Gran Hotel Colón, el más lujoso de Europa en 1883

“El comedor destaca por su lujo y su grandeza, pues no tiene menos de cuarenta metros de longitud por doce de anchura y ocho de alto, con doscientas luces de gas, rico mueblaje de roble viejo, procedente de la casa Bembé de Maguncia, sillería de junco de Hamburgo y porcelana moderna de Sajonia”.

Rodrigo Amador de los Ríos (Huelva, 1891)

Habrá en estos momentos personas que al oír hablar de la inauguración del HOTEL COLON recordarán que Huelva es una población que no llega a 20.000 almas y que Moguer y Ayamonte eran más nombradas que ella. El HOTEL COLON se aparta de todo lo común de la mayoría de los hoteles: ni está situado en pleno centro, pues se halla casi fuera de la ciudad; ni es un gran edificio, sino varios, todos grandes y magníficos; ni hay estrechez, como se observa en los hoteles de más lujo, pues todo es amplio y grande en él.

Así comenzaba una crónica local en el diario de Huelva, La Provincia, se publicaba los días pares a 6 reales el periódico, unos días antes de la inauguración del HOTEL COLON en la capital onubense el 26 de junio de 1883.

Desde que la Rio Tinto Company Ltd se hiciera cargo de las minas de Riotinto en 1873 y, unos años antes, la compañía de Tharsis en 1853, la actividad económica y financiera de Huelva se disparó a unos niveles desconocidos hasta ese momento. Pero también se incrementó la cantidad de viajeros que se desplazaban hasta Huelva para hacer negocios, como accionistas, directores, facultativos, ingenieros de ferrocarriles, químicos, o con el simple hecho de contemplar un establecimiento grandioso como eran las minas de Riotinto o incluso visitar la playa de Punta Umbría, donde algunos extranjeros ya habían construido casas permanentes.

La falta de cómodos hospedajes en Huelva se dejó sentir y aprovechando la coyuntura de los grandes acontecimientos que se iban a celebrar en Huelva en 1892 para conmemorar el IV Centenario del Descubrimiento de América se gestó la idea de construir un hotel de lujo, un hotel que fuera una residencia agradable, fastuosa y excepcional, el GRAN HOTEL COLÓN.

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Por Juan Carlos Domínguez Vázquez

David Avery, escritor del libro ‘Nunca en el Cumpleaños de la Reina Victoria’

David Avery, archivero de la Rio Tinto Zinc Corporation – RTZ- (anterior Rio Tinto Company Limited – RTCL) recibió el encargo del Presidente de la compañía, Sir Val Duncan, de escribir la historia de las minas y en 1974 publicaría el célebre libro NUNCA EN EL CUMPLEAÑOS DE LA REINA VICTORIA. HISTORIA DE LAS MINAS DE RIO TINTO, una magnífica obra que recoge la historia de las minas desde 1556 hasta su traspaso a manos españolas en 1954.

David Avery, nacido en Londres en 1933 estudió en Oxford, prestó servicio en Egipto con la Royal Artillery y más tarde sirvió en el London Scottish Regiment de la Armada. Vivió en la ciudad de Westminster donde participó activamente en la política local y trabajos a la comunidad.

Pero Avery no fue el primer historiador al que le confiaran la tarea de escribir sobre la historia de las minas, anteriormente se lo habían propuesto a un escritor británico, y a mediados de los años sesenta Sir Val Duncan le dijo a Avery que “contara la historia entera, las verrugas también”; pero, como diría Avery, la historia narrada en ese libro “no es la historia oficial”, marcando una inclinación personal por lo político y lo social a favor de la compañía británica, a favor del paternalismo llevado desde el principio por Hugh Matheson.

David Avery recopilaría mucha información de los archivos que tenía la compañía en la sede de Londres y de los archivos que estaban en Riotinto, pero también se basaría en una gran cantidad de datos que le proporcionaría su amigo Leonard Unthank SALKIED y que se reunirían en varias ocasiones en Riotinto para contrastar información o confrontar opiniones.

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El Puente Salomón, una obra de ingeniería industrial británica en el ferrocarril minero

Todo el que llega hasta este alejado paraje para poder visitar el extraordinario Puente Salomón, situado en el mismo corazón del ferrocarril minero, entre los términos de Niebla y Paterna del Campo, puede comprobar la hazaña tecnológica de la ingeniería británica, símbolo de modernidad y vanguardismo. El Puente de Salomón no deja indiferente a nadie.

Pero este puente no fue el original que se diseñó para la construcción del ferrocarril en 1875. El día 1 de enero de 1888,(el Año de los Tiros) tan solo 13 años después de su construcción, una fuerte avenida de agua destruyó el Puente Salomón. Se había llevado lloviendo intensamente durante los meses de noviembre y diciembre de 1887. Una gran riada de agua provocó la destrucción de los puentes Salomón y Manantiales el primer día del año de los tiros. En ese mismo año se reconstruyeron dos nuevos puentes, que son los que actualmente conocemos.

Con la venta de las Minas de Rio Tinto en 1873 se comenzó la construcción del ferrocarril para transportar el mineral desde Riotinto hasta el muelle embarcadero en Huelva. El ferrocarril estaba trazado por el margen del Río Tinto hasta llegar a Huelva. Se empezó a construir el 11 de junio de 1873, sólo 6 semanas después del registro de la compañía y en tan solo 25 meses, en julio de 1875, estaba terminado, que se levantaron los 84 km de vías, se construyeron 8 puentes, 5 túneles y 12 estaciones con la anchura inglesa de 1,067 m (vía estrecha). El proyecto fue del ingeniero George Barclay Bruce y se inició por cinco puntos simultáneos.

Los 8 puentes son: Puente sobre la ribera de Nicoba, Puente sobre el arroyo Candón, Puente de Niebla, el más largo de ellos con 140 metros, Puente de Corumber, Puente de Manantiales, Puente Salomón, Puente del Manzano y Puente Cachán.

Para la construcción de los 5 túneles se prepararon hornos in situ en los que se cocieron los ladrillos que habrían de servir de muros de contención. Los 5 túneles son: Túnel Chico (desaparecido), Túnel Salomón, el más extenso con 142 metros, Túnel del Manzano (115 m.), Túnel Mansegoso (120 m.) y Túnel el Peral (139 m.).

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El incendio del Pozo Alicia en 1913 y el extraño caso de la lápida hallada en Zalamea

El 1 de noviembre de 1913 se descubrió un intenso fuego en el séptimo piso del Pozo Alicia en las Minas de Riotinto. Como diría el famoso Director General de la Rio Tinto Company Limited Walter Browning “…la catástrofe más espantosa que jamás ocurriera en la historia de las minas”. En este siniestro perdieron la vida 7 personas. Una de ellas fue el inglés John Gilbert. Su lápida ha estado olvidada durante 100 años en el patio de una vivienda de Zalamea la Real.

El POZO ALICIA era el principal acceso a la Masa de San Dionisio, el filón de mayor laboreo en 1913. Se trabajaba en labores subterráneas de contramina de pilares y galerías, era el más oriental e importante del yacimiento minero de Rio Tinto ya que conectaba todas las labores del interior de dicha masa, tenía 35 pisos con una profundidad de 450 metros.

Los ingenieros ingleses que llegaron a las minas de Riotinto en 1873 homenajeaban a la reina Victoria I de Inglaterra (1837-1901) por su ejemplaridad y admiración, poniéndoles nombres de la familia real a las instalaciones mineras. El Pozo Victoria, fue llamado así por la reina Victoria y su primer descendiente la princesa Victoria. El título del célebre libro de David Avery “Nunca en el cumpleaños de la reina Victoria” hace referencia a que el día de su nacimiento, el 24 de mayo, los trenes de pasajeros de las RTCL dejaban de funcionar, como festejo por la celebración de su cumpleaños.

El famoso Pozo Alfredo se nombró así en honor al cuarto hijo de la reina, muerto en 1900 y el Pozo Guillermo lo recibe de Guillermo IV, tío paterno de la reina, del que heredó el título.

El POZO ALICIA toma su nombre de Alicia del Reino Unido, muerta en 1878, gran Duquesa de Hesse-Darmstadt. Se llamaba Alicia Matilde María, fue madre de la emperatriz rusa Alejandra Fiódorovna y bisabuela de Felipe de Edimburgo, Duque de Edimburgo, recientemente fallecido y esposo que fuera de la actual reina de Inglaterra Isabel II.

Antes de la llegada de los ingleses, los pozos mineros recibían nombres claramente españoles, como San Gabriel, San Carlos, Lepanto, Santa Ana, Ánimas, Brujaluna, Santa Bárbara etc.

La huelga

Retomando el asunto, el año de 1913 fue un año muy convulso en las Minas de Riotinto. Se sucedieron muchas huelgas, incluso huelgas generales, se creó el Sindicato Minero (1913-1917), visitaron las minas la Comisión del Instituto de Reformas Sociales para estudiar las condiciones de trabajo de los mineros y ocurrió el desastre del POZO ALICIA.

