael Adamuz, periodista y autor de la obra ‘La memoria varada’; Esteban Garrido, presidente de la Asociación Memoria, Libertad y Cultura Democrática de Camas (Sevilla); y Andrés Fernández, arqueólogo. 

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Así habla el juez Garzón sobre la Columna Minera y ‘La memoria varada’ de Adamuz

El juez Baltasar Garzón, autor del prólogo de la segunda edición de ‘La memoria varada’, la obra del periodista y escritor onubense Rafael Adamuz que relata los hechos acontecidos a la Columna Minera en los albores de la Guerra Civil española, ha dedicado unas palabras, a través del vídeo que ilustra esta información, tanto a la novela como a los sucesos que se abordan en la mismo.

Sobre el  libro, editado por Editorial Pábilo, Garzón sostiene que se trata de una obra «immensa» con la que Adamuz «consigue traer a presente lo que nunca debe estar ausente», pues «con la memoria construimos el futuro de un pueblo que sigue sufriendo el desconocimiento y el olvido», añade, al tiempo que asegura que ‘La memoria varada’ «no va a dejar indiferente a nadie» y «te pone la piel de gallina», por lo que recomienda su lectura.

El juez también se refiere a los hechos acaecidos en La Pañoleta el 19 de julio del 36 y a todo lo acontecido a las víctimas con posterioridad, hechos «impresionantes» que «nos duelen todavía como si fuesen hoy mismo», indica, tras lo que califica lo sucedido como «la injusticia de la Justicia, de la Justicia que apoyó el golpe militar que consumó las acciones ilícitas contra los trabajadores y mineros».

Adamuz reúne a los familiares de la Columna Minera para «seguir haciendo fuerza»

La segunda edición de ‘La memoria varada’, la novela del periodista y escritor onubense Rafael Adamuz que relata los hechos acontecidos a la columna minera en los albores de la Guerra Civil española, reunió este jueves en Huelva a numerosas personas y familiares de las víctimas, que no quisieron perderse la presentación de una obra con la que, «lo más importante, es que hemos hecho piña, fuerza, y vamos a seguir haciéndola» para restablecer la dignidad de las víctimas.

Este fue uno de los principales mensajes lanzados por el autor de la obra tras recordar que, en estos tres año de vida de la novela, «hemos conseguido muchas cosas», pues se han abierto fosas, se han recogido los restos de mineros asesinados en La Pañoleta, se han enterrado dignamente y se están haciendo catas para seguir buscando cuerpos, señaló Adamuz, quien destacó que la mayor aportación a ‘La memoria varada’ «la han hecho los familiares de las víctimas», al tiempo que indicó que esta segunda edición de la obra es «la mejor forma de que sigamos haciendo memoria».

El escritor enumeró las novedades de esta nueva publicación revisada y ampliada, editada por Pábilo Editorial, como el prólogo, a cargo del juez Baltasar Garzón, y una reproducción real de dos documentos: la carta que una de las víctimas, el riotinteño Luis Marín Bermejo, envió a su mujer y sus hijos antes de morir, y la sentencia judicial que condenó por «rebelión» a los miembros de la Columna, la parte de la investigación que más marcó a Adamuz, al descubrir la «artimaña», la «gran mentira» a la que tuvieron que recurrir contra los detenidos al no encontrar elementos jurídicos para condenar a quienes sólo habían defendido la legalidad vigente.

El acto, que se celebró en el Espacio Rubens de Huelva, estuvo cargado de gran emotividad, principalmente por la presencia de familiares de las víctimas, muchos de los cuales no pudieron ocultar su emoción. No pudo estar la hija de Francisco Delgado, una mujer que desgraciadamente no pudo ver cumplido su sueño de enterrar a su padre en Riotinto, pues falleció meses antes de conseguirlo, tal y como destacó el autor de la obra. Sí estuvieron muchos otros, como el riotinteño y exalcalde de Riotinto Luis Cassá Marín, un familiar clave en la gestación de la novela, pues fue quien despertó el interés de Adamuz por este tema cuando le llamó por teléfono durante un programa que el periodista conducía en Canal Sur Radio, tras lo que le entregó la carta de su abuelo que durante muchos años había permanecido oculta.

«Adamuz ha dejado por escrito la memoria de nuestros abuelos», destacó Cassá, tras lo que recordó que su abuelo ya ha sido objeto de una «reparación moral» por parte del Ministerio de Justicia, que lo reconoció como un hombre que luchó por la libertad y no como un «criminal de guerra», como eran consideradas las víctimas.

El acto, que estuvo conducido por la directora de Canal Sur Huelva, Inmaculada González, también contó con la intervención de Ramón Membrillo, miembro de la Fundación Baltasar Garzón, quien aplaudió la importancia de ‘La memoria varada’ por desvelar, con documentos oficiales y testimonios de familiares, unos hechos históricos en los que «los derechos humanos fueron pisoteados», al tiempo que calificó de «vergüenza» la actuación de todos los profesionales de la Justicia que participaron en aquel proceso, que cometieron «prevaricación» y «cohecho», añadió.

Por su parte, el editor de Pábilo Editorial, Joaquín Cabanillas, calificó ‘La memoria varada’ como una «obra maestra» que «ha trascendido fronteras» y con la que Adamuz «mezcla los estilos periodístico y literario», lo que hace de este relato «uno de los libros más emocionantes que he leído en mi vida», subrayó, mientras que Inmaculada González destacó que la obra «ha devuelto la dignidad a muchas familias» a través de una «investigación solvente».

El acto finalizó con una actuación musical del músico Gustavo Ariel Obermeller Lama, que interpretó una canción inspirada en esta exitosa novela.

