Más de los mismo en la Cuenca Minera

Esta tierra no quiere más “panes para hoy y hambres para mañana”, ya sabe lo que es eso.

Esta tierra está cansada de ver cómo los políticos se convierten en patéticas marionetas que luchan más por los intereses de poderosas industrias que por la salud de sus ciudadanos (otra vez). Y no quiere una limosna que vuelva a hipotecar su futuro.

Y no es que esta tierra no grite, es que no quieren escucharla. Y si no quieren escucharla, al menos que no nos salven de este modo.

No traigan más mierdas, mejor que nos dejen con nuestras entrañas vaciadas.

Teleras del siglo XXI

131 años después se repite la misma historia.

Basta poner “Ercros y Electroquímica” donde antes ponía “Riotinto Company Limited” y sustituir “humos y teleras” por “mercurio y otros agentes contaminantes”. Quitando esto, todo vuelve a ser lo mismo: uso de métodos y tecnologías obsoletas, connivencia entre las industrias responsables, falsificación de informes y ocultación de accidentes para no alarmar a la opinión pública.

Y hoy, como hace 131 años, el resultado vuelve a ser el mismo: contaminación del suelo, los acuíferos y la atmósfera y enriquecimiento de unos irresponsables a costa de la salud de la gente de esta tierra…

Otra vez…

Todo era un olor metálico que se pegaba a la piel de tal forma que parecía imposible separarla de ella… Y todo era un sinsentido cuando, hace poco más de una semana, el color rojo estaba donde no debía (otra vez), porque el color carmesí debía estar en el río, en la tierra, en la sangre, y no en las llamas ni en los retardantes que vertían los hidroaviones en el cielo de la cuenca…

Se me quemó el corazón al comprobar que (otra vez) la ceniza se hizo dueña de los paisajes de la cuenca minera. Aquellos paisajes que recorrieron los personajes que protagonizan la novela que escribí acerca de la historia de la tierra que me vio nacer.

El silencio era infinito, casi eterno, de un gris cenizo y denso. Este año se cumple el 130 aniversario de aquel fatídico 4 de febrero en el que todo fue silencio. Y este año, los disparos y las bayonetas del regimiento de Pavía, fueron sustituidos por el crepitar indolente de las llamas que llenaron de silencio cada uno de los rincones de la cuenca (otra vez).

Y me temo que nadie será el responsable de nada (otra vez), que todo será silencio (otra vez) y que pasaran años sin que nadie asuma sus responsabilidades (otra vez).

La historia que escribí, esa que ya no es mía, sino de cada uno de los que sienten el latir de la mina en lo más hondo de su pecho, vuelve a ser una historia de sangre, sudor y lágrimas (otra vez). Y las cenizas de lo ocurrido no impedirán que el latido de la gente de la cuenca se pare, porque si algo aprendí de su historia es que su gente están hecha de una sangre especial, están hechos de cobre y silencio, de sudor y de esfuerzo, de pasión y amaneceres, de las aguas de ese río que ardió en sus entrañas.

Desde aquí, desde estos renglones, les envío todo mi apoyo, con la confianza de que sabrán renacer de estas cenizas, igual que ya lo hicieron mil veces. Porque toca renacer (otra vez), y nadie mejor que vosotros para mostrarnos cómo se hace.

Ojalá que esta vez, se encuentren a los responsables de tanta ceniza, dolor y silencio, aunque me temo que (otra vez), nadie podrá saber quién fue el primero que disparó, como ya pasó hace 130 años…

Chema García, escritor

La locomotora número 51

‘La locomotora número 51’, relato de Chema García ganador del III Concurso de Relatos Cortos ‘1888, Año de los Tiros’, convocado por la Asociación ‘El Doblao’ de Minas de Riotinto:

Los pocos que la conocían comenzaron a llamarla “Manguara” por el color de su pelo, de un blanco como lechoso y turbio. La pequeña perrita apareció en Zarandas el lunes 6 de febrero, dos días después de la masacre que tuvo lugar en la plaza del ayuntamiento de Minas de Riotinto. De aquello habían pasado ya varios meses y, asustadiza y esquiva, apenas se movía de aquel terreno en el que se rumoreaba que la Compañía tenía intención de construir un cementerio para los vecinos de la aldea de Naya.