El primer conato de huelga se produce durante los primeros días del mes de abril de 1913. La compañía tenía más de 15.000 trabajadores, de los cuales 3.000 aproximadamente formaban parte del tejido ferroviario de Huelva. Fueron a la huelga 8 obreros del muelle de la compañía, denominados “toraleros”, que eran los encargados de descargar las planchas de cobre fundido de 140 kg. para su embarque.

Por solidaridad secundaron la huelga los obreros encargados de la descarga de minerales y de carbón y se presentaron a la recién creada Federación Nacional de Ferroviarios en la sección de Huelva, encabezada por Francisco Bascuñana.

En abril de 1913 aparece por la cuenca minera Eladio Fernández Egocheaga, como delegado del Comité Nacional de Ferroviarios Españoles. Con una brillante oratoria, en septiembre es nombrado delegado de las secciones del recién creado Sindicato Minero de Río Tinto, llegándose a afiliar en sus primeras semanas de constitución unos 14.000 obreros, incluso tenderos y comerciantes de Nerva y convirtiéndose Egocheaga en el líder de los obreros durante el periodo más intenso de las huelgas, sirviendo como inspiración de Concha Espina para su novela «El Metal de los Muertos», escrita en 1920.

Pero desde la dirección de la compañía, personalizado en el Director General Mr. Browning se oponían a las actuaciones sindicales, ejerciendo todas y cuantas maniobras estuviera en su manos para la erradicación de toda organización sindical, dirigiendo la persecución ideológica de los representantes de los obreros y sobre todo de Egocheaga, al cual le llamaba la chinche, por lo molesto que fue para los intereses de la empresa. Después aparecería un periódico satírico y burlesco, editado en Sevilla por el mismo Egocheaga, llamado precisamente “La Chinche” para atacar, con un tono humorístico y frases ingeniosas, al propio Browning.

El 15 de abril de 1913 se había producido una huelga parcial en el departamento de Filón Norte y esto arrastró a 3.000 obreros más. Tras diversas negociaciones cesa la huelga volviendo al trabajo el personal del puerto y talleres de Huelva y los de las minas, pero quedando despedidos los taraleros y otros 300 obreros más, los cuales recurrieron al Gobernador Civil de la provincia que les recomendó la espera de la Comisión del Instituto de Reformas Sociales. Esta Comisión llegó a Huelva el 14 de mayo de 1913 para estudiar las condiciones de trabajo de los mineros, comprobar el estado de las explotaciones, fábricas, hospital y casas de los obreros. Este estudio se publicó en un libro editado por la Imprenta Sucesora de M. Minuesa de los Ríos de Madrid.

Como consecuencia de esta primera movilización y de la visita de la Comisión se inició una ronda de propuestas y peticiones por parte de los trabajadores y dada la intransigencia de Browning en las negociaciones se empezaron a producir una serie de sabotajes contra las instalaciones mineras, incendios, levantamiento de las vías de ferrocarril etc. Todo esto desembocaría con la aprobación de una Huelga General en las Minas de Riotinto y sus dependencias de Huelva el 15 de octubre, autorizada por parte de 13.023 trabajadores a favor, frente a 17 en contra.

El incendio

La versión que nos llega sobre el suceso está basada en los hechos narrados por Robert Palmer, ingeniero jefe de las minas, publicados por David Avery y después por Pedro Real Valdés.

El INCENDIO DEL POZO ALICIA se descubrió en la madrugada del sábado 1 de noviembre de 1913, en el piso del séptimo nivel. Tres capataces británicos descendieron para investigar los daños, informando de la virulencia del fuego. Una vez en el exterior la jaula se desplomó rápidamente al fondo del pozo arrastrando las llamas consigo.

A la mañana siguiente, debido a un fallo en las bombas de desagüe subterráneas, había tal acumulación de agua en el pozo que se frustraron los intentos de enviar a más hombres para el rescate.

Al día siguiente, dos capataces británicos, John Gilbert y Edwin Wilson y dos españoles, Lucas Millán, bombeador y Luis Márquez, supervisor, intentaron bajar por el Pozo Victoria, que parecía estar sin humo. A este grupo se le unió Robert Sach, jefe de Corta y George H. Wilson, capataz jefe, que habían penetrado en la mina a través de unas galerías desde la Corta Atalaya.

A la luz de las antorchas, los 6 mineros se abrieron paso hacia abajo, piso a piso, hasta llegar al vigésimo nivel, donde descubrieron que el cable del timbre, utilizado para enviar señales a los encargados de la jaula en la superficie, estaba roto.

John Gilbert regresó con la jaula al exterior para informar al ingeniero jefe de las minas, Robert Palmer, sobre las investigaciones realizadas, volviendo a bajar con unos electricistas para reparar el cable. A la vuelta al pozo, sus compañeros habían decidido bajar hasta el piso vigésimo séptimo. Uno de los electricistas regresó a la superficie e informó a Palmer que los seis hombres se dirigían a un plano aún más abajo que era donde se concentraba al máximo el venenoso monóxido de carbono; George H. Wilson dudaba en bajar al nivel donde bramaba el fuego, pero Sach, que le parecía desvariaba un poco a causa del gas, insistía en ello. Se supone que tan pronto los perdió de vista, se metieron en una capa de monóxido de carbono cayendo al suelo. Los hombres debieron de morir sobre las 13:20 horas.

Robert Palmer, preocupado por la situación, intentó encontrar otro camino hacia abajo para localizar al primer grupo desaparecido a través del Pozo Guillermo que estaba libre de humos. Cuatro británicos, entre ellos el ingeniero Frederik Drewet, y un español se prestaron voluntarios para intentar de nuevo el rescate descendiendo al piso vigésimo sexto del Pozo Guillermo, pero se encontraron atrapados por los mortíferos gases que había acumulado. A las seis y media de la tarde regresaron todos a la superficie, pero uno de ellos, Frederik Drewet, fue izado sin vida.

Lawrence Hill, componente de un tercer grupo que descendió para su ayuda, dio con los cuerpos sin vida de Edwin Wilson, Robert Sach y George H. Wilson, pero al intentar regresar al pozo de nuevo Walter Browning se lo impidió.

A la mañana siguiente del día 4 de noviembre pudieron proseguir la búsqueda de los desaparecidos, debido a que el nivel de monóxido de carbono había descendido. Primero enviaron a pájaros enjaulados y luego, en la rampa entre los pisos vigésimo tercero y vigésimo sexto, vieron a la luz de las antorchas, los cadáveres de John Gilbert, Lucas Millán y Luis Márquez. Habían perdido la vida 7 personas, 5 ingleses y 2 españoles.

La investigación abierta después, demostró sorprendentemente que los ventiladores para llevar aire limpio a los mineros habían funcionado perfectamente durante los 4 días del suceso y con ello jugando un papel decisivo en la tragedia, ya que avivaba aún más el fuego y se llevaba el humo hacia los tajos de trabajo. Si se hubieran parado, el mismo pozo Alicia hubiera servido de chimenea para conducir al exterior el monóxido de carbono procedente del mineral ardiendo y de la madera de entibación humeante.

Nunca se demostró la autoría de los hechos. 5 años después del suceso, en 1918, Walter Browning envió una carta a su representante en Madrid, José Valero Hervás, para que intercediera ante Francisco Bascuñana, representante en Huelva de la Federación de Ferroviarios, en la que solicitaba información sobre un tal Antonio Mediavilla Peláez, incluso ofreciendo recompensa por las averiguaciones realizadas.

Aunque las investigaciones iniciadas por Browning no tuvieron resultados, sí hay un detalle que posteriormente con el tiempo escribe Felix Lunar en 1956 en su libro autobiográfico “A cielo Abierto”. Lo narra así:

«Una noche se me presentan dos compañeros en la oficina. José Carabante y Antonio Mediavilla. Venían a consultarme si sería conveniente quemar el pozo Alicia, que era la obra más importante de la mina /… / A la mañana siguiente el Pozo Alicia le tostaba las barbas a San Pedro”.

Continuando con los ingleses fallecidos, a los dos primeros Frederik Drewet y Edwin Wilson se autoriza para que se les dé sepultura en Huelva, en el cementerio inglés, alegando su confesión protestante. Browning ordenó que se trasladase a través de un tren especial hasta Huelva, transportando los ataúdes cubiertos con la bandera británica. Su paso por las calles de la capital onubense fue presenciado respetuosamente por numeroso público y en la calle Vázquez López le hicieron entrega de un ramo de flores. La misa la ofició el Capellán de la RTCL en Bella Vista, Reverendo John Jameson.