Adamuz presenta ‘La memoria varada’ el próximo 22 de marzo

La nueva edición de ‘La memoria varada’, la novela histórica del periodista y escritor Rafael Adamuz que trata los sucesos que sufrieron los miembros de la Columna Minera al comienzo de la Guerra Civil española, será presentada el próximo 22 de marzo en el Espacio Rubens de Huelva, tras lo que el músico Gustavo Ariel Obermeller Lama cantará una canción inspirada en esta exitosa novela, cuya segunda edición, tal y como ya informó Tinto Noticias, estará disponible en las librerías este próximo 15 de marzo.

‘La memoria varada’ zarpó hace ya tres años contra el olvido de lo acontecido a la Columna Minera tras aquel 19 de julio de 1936, cuando este grupo de personas partió desde la Cuenca Minera de Riotinto en dirección a Sevilla para combatir el golpe militar. Vendidos los 2.000 ejemplares de la primera edición, el autor se vio obligado a reeditar su novela ante las numerosas peticiones de librerías y nuevos lectores, que ven ahora cumplidas sus expectativas gracias a esta nueva publicación, editada por Pábilo Editorial.

La segunda edición de la obra viene cargada de nuevos contenidos, como un prólogo de Baltasar Garzón, que califica la publicación como «una obra inmensa» con la que «Rafael Adamuz consigue traernos al presente lo que nunca debe de estar ausente», añade. Además, cuenta con otras novedades como el discurso de Miami, anexos y diverso material original, entre otras.

Todos los interesados en conocer la historia de este crucial episodio de la Guerra Civil tienen por tanto una cita ineludible con una obra que ya tiene tras de sí una veintena de presentaciones, algunas inéditas como la de la Universidad de Florida, pero, sobre todo, «el impacto entre víctimas y familiares, el verdadero alma de esta obra», como destaca su propio autor.

‘La memoria varada’ rescata, de forma novelística, lo acontecido a buena parte de los miembros de la columna minera, un grupo de personas compuesto en su mayoría por jóvenes mineros y campesinos que fue reclutado por políticos republicanos que lideraron la marcha, planeada desde Madrid. Sin embargo, no alcanzaron la capital hispalense. A las puertas de la ciudad, en la barriada de La Pañoleta, los mismos guardias civiles que tenían órdenes de acompañarles les tendieron una sangrienta emboscada. El resultado: más de una decena de muertos y setenta detenidos encerrados en el Cabo Carvoeiro, la prisión improvisada en un barco de cabotaje atracado en el Guadalquivir. En sus estrechas bodegas, en pleno verano, permanecieron en condiciones inhumanas y fueron sometidos al fin a un macrojuicio que fue, con toda probabilidad, el mayor Consejo de Guerra celebrado en los albores de la Guerra Civil en España.

La obra refleja el calvario que soportaron los reclusos a través de unas cartas enviadas por uno de ellos, Luis Marín Bermejo, quien da cuenta de su presidio y arroja datos reveladores. Los textos permanecieron ocultos hasta la muerte reciente de su único hijo varón, encargado de custodiarlos.

Adamuz publica una nueva edición de ‘La memoria varada’, la novela sobre la Columna Minera

El periodista y escritor Rafael Adamuz, autor de la novela histórica ‘La memoria varada’, saca a la luz una nueva edición de esta obra que zarpó hace ya tres años contra el olvido de lo acontecido a la Columna Minera durante los albores de la Guerra Civil española. Vendidos los 2.000 ejemplares de la primera edición, el autor se ha visto obligado a reeditar su novela ante las numerosas peticiones de librerías y nuevos lectores, que podrán adquirir la nueva obra a partir del próximo 15 de marzo.

Editada por Pábilo Editorial, esta segunda edición de ‘La memoria varada’ viene cargada de nuevos contenidos, como un prólogo de Baltasar Garzón, que califica la publicación como «una obra inmensa» con la que «Rafael Adamuz consigue traernos al presente lo que nunca debe de estar ausente», añade. Además, cuenta con otras novedades como el discurso de Miami, anexos y diverso material original, entre otras. 

Todos los interesados en conocer la historia de este crucial episodio de la Guerra Civil tienen por tanto una cita ineludible con una obra que ya tiene tras de sí una veintena de presentaciones, algunas inéditas como la de la Universidad de Florida, pero, sobre todo, «el impacto entre víctimas y familiares, el verdadero alma de esta obra», como destaca su propio autor.

‘La memoria varada’ rescata, de forma novelística, lo acontecido a buena parte de los miembros de la columna minera que, el 19 de julio de 1936, se dirigió a Sevilla para combatir el golpe militar. El grupo, compuesto en su mayoría por jóvenes mineros y campesinos, fue reclutado por políticos republicanos que lideraron la marcha, planeada desde Madrid. Sin embargo, no alcanzaron la capital hispalense. A las puertas de la ciudad, en la barriada de La Pañoleta, los mismos guardias civiles que tenían órdenes de acompañarles les tendieron una sangrienta emboscada. El resultado: más de una decena de muertos y setenta detenidos encerrados en el Cabo Carvoeiro, la prisión improvisada en un barco de cabotaje atracado en el Guadalquivir. En sus estrechas bodegas, en pleno verano, permanecieron en condiciones inhumanas y fueron sometidos al fin a un macrojuicio que fue, con toda probabilidad, el mayor Consejo de Guerra celebrado en los albores de la Guerra Civil en España.

La obra refleja el calvario que soportaron los reclusos a través de unas cartas enviadas por uno de ellos, Luis Marín Bermejo, quien da cuenta de su presidio y arroja datos reveladores. Los textos permanecieron ocultos hasta la muerte reciente de su único hijo varón, encargado de custodiarlos.