Arcadia, vecina de la pedanía, había sido barcaleadora, prueba de ello era la calvicie que, a modo de tonsura, se podía adivinar en su cabeza. Esposa y madre de mineros, había perdido a Manuel, su querido Manuel, aquella fatídica tarde del sábado cuatro de febrero, su nombre no aparecía en la lista de fallecidos que había publicado la Compañía en la que aparecían trece nombres. ¡Trece nombres!, ¡todos sabían que habían sido muchos más los que perdieron la vida aquella tarde! De hecho, fueron muchas las casas en cada villa de la cuenca minera, cuyas puertas jamás volvieron a abrirse. ¿Qué habían hecho con tanta muerte? Nadie lo sabía, nadie sabía dónde llorar a los cuerpos de sus seres queridos que lo único que hicieron fue reclamar unas míseras mejoras laborales. Tampoco Arcadia lo sabía. Sus hijos pasaron a formar parte de una lista roja y ya les habían comunicado que debían abandonar la casa que la propia empresa les había facilitado y, como tampoco tenían tanto que llevarse, hacía varios días que tenía preparado el escueto equipaje. Se había encariñado con la perrita y, cuando partieran, se la llevarían a su tierra. Volverían a León, sin su Manuel, con menos aún de lo que trajeron.

Conforme salía de la aldea, se extrañó de que “Manguara” no saliera a su encuentro. Había logrado ganarse su cariño y confianza a base de llevarle algunos restos de comida y agua. Aquella mañana le llevaba un hueso de espinazo que, de tanto como lo había cocido, más bien parecía un trozo de madera. Cuando llegó hasta el terreno donde ya habían delimitado las dimensiones del futuro cementerio de San Andrés, más le extrañó aún ver a la perra en brazos de una niña, como si realmente la conociera.

  • ¡Buenos días, chiquilla!, ¿qué haces aquí, solita?, ¿te gusta esta perrita?, se llama “Manguara” –le dijo a la pequeña, con voz dulce, tratando de no asustarla.

La pequeña levantó su rostro gris y sucio. Sus oscuros ojos parecían dos abismos infinitos, llenos de dolor y silencio, como los ojos de muchos vecinos de la cuenca minera después de lo que había sucedido.

Mientras acariciaba a la perra, sin dejar de mirar a Arcadia, comenzó a hablar, con una voz débil.

  • No se llama Manguara, se llama Lunera y siempre estaba junto a mi padre, incluso cuando iba a la mina lo esperaba paciente y fielmente, en la boca del pozo, hasta que papá terminaba su faena. Allí donde estaba papá, allí estaba Lunera, siempre, siempre…
  • Y, ¿dónde está tu papá, pequeña? –la interrumpió Arcadia, mirando a su alrededor, tratando de comprobar si alguien la acompañaba. Era una niña demasiado pequeña para estar sola allí, en medio de ninguna parte.
  • No lo sé, nadie lo sabe –contestó la pequeña con toda la naturalidad del mundo–. Lo mataron los soldados, en Riotinto. Me separaron de él y me llevaron a una casa, junto a la estación del tren. Lunera permaneció junto a él, como siempre hacía, hasta que se lo llevaron. Hay quien dice que enterraron a papá, y a muchos otros, en algunos de los pozos que ya no utilizan, otros dicen que los llevaron hasta el mar y que allí, desde el muelle de la compañía, arrojaron los cuerpos al mar…

Arcadia ya había escuchado mil versiones sobre lo ocurrido, pero escuchar hablar de aquello a una niña tan pequeña, con tanta naturalidad, la estremeció.

  • …Aquella noche, desde la ventana de la casa, cerca de la estación, fue la última vez que vi a Lunera. Corría, ladrando, como desesperada, detrás de una locomotora que arrastraba una batea. Era muy tarde y no me atreví a llamar a Lunera por temor a despertar a alguien. Fue la última vez que la vi, creía que nunca más volvería a verla…

Arcadia comenzó a temblar y una macabra idea comenzó a formarse en su cabeza. Junto al yermo solar en el que estaban había una vía de tren, por ella pasaban numerosos trenes cada día, arrastrando vagones cargados de mineral en un sentido y vacíos a su vuelta. Había comprobado que “Manguara”, cada vez que pasaba la locomotora número 51, salía corriendo tras ella. Le resultaba extraño que tan sólo reaccionara así con esa locomotora, de entre todas las que por allí pasaban. Se arrodilló junto a la niña, puso sus manos en sus hombros y, con sus ojos bañados por las lágrimas que creía que ya no le quedaban, reunió el coraje suficiente para formular una pregunta cuya respuesta temía:

  • ¿Por casualidad, viste el número de aquella locomotora, aquella noche?

La pequeña le sostuvo la mirada, no tardó en contestar pero aquellos segundos le parecieron eternos.

  • Estaba oscuro pero, al pasar por la estación, pude ver claramente su número, era la locomotora número 51…

Arcadia se abrazó con fuerza a la pequeña y comenzó a llorar, como creía que jamás podría volver a hacerlo. Y sus lágrimas cayeron sobre una tierra manchada de sangre que en sus entrañas guardaban a su Manuel y a cientos de las víctimas de aquella aciaga tarde del sábado 4 de febrero de 1888.