Los otros dos ingleses, Robert Sach y George H. Wilson, debido a su avanzado estado, se les enterraron en el cementerio inglés de Bellavista en Riotinto; mientras que a John Gilbert, Lucas Millán y Luis Márquez, de confesión católica, se le enterraron en el cementerio municipal de Riotinto, cercano al hospital de el Alto de la Mesa, conocido como “Cuarto de las Papas”, hoy desaparecido.

Condecoraciones

Durante los tres días que duraron las labores de salvamento habían intervenido 34 hombres (21 ingleses y 13 españoles, de los cuales 3 de ellos eran contratistas, entre los que se encontraba Sabás Domínguez). El 29 de enero de 1914 todos ellos recibieron una condecoración por su heroico valor en un solemne acto que tuvo lugar en el Club Inglés de Riotinto.

Según el diario “La Provincia” de Huelva, el reconocimiento consistía en la imposición de una medalla de oro regalada por el Consejo de Administración de la Compañía. En el anverso de la medalla llevaba grabado del sello y el nombre de THE RIO TINTO COMPANY LTD LONDON y en el reverso el nombre del interesado con la siguiente inscripción, en inglés:

La entrega de medallas se hizo por riguroso orden alfabético, sin distinguir ingleses de españoles, ingenieros de obreros, ni empleados de contratistas. El Director de las minas, Walter Browning, iba leyendo los nombres de cada uno de los condecorados y al subir al estrado el Presidente de la Compañía, Charles W. Fielding, hacía entrega de las medallas acompañada de un fuerte apretón de manos, como premio al valor y a la abnegación.

La lápida

Uno de los mineros fallecidos en el Pozo Alicia era Lucas Millán, que se encargaba de las tareas de bombear agua al exterior de la mina. Era natural de Zalamea la Real y bisabuelo de los zalameños Manuel y José Millán.

Otro de los fallecidos fue John Gilbert natural de la región minera de Redruth, Inglaterra, murió con 52 años.

Pertenecía a una de las familias inglesas más antiguas de Riotinto. Vivía en una de las casas de San Dionisio, muy cerca del Pozo Alicia; no tenía vivienda en Bellavista porque no era ingeniero, pero formaba parte del Staff de la compañía. Vivía junto a su esposa Ana Wert Librero, natural de Zalamea la Real. Tenían un hijo que se llamaba Juan Gilbert Wert el cual estaba casado, pero no se le conoce descendencia.

Cuando en 1913 John Gilbert muere, su viuda y su hijo no se quedan en la casa de la compañía, ya que la filosofía que tenían los ingleses era ofrecer una vivienda para sus obreros, de tal forma que si morían o dejaban de trabajar, su vivienda era ofrecida a otra familia; por tanto, su viuda y su hijo regresan a la que fuera la residencia de su familia, una vivienda en Zalamea la Real, tal como aparece inscrito en el padrón municipal de Zalamea de 1914.

Años más tarde, en 1923, fallece Ana Wert y sus restos se inhuman en el actual cementerio de Zalamea la Real, en un panteón familiar. Por decisión de la familia, los restos del que fuera su esposo y héroe del pozo Alicia, John Gilbert, junto a su hijo que había fallecido años antes, son trasladados desde el cementerio de Riotinto hasta al panteón de Zalamea para que descansen junto a su esposa y madre.

La lápida de la sepultura del inglés también es enviada desde el cementerio donde estaba enterrado en Riotinto hasta la vivienda de la residencia familiar de Zalamea, instalándose en el amplio patio, apoyada en la pared, en memoria de su persona. La lápida, realizada en granito blanco lleva grabado los datos del suceso; está enarbolada con una preciosa cruz celta con un labrado trenzado y sostenida toda ella por un macizo pedestal de tres niveles.

Su inscripción dice así:

En el año 1932 el prestigioso doctor de la Rio Tinto Company Limited, Enrique Villadeamigo, es trasladado de destino por la RTCL desde donde ejerce como médico en La Dehesa y Atalaya para practicar la profesión de la medicina en Zalamea la Real y Traslasierra, y adquiere la casa como vivienda en Zalamea a la saga familiar de Ana Wert.

Esta casa sería la residencia del médico por varias décadas más, encontrándose la lápida en el patio de la casa donde la dejó su familia años atrás, conservándola y manteniéndola en el mismo lugar donde quedó, apoyada en una antigua pared de piedra, que le da un aspecto más melancólico, si cabe.

En 1967 la vivienda es transferida de nuevo y el doctor Villadeamigo la vende a una familia de Zalamea la Real.

Desde ese momento y hasta la actualidad, después de casi 100 años, la lápida de John Gilbert ha permanecido en el mismo sitio, apoyada en el muro de viejas piedras con verdín del amplio patio de esta casa, en un excelente estado de conservación, en el mismo lugar que su familia y el resto de los propietarios del inmueble, después de cuatro generaciones, quisieron que permaneciera esa placa en honor por la heroica labor y por la que perdió su vida John Gilbert en las Minas de Rio Tinto, durante el Desastre del Pozo Alicia en la madrugada del lunes 3 de noviembre del año de 1913.

Bibliografía

  • https://dialogosenlacallesanz.blogspot.com/
  • Pedro Real Valdés – DESASTRE DEL POZO ALICIA, 80 AÑOS DESPUÉS – Diputación de Huelva 1995
  • José Manuel Gómez Fernández – EL POZO DE RIOTINTO – Editorial Onuba 2019
  • Juan Manuel Pérez López – SINDICALISMO MINERO – LA HUELGA DE 1913 EN RIO TINTO – ADR Cuenca Minera de Riotinto 2007
  • Archivo Histórico de Zalamea la Real
  • Félix Lunar – A CIELO ABIERTO – DE RÍO TINTO A NORTEAMÉRICA – Imprenta Manuel León Sánchez, México 1956
  • Juan Saldaña Manzanas – MEDICOS Y HOMBRES – DEPARTAMENTO MÉDICO DE LA RIO TINTO COMPANY 1873-1948 Colegio Oficial de Médicos de Huelva 2004
  • Wikipedia

4 de febrero de 1888 – El año de los tiros

“Esta es la fecha terrible que se repite cien veces diarias y que pesa como una obsesión. Hasta los que no asistieron a ella la recuerdan con invencible temor, pues en fuerza de oírla repetir, la imaginación se la representa con todo su trágico vigor de traidora hecatombe”.

Manuel Ciges Aparicio – Los Vencidos (1910)

                                                                 “El 4 de febrero. La Masacre” – Cuadro de Antonio Romero Alcaide

El 4 de febrero de 1888 se produjo una de las mayores masacres ocurridas en la comarca minera de Riotinto. Según los datos oficiales murieron 13 personas; según fuentes orales fueron más de 200 personas las que perecieron.

Eran las 4:30 de la tarde del sábado 4 de febrero de 1888. Tan solo habían pasado 15 años desde que la Riotinto Company Limited comprara en 1873 las minas de Riotinto al estado español. Unas 12.000 personas se manifestaron a las puertas del ayuntamiento del antiguo pueblo de Riotinto para pedir, entre otras cosas, la supresión de las teleras, que desprendían a la atmósfera un venenoso e irrespirable humo sulfuroso. El Regimiento de Pavía, sin saber hoy en día cómo ocurrió, empezó a disparar contra la muchedumbre y el resultado fue desastroso. Esta fecha es conocida como “El Año de los Tiros”, “El Año de los Humos” o “La Matanza del 88” como se le conocía a principios del siglo XX.

Este sistema para beneficiar los minerales se definía como Cementación Artificial o Calcinaciones al aire libre. Se conoce en las minas desde Lieberto Wolters en 1725, pero en 1839, en la segunda etapa del arrendamiento del Marqués de Remisa, el ingeniero de minas Ignacio de Goyanes es cuando lo pone en práctica sistemáticamente, cambiando los hornos cónicos por la forma prismática actual.

                                                                                                                       Teleras

El método consistía en colocar varias toneladas de mineral, que en algunos casos podían ser 300 ó 400 tm, formando grandes montones, pirámides o teleras, llamadas así por la forma cónica parecida al pan del mismo nombre y de uso común en la cuenca. Se colocaban sobre una base de ramajes como jaras y brezos, así como leña de encina y pino. Se prendía fuego y ardían ininterrumpidamente entre 6 y 12 meses, desprendiendo, por su combustión, el azufre que contenían. Estos gases sulfurosos podían llegar a alcanzar las 600 toneladas diarias. Si los minerales no se habían calcinado bien, podían sufrir una segunda combustión e incluso una tercera.

Con ello se obtenía el cobre puro en las inmediaciones de la mina, pesaba setenta veces menos que la pirita y podía transportarse más fácilmente, abaratando de esta forma sus costes.

El procedimiento, sin embargo, tenía el inconveniente de lanzar unas emanaciones al aire que provocaban molestias digestivas, respiratorias, conjuntivitis en los ojos, malestar general, etc. Este sistema utilizado por el Marqués de Remisa, que tuvo arrendada las minas desde 1829 hasta 1849, había sido utilizada en tan poca cantidad que no se percibieron los problemas ni para la agricultura ni para la salud, aunque sí provocó una acentuada desforestación de los montes de la zona, tanto de ramajes, jara, jaguarzos, brezo, como de arboleda, encina, pino, alcornoques etc. De hecho, se le acusó de expoliador y se le rescindió el contrato de arrendamiento.

                                                                                               La Manta – Al fondo Nerva

Una de las primeras protestas que se realizaron se produjo en el vecino pueblo de Calañas en 1876, llegando años después, en 1886, el Ayuntamiento a prohibir aquellas actividades que pudieran ir contra la salud de los vecinos o contra las riquezas naturales; aunque la potestad final la tenía el Gobernador de la provincia, el cual derogó el mandato municipal. De esta forma, el Gobierno de la nación envío a la cuenca minera unas visitas formadas por comisiones mixtas de médicos, geólogos, ingenieros, etc. para que evaluaran los daños producidos por las teleras. El resultado de la comisión fue que reconocía el empobrecimiento del suelo y la escasa vegetación pero debido todo ello a la condición natural del terreno. Esta comisión encontró argumentos para declarar las Teleras “de Utilidad Pública”, esgrimiendo que no eran perjudiciales para la salud, ya que en esa época se había puesto de moda ir a los balnearios a bañarse en aguas sulfuradas y si se podía respirar azufre, tendría que ser beneficioso para la salud. Con este argumento tan simple y erróneo olvidaban el resto de los elementos que componían los Humos de las Teleras: gases amoniacales, antimoniales y arsenicales.

Campo de teleras

Cuando en 1873 la Rio Tinto Company Limited adquirió las minas al Estado Español, empezó a incrementar la superficie de la calcinación de mineral hasta proporciones desmesuradas y las molestias para la salud y el medio ambiente se incrementaron, llegando los humos a extenderse no solo a los cuatro pueblos de la cuenca minera, Riotinto, Nerva, El Campillo y Zalamea, sino también a Almonaster, Calañas o El castillo de las Guardas y Aznalcóllar, en la provincia de Sevilla. Los destrozos en la agricultura y la vegetación eran más que evidentes y la Compañía tuvo que indemnizar a los afectados por las pérdidas ocasionadas, llegando a indemnizar hasta unos 1600 propietarios al año. La última compensación se pagó en 1919.

 

                                                                                                       Riotinto pueblo 1882

Para corregir esos perjuicios económicos que ocasionaba a la empresa minera, delimitó el término de acción de los humos en 777 km2 y empezó a comprar las tierras de los alrededores y a realizar expropiaciones para no tener que pagar tantas indemnizaciones. Hoy día aún se puede observar las amplias extensiones de tierras a las que llegaron las posesiones de la RTC en la comarca.

La respuesta de los vecinos no se hizo esperar y en 1876 se creó la Liga Antihumista, formada como unión de propietarios agrícolas, grandes y pequeños para reclamar el final de los humos que les perjudicaba por la pérdida de las cosechas, desertización del suelo, pobreza forestal y de la agricultura en general .

Desde mediados de 1887 se había alcanzado el punto máximo de extensión de las teleras, que se extendía desde Riotinto hasta Planes en Nerva. Se calculó que entre los dos campos de Teleras nº 1 y nº 2 sobrepasaban los veinte millones de toneladas de piritas allí acumuladas.

Durante el mes de diciembre de 1887 había llovido en exceso y los obreros tuvieron que realizar muchos trabajos de reparaciones que exigieron considerables horas extras, las cuales no habían cobrado el mes siguiente. Durante todo el mes de enero de 1888 la situación se extremó en la mina y el miércoles 1 de febrero de 1888 unos 4.000 obreros de la mina se convocaron en huelga; el día 2 se extendió por todos los departamentos y el día 3 de febrero la huelga era general en toda la cuenca minera.

 

 

 

 

 

 

 

El alcalde de Riotinto, Manuel Mora, alarmado por el anuncio del paro general, solicitó más efectivos de la guardia civil para contrarrestar la protesta, que por aquellas fechas no sobrepasaba la docena de hombres. Su llamada no se hizo esperar y desde Alosno y Calañas enviaron a medio centenar de efectivos a caballo.

El escrito de los trabajadores enviado a la Compañía reivindicaba la prohibición de las calcinaciones de mineral, pero también reclamaban unas mejoras laborales y económicas:

  • Supresión de la peseta facultativa, que era el precio semanal por la atención médica de la Compañía.
  • Prohibición de contratos en los trabajos de las minas, ya que la RTLC contrataba mensualmente porque el terreno se presentaba muy variable en riqueza y en dureza.
  • Reducción de la jornada laboral de 12 horas a 9 horas.
  • Relevo del jefe del departamento de contratos
  • Supresión de las multas, por falta de puntualidad, extravío de libro de anotaciones, etc.
  • Supresión del descuento del jornal por los “días de manta”, ya que los días en que los humos eran tan densos y no se podía ver ni siquiera en dos metros, el jornal del día (entre 15 y 21 reales) se reducía a la mitad.

El escrito estaba firmado por Maximiliano Tornet, líder anarcosindicalista. Llegado desde Cuba apareció por las minas en 1883. Estuvo contratado en los hornos de refino, hasta que, debido a los gases que emanaban los hornos, tuvo unas hemorragias por la boca y lo enviaron a los hornos de fundición realizando los trabajos de cronometrador. Después sería despedido y enviado a la cárcel de Valverde por repartir y vender propaganda revolucionaria entre los trabajadores. A los dos meses estaba en la calle y aunque no lo volvieron a contratar en la mina, continuó repartiendo propaganda sindicalista entre los trabajadores y los vecinos de Riotinto.

                                                                                                   Maximiliano Tornet

La situación entre obreros y agricultores era muy tensa durante esos días de enero y principios de febrero y fue entonces cuando los líderes agrícolas y líderes obreros se unieron concretando sus esfuerzos a través de una gran manifestación para ir el día 4 de febrero a reclamar al Ayuntamiento de Riotinto sus peticiones.

Por la mañana del sábado 4 de febrero de 1888 parten dos manifestaciones de distintos lugares. Una, agrícola, desde Zalamea la Real encabezada por el alcalde José González, por el presidente de la liga antihumista y yerno del anterior, José María Ordóñez Rincón y por el terrateniente José Lorenzo, entre otros. La banda de música de Zalamea se unió a la manifestación para amenizar el recorrido. Al llegar a El Campillo se incorporaron más personas a la manifestación, mujeres y niños y personas de más edad, todo ello como prueba del carácter pacífico de la misma.

                                                                                            José González, Alcalde de Zalamea

La otra manifestación, minera, partió desde Nerva e iba encabezada por Maximiliano Tornet y a la que se unieron las personas de Naya y del Alto de la Mesa.

Sobre las 13:30 horas ambas columnas confluyen en la entrada del pueblo de Riotinto, que según fuentes de la época se componían entre 12.000 y 14.000 personas. Los manifestantes, de carácter pacífico y alegre, con la banda de música a la cabeza, se dirigieron a la Plaza de la Constitución, frente al Ayuntamiento, y a sus calles adyacentes sobre las 14 horas; habían tomado la jornada como un día festivo, donde mineros, pero también mujeres, niños y personas de avanzada edad se habían unido para hacer realidad unas peticiones que llevaban tiempo reclamando. Los lemas escritos en esta manifestación de alegría eran ¡Abajo los humos!, ¡Viva la agricultura!, ¡Viva el orden público! ¡Solo queremos justicia!.

Los mineros y agricultores esperanzados por este apoyo multitudinario pensaban que podían conseguir sus peticiones ante la corporación municipal y ante la dirección de la RTCL y se crea una comisión en representación de sus intereses que sube a la primera planta del edificio donde estaba el Ayuntamiento de Riotinto para solicitar a su alcalde Manuel Mora que reuniera a su corporación en sesión extraordinaria. Este último había intentado que William Rich, director de las minas desde hacía apenas unos días, prometiera alguna mejora, pero no pudo hacer nada hasta consultar con la dirección de la compañía en Londres.

                                                                                                                William Rich

Durante la mañana de ese día, el Gobernador Civil de la provincia, Agustín Bravo y Joven, se traslada en tren desde Huelva hasta Riotinto, acompañado de dos compañías del Regimiento militar de Pavía, estando bajo su mando el Teniente Coronel Ulpiano Sánchez.

Tal era el ambiente alegre e festivo entre los manifestantes, que cuando vieron entrar en la Plaza de la Constitución a los soldados del Regimiento, fueron recibidos con “vivas”, aclamaciones y aplausos y les hicieron un pasillo para que pudieran acceder sin dificultades hasta el Ayuntamiento.