“Manguara”no viajaría con ella y sus hijos a León, se quedaría allí, junto a su dueño.

Chema García, escritor

Un tiro más, 130 años después…

Recientemente he asistido a una conferencia relacionada con el fatídico cuatro de febrero de 1888, en el Ayuntamiento de Minas de Riotinto. Sentí un escalofrío, desde lo más profundo de mi alma, al comprobar que los fallecidos de aquella tarde, en la plaza del desaparecido pueblo, no cabrían en la sala donde nos reunimos unos cuantos para rendirle un merecido homenaje y, sobre todo, para mostrar que no nos olvidamos de ello.

Durante los últimos días, tanto en medios de comunicación como en redes sociales, se ha publicado que, desde Huelva, y contando con el apoyo institucional de la Junta de Andalucía, se está promoviendo que el día 4 de febrero sea reconocido como Día Mundial del Ecologismo y, de este modo, perpetuar la memoria de los fallecidos aquella tarde de hace ya 130 años. Somos muchos los que pensamos que sería de ley un reconocimiento internacional a las víctimas del “Año de los tiros”, hasta aquí, todo el mundo esta de acuerdo.

Sin embargo, después de la conferencia, se entabló un debate acerca de las motivaciones que provocaron que miles de personas se manifestaran en la plaza de Riotinto aquel 4 de febrero de hace 130 años. Tanto el ponente principal, D. Alfredo Moreno Bolaños, como D. Aquilino Delgado (Director del Museo Minero) y muchos otros estudiosos de la historia local, dejaron constancia de que poco, por no decir nada, tuvo que ver el sentimiento ecologista con la manifestación que terminó en tragedia.

Yo soy de la misma opinión que ellos pues, en aquella época, nadie había oído hablar del concepto de ecologismo tal y como hoy lo conocemos. Desde mi humilde opinión, aquella manifestación no fue más que el resultado del choque de dos formas de vida que se vieron obligadas a convivir en la misma provincia y cuya confrontación terminó en el trágico suceso que por todos es conocido. Por un lado, el poder caciquil que hacía y deshacía a su antojo, tanto a nivel local como a nivel provincial; por otro lado, el creciente poder de las industrias mineras que veían en los primeros un obstáculo para el desarrollo industrial de la provincia. 130 años después, basta mirar lo que la industria minera supone para la provincia para entender quién de los dos poderes salió triunfante.

Aún así y, pese a los estudios bien documentados por los historiadores locales, desde la capital parecen hacer oídos sordos y se empeñan en defender aquella manifestación como la primera protesta ecologista de la historia. Se equivocan, señores. Ya en alguna localidad alemana se manifestaron por temas ambientales, un siglo antes, tal y como afirma y reafirma D. Aquilino Delgado. Incluso en Huelva, en enero de 1887, ya se manifestaron en contra de los humos. En Riotinto, aquella tarde de febrero de 1888, miles de personas se manifestaron para pedir unas mejoras en las condiciones laborales y ningún minero reclamó que se suprimieran las teleras. Igual que hoy en día, pocos serían los obreros de la capital que secundarían una manifestación para eliminar el Polo Químico de Huelva.

En la conferencia intervino un representante de la Mesa de la Ría argumentando que muchas protestas estaban relacionadas con la afección a la salud. Y tal vez tenga razón, pero suprimir las teleras acarrearía más problemas de salud en aquel momento pues, ¿cuántas familias se quedarían sin su sustento?, estoy convencido de que el hambre es menos saludable que el humo. No discuto lo nocivo de aquellos humos, faltaría más. Lo único que pongo en duda es que aquella manifestación sea el germen del ecologismo en el mundo, tal y como parece que se pretende desde la capital.

En el salón de plenos del Ayuntamiento de Riotinto se congregaron numerosos estudiosos del tema y, la gran mayoría, se mostraba en desacuerdo con la proposición del día 4 de febrero como Día Mundial del Ecologismo. Me sorprendió que, desde la capital, se pretenda seguir adelante con un proceso sin escuchar ni atender a los principales afectados. Por desgracia, no sería la primera vez.

La gente de Riotinto nunca fue dueña de su tierra, hasta el aire que respiraban era de la todopoderosa Rio Tinto Company Limited. Tras los ingleses, otras compañías fueron saciándose con lo que las entrañas de estas tierras escondían. Incluso hoy, 130 años después de aquella aciaga tarde, son compañías foráneas las que escarban en estas tierras, teñidas de sangre…

La gente de Riotinto tampoco fue dueña de su propia voz y, hasta hace poco, tan sólo se escuchaban otras voces hablando de lo que había ocurrido en su propia tierra. La gente de Riotinto tan sólo es dueña de su historia, dejemos pues que la cuenten, escuchemos lo que quieren decir y no tergiversemos su historia, lo único que tienen y que quieren gritar…