El Gobernador Civil y el Teniente Coronel subieron de inmediato al edificio y reciben a la comisión de manifestantes y a la corporación municipal. El gobernador, adoptando una actitud intransigente y de fuerza, advierte que el Ayuntamiento no podía tomar el acuerdo de suprimir las calcinaciones y que si lo hacía, él lo anularía de inmediato, como ya lo había hecho en el vecino pueblo de Alosno. Poco después los representantes de los terratenientes de Zalamea abandonan el edificio y regresan a su pueblo.

De manera taxativa y amenazante, el Gobernador se asomó a la plaza por el balcón del ayuntamiento a pedir a los manifestantes que se disolvieran y se marcharan, a la vez que el Teniente Coronel daba la orden de despejar la plaza a la Guardia Civil.

En ese momento, según testimonios orales, dicen que hubo alguien en la acera izquierda de la plaza que pronunció unas palabras confusas y que fueron interpretadas como “nosotros también tenemos armas” y otros que la palabra dicha era “almas”. El caso es que, la caballería se retiró de la plaza y sin dar tiempo a entender lo que ocurría, la tropa del Regimiento de Pavía sobre las 16:30 horas del sábado 4 de febrero de 1888, ante una voz que se oyó de ¡fuego!, se echaron los fusiles a la cara y empezaron a disparar de manera indiscriminada contra los miles de manifestantes allí congregados.

Entre uno y tres minutos, según versiones, duraron las tres cargas explosivas, a la que siguió una carga de fusil a bayoneta calada, por si alguien continuaba con vida, como una mujer que cayó herida grave de un bayonetazo en la pierna, huyendo por la espalda. Se asegura que la guardia civil disparó al aire y que en algunos casos se interpuso entre los soldados y los manifestantes para evitar mayor derramamiento de sangre.

Al momento la plaza quedó sembrada la plaza de cadáveres,  de sangre, de objetos abandonados, de heridos que se arrastraban para salvarse y la multitud huyó despavorida tratando de encontrar una salida por las calles aledañas, por  la calle Sanz, la calle Wert, la calle Ezquerra, la calle Teas, pisando a los que caían al suelo y arrasando todo lo que encontraban a su paso, como los bancos de mampostería y hierro que quedaron arrancados como si hubiera pasado un huracán, dejando tras de sí una estela de muerte y desolación. Desde luego que la desproporcionada carga de pólvora y la posterior a bayoneta calada, prueba la exagerada violencia del ataque de los soldados en disolver a los allí congregados.

                                                                                                           Calle Ezquerra

La plaza de la Constitución quedó custodiada prohibiéndose asomarse a puertas y ventanas. Algunos manifestantes encontraron refugio en casa de familiares o amigos de Riotinto, los demás regresaron a sus pueblos de manera desordenada o a campo a través por miedo a ser detenidos.

En el Alto de la Mesa, vivía en una modesta casa un matrimonio con un hijo, no habiéndose vuelto a abrir las puertas de aquella casa durante unos días; una vecina acudió al juez denunciándoselo; se abre la casa y se encuentran los tristes preparativos de la modesta comida de aquella pobre familia, sin que se sepa todavía que fue del matrimonio ni que fue del hijo.

Maximiliano Tornet aprovechando los primeros momentos de desconcierto abandonó el ayuntamiento y huyó de Riotinto. Fue buscado por las autoridades y hay testimonios que aseguraban haberlo visto por Zalamea. Nunca dieron con él. En 2014, uno de sus nietos llamado Belisario Torné(t) (el apellido ha perdido la “t” final) declaró que tras la huelga de 1888, su abuelo se marchó de Huelva con su bebé de tan sólo un año y su esposa María, de 18, a la ciudad argentina de Paraná.

Al cabo de quince minutos el suelo de la plaza quedó sembrado de muertos y heridos y donde solo los gemidos de dolor se oían entre los pasos de los soldados. El parte oficial reconoció 13 muertos y 43 heridos, y como anécdota, la causa de la muerte anotada en el Registro Civil de Riotinto se diagnostica como “hemorragia interna” y no como “herida de bala” o “herida de arma blanca” como estaba recogida en otras ocasiones provocadas por reyertas que se daban frecuentemente en la mina.

La tradición popular en la cuenca minera, transmitida de padres a hijos, afirma que los muertos fueron más de 200. En Zalamea siempre se dijo que la mayor parte de los componentes de la banda de música cayeron en aquella plaza.

Nunca se supo quién dio la orden de disparar, como nunca se supo donde se enterraron a los muertos. Hubo quien asegura que entre el Gobernador Civil, Agustín Bravo y Joven y el Teniente Coronel, Ulpiano Sánchez, hubo un complot para ordenar la carga de los soldados: el Gobernador se quitó el sombrero y con un pañuelo blanco se limpió el sudor de la frente. Por estos hechos, la tropa de la compañía fue arrestada en el cuartel y durante varios años los nuevos reemplazos se encontraron con un arresto del que ni siquiera habían hablado de él.

Se investigó la actuación del Gobernador Civil pero quedó libre de culpa, siendo sustituido y trasladado en el cargo. Hoy día no hay vestigios de él en el Archivo del Tribunal Supremo de Madrid. Es como si Agustín Bravo y Joven no hubiera existido.

                                                                                                             Calle Elhuyar

Al lunes siguiente, 6 de febrero, todos los trabajadores acudieron a sus puestos de trabajo como si nada hubiera pasado; en todos los departamentos corría un silencio sepulcral; no se hablaba de la matanza por temor a ser despedidos. La matanza del 88 como se decía en esos años. La todopoderosa volvía a ganar.

Los hechos tuvieron tal trascendencia política que llegó a las Cortes de la Nación y les dedicaron varias sesiones a fin de dilucidar lo ocurrido. Hubo también muchos periódicos a favor de la compañía como “La Provincia” y “El Globo” y otros diarios a favor de la Liga Antihumista como “El Socialista” o “La Coalición Republicana” cuyo periodista José Nogales se preocupó por esclarecer los hechos dando unas versiones diferentes. El diputado liberal, Juan Talero, aunque no se significó en los debates parlamentarios, si trabajó cerca del gobierno para abriendo puertas a la comisión antihumista e incluso favoreciendo el decreto de prohibición. En Zalamea la Real, se le dedicó a su persona un monumento en una céntrica plaza del pueblo, aunque él no pudo verla ya que falleció años antes.

                                                                                                  Talero (Foto Antonio Conejo)

Uno de los parlamentarios que interpeló duramente al gobierno fue el diputado conservador Francisco Romero Robledo; sus intervenciones son sumamente interesantes y nada despreciables. El magnífico cuadro pintado por el artista nervense Antonio Romero Alcaide refleja con todo detalle los hechos ocurridos ese día y recogidos en los Diarios de Sesiones de las Cortes de España: el cura con las manos levantadas aclamando para que detengan el fuego, la mujer con su niño pequeño de 16 meses, niños y niñas atemorizadas, le gente huyendo despavoridas, el terror de ese momento…

                                                                                                  Francisco Romero Robledo

La presión mediática y política consiguió que el 29 de febrero de 1888, José Luis Albareda, Ministro de Gobernación, publicara un Decreto prohibiendo las calcinaciones al aire libre. Pero la Compañía contraatacó con una estrategia sencilla y rápida, empezando a reducir plantilla, despidiendo obreros y prohibiendo utilizar el ferrocarril para ir a Huelva. De esta manera tras enviar de nuevo el gobierno a unos expertos para informar sobre la salubridad o no el sistema de beneficio, en 1890 se derogó el Decreto de prohibición de las calcinaciones, siendo Presidente del Gobierno Antonio Cánovas del Castillo. Cánovas era buen amigo del Presidente de la RTCL, Hugh Matheson, como diría su esposa en sus memorias, cuando en 1897 asesinaron a Cánovas “his friend”, y esta amistad pudo favorecer la derogación de esta disposición de prohibición.

                                                                                                        Hugh Matheson

Por todos estos sucesos desconocemos cuál fue la reacción de Hugh Mackay Matheson al enterarse de lo ocurrido en su añorada mina, ya que era un hombre tremendamente religioso y comprometido con los valores de la persona y de los obreros. En sus memorias publicada por su esposa en 1899 no hizo ninguna referencia a estos hechos.

Aquel fatídico sábado, 4 de febrero de 1888, la todopoderosa RTCL había vuelto a ganar y lo hizo por 19 años más, pues hasta 1907 no se apagó la última de las teleras y no porque quisiera disminuir la contaminación, las enfermedades, los problemas de salud o medioambientales, sino porque apareció un nuevo sistema por oxidación y lixiviación del mineral que sustituía la calcinación del mineral al aire libre que era menos contaminante y más rentable y por tanto le reportaba un mayor beneficio a la Compañía.

                                                                       JCD – Juan Carlos Domínguez Vázquez

 

Bibliografía.

  • https://dialogosenlacallesanz.blogspot.com/
  • “120 Aniversario del Año de los Tiros. 4 de febrero de 1888-2008. “Las Teleras” – Conflictos Sociales, Causas y Consecuencias”. Centro de Arte Moderno y Contemporáneo Daniel Vázquez Díaz de Nerva (Huelva), 2008
  • Mª Dolores Ferrero Blanco – “Capitalismo minero y resistencia rural en el suroeste andaluz. Rio Tinto, 1873-1900” – Universidad de Huelva, 1999
  • 130 Aniversario. 4 de febrero de 1888. Año de los Tiros” – Cistus Jara. Zalamea la Real, 2018
  • Alfredo Moreno Bolaños – “Génesis del Anarquismo en Minas de Río Tinto. Maximiliano Tornet como paradigma y su papel en el año de los tiros”. Editorial Círculo Rojo, 2016
  • Diario de Sesiones de las Cortes – Congreso de los Diputados – Sesión del Viernes 17 De Febrero de 1888
  • https://huelvabuenasnoticias.com/2014/
  • Manuel Ciges Aparicio – “Los Vencidos” – Librería de los sucesores de Hernando – Madrid, 1910

Juan Santana Bolaños, empresario zalameño que arrendó las Minas de Rio-Tinto en 1823

Combatió contra las tropas francesas de Napoleón, suministró alimentos al ejército español destinado en Cádiz y le dieron crédito para el aprovechamiento de las aguas vitriólicas de las Reales Minas de Rio-Tinto

En 1810 España estaba inmersa en plena Guerra de la Independencia, los franceses habían tomado Sevilla y tan solo le faltaba por llegar a los pueblos mineros de Riotinto. En febrero de ese mismo año un destacamento francés que había salido de Sevilla, se dirigía a Badajoz por el camino de Santa Olalla. Enseguida el Ayuntamiento de Zalamea la Real, tras conocer estos movimientos, convocó a los vecinos de la población y un grupo de ellos capitaneados por Juan Santana Bolaños salió con una partida compuesta con numerosos milicianos para interceptar a las tropas francesas. La munición y el armamento necesario lo proporcionó del arsenal de la compañía Vicente de Letona, director de las Reales Minas de Rio-Tinto, quedando abatido la totalidad de los soldados franceses.

Un mes más tarde ocurrió otro de los enfrentamientos que tuvo que soportar la población, conocida como la Batalla de Palanco. Según nos ha contado Carmen López Tatay, una de las descendientes de Juan Santana Bolaños, ante la llegada de un destacamento del ejército francés, procedente de Valverde del Camino, se formó de nuevo una partida de vecinos, operarios de las minas y otros voluntarios de los pueblos de alrededor, entre los que se encontraba Santana Bolaños. La confrontación tuvo lugar en el Barranco de Palanco, donde se producen una serie de descargas actuando los milicianos de manera valerosa y que hacen retroceder a los franceses de nuevo hacia Valverde.

Una vez terminada la guerra y retirado el ejército francés de territorio español, durante los años siguientes la población tuvo que atravesar una difícil situación económica al verse obligada a abastecer a las tropas españolas de comida para su subsistencia: carne del ganado y cosechas de cereales para la elaboración de pan. De esta forma, en 1817 Juan Santana Bolaños suministró a las tropas españolas de la provincia marítima de Cádiz una cantidad de trigo que se elevó a la no despreciable cifra de 396.738 reales de vellón, y que, como las arcas del estado no pudieron pagarle, se quedó este crédito a su favor frente a la Real Hacienda.

Mientras tanto, en las Minas de Rio-Tinto la labor de cementación, que era como se conocía el Aprovechamiento de las Aguas Vitriólicas, estuvo abandonada.

Vitriolas de las minas de Riotinto

Estos trabajos consistían en colocar en el interior de la mina unos canales de madera en los que se metía unas planchas o desechos de hierro por los que circulaban las aguas vitriólicas y por las que se precipitaba el cobre. De esta forma se obtenía, lo que aún hoy día se conoce como “cáscara de cobre” adherida a los pedazos de hierro. Depositada esta cáscara en cajones de madera se llevaban a la Fábrica de Afino para convertirse, en menos tiempo y con menor cantidad de carbón de brezo que el mineral explotado en las minas, en cobre fino “a punto de martinete” que se vendía a la Casa de la Moneda de Segovia y si el cobre recibía un segundo afino, se convertiría en cobre “a boca de fuego” o “a punto de artillería” que se enviaba directamente a la Real Maestranza de Artillería de Sevilla, en un carro tirado por mulas a través de los caminos romanos que partiendo de la Aldea de Riotinto, hoy Nerva, pasaba por las minas del Castillo de las Guardas, Itálica en Santiponce y Sevilla.

Viendo los beneficios que podía obtener de las labores de cementación, Juan Santana Bolaños solicitó licencia para la explotación de estas aguas, y el 4 de marzo de 1823 se le otorgó crédito público para el aprovechamiento de las aguas vitriólicas de las minas. De esta forma Juan Santana Bolaños se convirtió en el primero y único empresario de la cuenca minera de Riotinto al que se le concediera el privilegio de explotar las milenarias Minas de Rio-Tinto o, al menos, parte de ellas.

Por esta concesión Santana Bolaños pagaría 500 reales diarios, que le serían descontados de la deuda, que por 396.738 reales tenía con la Hacienda Pública por las ventas de trigo que hizo en 1817.

Precintos de plomo minas de Riotinto

Pero, como en todas las concesiones que la Real Hacienda hiciera de las Minas de Rio-Tinto, iba a dar más problemas que satisfacciones, teniendo que cesar sus actividades dos años más tarde en 1825, aunque volviendo a ser autorizado dentro del mismo año a beneficiar las aguas y afinar las cáscaras de cobre producidas de su propia cementación. En estos dos periodos Juan Santana Bolaños obtuvo 1.657 arrobas de cobre (19.059 kg) en sus explotaciones.

Fallecido Juan Santana Bolaños, su hijo Bruno Bolaños presentó el 2 de mayo de 1829 una reclamación sobre la liquidación que tenía pendiente su padre con la Hacienda. De esta forma, la Contaduría de las Minas de Rio-Tinto realizó la siguiente liquidación de gastos e ingresos por los trabajos ejecutados:

                                                                                    Reales de Vellón
Total valor del crédito a descontar………………………….. 396.738
Por el disfrute de dichas aguas a razón de 500 rs diarios
del 1 de julio de 1824 al 10 de enero de 1825 ……………………….. 96.500
Por 1.434 arrobas de hierro a 26 reales ……………………………… 37.284
Por 123 jornales a Juan Real a 6 reales ………………………………. 738
Por jornales pagados al Guarda que custodia la cañería…………… 2.070
Por los pagados a un Maestro que vino de Huelva a embrear los cajones. 320
Por el carbón consumido y jornales para la afinación de la
cáscara de cobre…………………………………………………………. 4.578
Por el porte de 387 arrobas de cobre afinado desde estas Minas a la Casa
de la Moneda de Segovia a 15 rs la arroba según Hilarion de la Banda… 5.805
Por el porte de 46.000 rs en monedas de vellón desde dicha Casa a
Zalamea la Real, según recibo del mismo Banda ………………………… 2.172

Por la venta de 387 arrobas de cobre fino roseta a punto de martinete
vendido a la Casa de la Moneda de Segovia a 5 ¼ rs libra ………….. 50.793

Y el total valor del crédito resulta ser de…………………………………………….. 300.238

La Dirección de las Minas aprobó la referida liquidación a favor de Santana Bolaños en Madrid a 28 de Mayo de 1831. Desconocemos si esta liquidación fue pagada por la Real Hacienda a su hijo Bruno.

Posteriormente los trabajos de Aprovechamiento de las Aguas Vitriólicas continuaron mejorándose, ampliándose la longitud del canaleo, el modo de colocar las planchas de hierro, la cubrición de los canales, la utilización de vitriolos, etc.

Hoy, después de 200 años, las Labores de Cementación continúan desarrollándose en las empresas mineras, que junto con los trabajos de lixiviación se obtiene Cáscara de Cobre como producto secundario de una actividad minera complementaria.

Por Juan Carlos Domínguez Vázquez

Las Minas de Río Tinto y El Hoyo de D. Liberto, caballero de nación sueco

Una de las figuras imprescindibles en la de la explotación de las Minas de Río Tinto ha sido LIEBERTO WOLTERS VONSIOHIELM – (Estocolmo, 1665 – Riotinto, 1727).

Las minas llevaban unos 1.300 años sin trabajarse, desde el tiempo de los romanos, y Lieberto Wolters solicitó al Rey Felipe V la concesión para la explotación de las minas, creando una sociedad denominada “COMPAÑÍA DE LAS MINAS DE RIO TINTO Y ARACENA”.

Su nombre original era LIEBERT WOLTERS VON SJÖHJELM y al transcribirse al castellano se le modificó el apellido materno por otro más legible, Vonsiohielm.

Se ignora la causa que de haber venido a España a principios del siglo XVIII, pero lo que se sabe es que formó parte en la guerra de Sucesión española.

En 1719 se hallaba en Vigo ejerciendo el oficio de buzo, a través de una compañía que pretendía extraer del fondo de las Rías Bajas, las riquezas que aportara desde América la Flota de Nueva España al mando del general Manuel Velasco, hundida en 1702; la más rica que había venido de América, con 20 millones de pesos en plata y otros tantos en valor de las mercancías.

El hundimiento de la flota de barcos llegado desde las Indias Occidentales se conoce como la Batalla de Rande, situada en el estrecho de Rande, en Redondela, en la ría gallega de Vigo. Una batalla entre la flota anglo-holandesa contra la flota hispano-francesa, ocurrida el 23 de octubre de 1702, y en la que participaron 90 navíos, más de 3.000 cañones y murieron unas 2.000 personas entre los dos bandos. Tal fue la repercusión que tuvo esta batalla, que cuando la noticia del Desastre de Vigo se extendió por todo el país, provocó que cundiese el pánico entre la ciudadanía. Casi todos pensaron que toda la plata se había perdido y por ese motivo se crearon las “Cajas de Socorro y Montes de Piedad”, como es el caso de CajaMadrid, creada el 3 de diciembre de 1702.

Flota hundida en el estrecho de Rande. Grabado de la época. Archivo General de Indias. Publicada por Instituto de Estudios Vigueses.

Pasados los años de esa batalla, el 25 de marzo de 1719 Lieberto Wolters, que tenía conocimientos de mecánica y era de carácter emprendedor y atrevido, elevó al Rey Felipe V solicitud de Autorización para buscar y extraer el gran caudal oculto bajo las aguas; Concesión que se le otorgó por 300 ducados.

Se formalizó el asiento escritura por término de tres años, con el compromiso de entregar a las Cajas Reales la tercera parte del valor de cuanto sacara del fondo de la bahía.

Para los trabajos, Wolters adquiere el navío “Duque de Gloston” que le costó 630 reales, barato para la época. En este barco instala una plataforma y la maquinaria necesaria para la inmersión de 3 buceadores, llegados desde Suecia. De esta forma, desde la plataforma trabaja con una campana de madera forrada de cobre. Wolters había ideado un traje de cuero para bucear y un casco conectado a una larga manga que llegaba hasta la superficie.

Placa de cobre con instrucciones. Museo del Mar de Galicia. Publicada por Instituto de Estudios Vigueses.

La fotografía anterior es una placa de cobre que estaba en la campana que utilizaron los buceadores de Wolters. Está escrita en ruso antiguo y en ella están grabadas las indicaciones para comunicarse los buzos con la superficie.

En 1721 Wolters es denunciado tanto por vender mercancía que luego no saca de la ría, como por emitir acciones de su compañía que no obtiene beneficios. Durante esos años había extraído de las profundidades varios cañones de bronce y de hierro, anclas, tablas, balas y palanquetas, con alguna que otra moneda suelta adherida, tasándose en 3.068 reales de vellón los efectos que se habían de repartir.

Grabado de 1871. Los Galeones de Vigo. Ediciones RP 2005. Yago Abilleira Crespo

A pesar de ello, sus problemas económicos se acentuaron y LIEBERTO WOLTERS traspasó los derechos de la cédula de concesión a uno de sus socios.

Después de este infructuoso éxito, a finales de 1722 LIEBERTO WOLTERS se retiró a Madrid viviendo pobremente bajo la protección del embajador de Baviera, al cual le había conocido en Vigo, prendándose de la honradez y excelente trato.

Durante esa época WOLTERS se había quedado sorprendido de la cantidad de minas de oro y de plata que había en España y quiso seguir la huella de las incalculables riquezas que habían conseguido los Condes Fúcares que con Felipe II abrieron las minas de Guadalcanal.

De esta forma, LIEBERTO WOLTERS a sus 60 años de edad, solicitó en 1725, a su majestad el Rey Felipe V, el arriendo por 30 años de las Minas de oro y plata de Guadalcanal, Rio Tinto, Cazalla, Aracena y Galaroza.

LIEBERTO WOLTERS se fue a vivir a la Aldea de Rio Tinto, hoy Nerva, que en aquella época contaba con 80 habitantes y logró el objeto de su instancia; Como decía Rúa Figueroa, se creía con suficiente inteligencia, práctica y capacidad para el desagüe de las minas inundadas y formó las bases para la creación de una compañía para la explotación de las citadas minas.

El Asiento o Real Cédula de concesión de las minas fue suscrito el 16 de junio de 1725 por el Rey con la sola condición de que a su término pasasen a la Real Hacienda todos los edificios, ingenios y demás utensilios que allí se hubiesen establecido.

En septiembre de ese mismo año Wolters publicó un folleto de 25 páginas que tituló MANIFIESTO en el que insertaba el Asiento celebrado con el Gobierno precedido de las riquezas de las 5 minas y así llamar la atención a posibles socios para la creación de su empresa y explotación de las minas.

A este Manifiesto acompañaba Wolters las condiciones para la formación de la compañía compuesta de 2.000 acciones a 50 doblones de a dos escudos de oro cada una, reservándose el asentista 700 acciones (libres de todos gastos) y con ellas la presidencia de la Sociedad y la facultad de nombrar un Director, un Veedor, un Contador y un Tesorero.

Llegaron a inscribirse más de 60 interesados, entre ellas muchas damas de la corte. Aunque este proyecto fue rudamente impugnado, prodigando a su autor toda clase de epítetos y punzantes epigramas, calificándolo de embustero, estafador y hereje (por ser de otra religión distinta a la católica).

Folletos publicados en noviembre de 1725 en contra del proyecto de Wolters.

La empresa creada, una de las primeras sociedades anónimas españolas se llamaba “COMPAÑÍA Y ASIENTO DE LAS MINAS DE GUADALCANAL, CAZALLA, ARACENA, GALAROZA Y RIO TINTO”.

Con las 700 acciones que tenía Wolters le establecía el derecho a poder contratar a los empleados. En diciembre de 1725 solo había podido colocar la mitad de las 2.000 acciones ofrecidas.

Una vez colocadas todas las acciones, en tan solo 5 meses de 1726 se convocaron más de 28 Juntas Generales de Accionistas de la Compañía; los socios rivalizaron para ser elegidos directivos y estaban en contra de Wolters por que tenía el poder de una de las minas más valiosas de España. Para ello contrataron al ingeniero alemán Roberto Shee para realizar un informe sobre las diferentes minas del Asiento y emitir una valoración sobre la Concesión.

Wolters había comprado en el extranjero dos bombas para desaguar las minas y comenzar la explotación junto con varios trabajadores llegados desde las minas de Shala en Suecia, pero como los accionistas no se ponían de acuerdo y no tenía dinero para pagar el transporte de la maquinaria ni los salarios de los trabajadores, tuvo que empeñar sus joyas para realizar estos pagos y comenzar los trabajos.

En medio de todo este desorden, desesperado Wolters pidió la intervención al Consejo de Hacienda para resolver las continuas disputas y la respuesta fue a través de un real decreto del 4 de julio de 1727 por el que se disolvía la compañía y se creaban dos empresas nuevas. Una compuesta por todos los socios menos Wolters, que le concedían las minas de Guadalcanal, Cazalla y Galaroza, denominándose “COMPAÑÍA ESPAÑOLA”.

La otra compañía estaba formada solo por Wolters con las 700 acciones que poseía, constituyéndose la empresa que llevaría por nombre “COMPAÑÍA DE MINAS DE RIO TINTO Y ARACENA”.

Pueblo de Riotinto a principios del S.XX

Una copia de este decreto llegó a manos de LIEBERTO WOLTERS pocos días antes de su muerte ocurrida el 26 de julio de 1727 y al conocer su contenido nombró a su sobrino Samuel Tiquet (uno de los obreros llegados desde Suecia) heredero y sucesor de la compañía. Tiquet, al igual que su tío Wolters, no llegó a casarse, ni a tener descendencia.

A pesar de que Samuel Tiquet tuvo un comienzo muy difícil respecto a las propiedades de los terrenos, la producción y el accionariado, en 1747 contrata como administrador a Francisco Tomás Sanz y reinicia la producción de cobre a unos niveles espectaculares.

LIEBERTO WOLTERS VONSIOHIELM fue sepultado en la falda sur del Cerro de Salomón, en el camino que conduce desde el Cerro de las Vacas a la fábrica de Planes. Hasta la llegada de los ingleses en 1873, el sitio de su sepultura era conocido como El Hoyo de D. Liberto.

Cerro de las Vacas. Joaquín Ezquerra del Bayo – 1852

LIEBERTO WOLTERS puso las bases hace 295 años para la creación de una gran empresa y aunque no llegó a conocer el gran potencial que suponía Rio Tinto, con el tiempo se transformó en una de las mayores empresas mineras del mundo y su nombre sonaría y aún suena por toda la esfera mundial.

BIBLIOGRAFÍA

– Abilleira Crespo, Y. – 2005. Los Galeones de Vigo. RP Ediciones.
– Aldana, L. – 1875. Las minas de Rio Tinto en el transcurso de siglo y medio. Estab. Tipográfico de Pedro Núñez. Madrid
– Avery, D. – 1985. Nunca en el cumpleaños de la reina Victoria. Editorial Labor.
– Instituto de Historia y Cultura Naval. Tomo 6 -Desastre en Vigo.
– Maffei, E. y Rúa Figueroa, R. – 1872. Apuntes para una Biblioteca Española. Imprenta J.M. Lapuente. Madrid
– Patiño Gómez, R. – 2019. Instituto de Estudios Vigueses. Revista nº 24 diciembre 2019. Personajes de Rande.
– Rúa Figueroa, R. – 1859. Ensayo sobre la historia de las Minas de Rio-Tinto. Imprenta viuda Antonio Yenes.

I Centenario de la publicación de ‘El metal de los muertos’ (1920-2020)

Este año 2020, se cumple el I Centenario de la publicación de la novela “EL METAL DE LOS MUERTOS”, escrito por Concha Espina y publicado por la editorial GIL-BLAS Renacimiento en 1920 y vendido a 5 Pesetas (1). Una novela inspirada en la vida diaria de los habitantes de la cuenca minera de Riotinto y en las condiciones laborales de los mineros de la RIO TINTO COMPANY LTD. Y, como diría la misma Concha Espina, “todo allí sugiere la idea de la última esclavitud de las criaturas humanas”.

Concepción Espina y Tagle nació en Santander en 1869 y murió en 1955 a los 83 años de edad cuando llevaba más de 15 años ciega, aunque no dejó de escribir sus últimos libros; escribía sobre una plantilla con líneas marcadas, que después pasaba a limpio su secretaria. El mismo día en que moría se publicó su último artículo de prensa en el diario ABC. Se puede consultar en la dirección (4): https://www.abc.es/cultura/libros/abci-palabras-articulo-postumo-concha-espina-abc-201904140102_noticia.html

Pertenecía a la llamada “Generación del 98” empezando a escribir en los periódicos bajo el pseudónimo de Ana Ceo Snichp. Pronto su nombre se empezaría a conocer en pequeños círculos junto al de Unamuno, Valle-Inclán o Rubén Darío.

En los años 20 publicó 18 títulos. Uno de ellos fue “EL METAL DE LOS MUERTOS”, el cual le valió como una de las nueve nominaciones al Premio Nobel de Literatura. Nunca llegó a ganarlo, aunque quedó tres veces finalista.

Tampoco entró en la Real Academia Española de la Lengua; sufriría el mismo destino que Emilia Pardo Bazán: se quedaron fuera por el simple hecho de ser mujer. Fue condecorada por el rey Alfonso XIII y recibió en dos ocasiones el Premio Nacional de Literatura.

A principio del siglo XX, sobre 1916 (según Félix Lunar) viajó hasta Nerva para conocer en primera persona los sucesos ocurridos en 1888, El Año de los Humos y otros acontecimientos y huelgas posteriores. Cuando la escritora santanderina llegó a Nerva, con su pamela y su ropa moderna, los mineros la confundieron con la famosa cupletera de la época Amalia Molina. Allí se quedó a vivir una temporada, durmiendo en la cama donde acababa de morir un trabajador chino.

Una de las mejores ediciones de esta novela es la publicada por Diputación de Huelva, Fundación Riotinto y la Universidad de Huelva en 1996 (2) con una magnífica presentación realizada por Antonio Rioja Bolaños, sacerdote en varios pueblos de la cuenca muy ligado al movimiento obrero y Antonio Garnica Silva, catedrático en filología inglesa.

Una novela que ha sido traducida al alemán, al ruso, al sueco y al inglés, habiéndose publicado más de 12 ediciones desde 1920.

“EL METAL DE LOS MUERTOS” es una novela social cuyo tema central es la huelga de agosto de 1917 de Riotinto. En esta novela describe de primera mano la situación de las familias mineras, las durísimas condiciones del trabajo y del desarrollo de la lucha sindical contra la compañía y por ello contribuyó a que las clases más cultas de España tuvieran la oportunidad de cambiar las ideas negativas que tenían de la lucha obrera.

Como dicen Antonio Rioja y Antonio Garnica en la presentación, la riqueza del vocabulario hace difícil su lectura al lector contemporáneo.

El éxito de “EL METAL DE LOS MUERTOS” sirvió para confirmar la mala fama que la RIO TINTO COMPANY LTD había adquirido a causa de las huelgas en aquellos años. La cuenca minera de Riotinto vivía desde principios de siglo en situación casi permanente de conflictos sociales, que siempre cerraban en falso debido a la política de la RTC y a la pasividad del gobierno. Desde 1908 hasta 1927 el director de la compañía era Walter J. Browning que gobernó Riotinto con mano de hierro y aunque la explotación minera llegó bajo su mandato al más alto nivel tecnológico de su historia, nunca hubo época con tantos y tan duros conflictos obreros; la dureza represiva de la compañía, sus intereses económicos y su incomprensión es la causa de las huelgas.

La novela de Concha Espina no tiene un final feliz porque la huelga tampoco lo tiene y la huelga de 1917 desembocará después en la terrible y larguísima huelga desde abril de 1920 hasta principios de 1921. Esta última llegó a ser tan dura que un gran número de niños –entre tres mil y cinco mil- fueron trasladados a otras ciudades y acogidos en casas de obreros sindicalistas de toda España. Como intermediario de esta gran huelga, la RTC envió a Sir Rhys Williams para negociar una solución al conflicto. La intervención de Williams hace que termine la huelga comprometiéndose la compañía a una serie de medidas sociales en favor de los trabajadores; y es cuando se crea los “boy-scouts”, los niños exploradores, para reconocer la dura situación de los niños de la cuenca.

Los personajes que aparecen en la novela “EL METAL DE LOS MUERTOS” tienen una semejanza fonética con los personajes reales que conoció Concha Espina en Nerva. De esta forma, llama a Félix Lunar (en 1956 escribió “A Cielo Abierto”, libro imprescindible en las bibliotecas de la cuenca) como Félix Garcés. A Cristóbal Roncero, médico de Nerva, como Alejandro Romero y al líder sindicalista Eladio Fernández Egocheaga como Aurelio Echea. Este dirigente obrero tenía buena pluma para escribir, era un gran orador, con facilidad de palabra y buen agitador de masas. Hoy día, por tradición oral de varias generaciones, en los pueblos de la cuenca minera aún se dice la frase: «¡Cállate niño!, que hablas más que Jocheaga”-, en alusión a una persona que habla mucho y no te deja hablar.

En el libro “A Cielo Abierto” (México, 1956) Félix Lunar (6), activista sindical y fundador de varios periódicos, cuenta cómo conoció a Concha Espina:

“Un día se me presenta en mi oficina un joven que se identifica como hijo de Concha Espina (…) celebrada escritora, novelista consagrada, venía a estudiar el caso de Riotinto, de la clase trabajadora. Madre e hijo venían recomendados a mí por Egocheaga.

Concha Espina venía todas las mañanas a mi despacho. Hizo buenas migas con Don Cristóbal, todos los días lo acompañaba en la visita a los enfermos; la gente de Nerva la confundían con la hermana del médico”.

Concha Espina, también narra otros sucesos acontecidos en Riotinto como el Incendio del Pozo Berta (Pozo Alicia) en 1913, el hundimiento del antiguo pueblo La Mina en 1908, los trenes cargados de niños con dirección a Madrid en 1920 ó las Cruces de Mayo de la aldea Montesorromero.

Unos de los documentos más importantes de Concha Espina, es el registro sonoro del año 1932 donde la propia autora narra los orígenes de su novela sobre las minas de Rio Tinto y donde nos cuenta la Génesis de la Novela “EL METAL DE LOS MUERTOS” (5): http://bdh.bne.es/

“Una vez en las minas de carbón de Asturias (…) sentí la necesidad de escribir la tragedia de los mineros, el drama de los hombres hermanos nuestros que viven en lo profundo de la tierra, tristes y enfermos para morir tan pronto. (…)

Pasaron años y pude visitar casi todas las minas de España. Bajé a las excavaciones más profundas, subí a las cortas abiertas en el regazo de la montaña como cánceres inmensos, conocí las fábricas, todos los caminos infernales de la esclavitud, los altos hornos, toda la tragedia de los hombres que quería pintar en mi libro. Y escribí “EL METAL DE LOS MUERTOS”.

Le situé en Riotinto, (…) en la Andalucía secuestrada por el inglés y que por eso no tiene ni pájaros, ni flores, ni cantares, ni mariposas; todo lo ha consumido allí la explotación. Aquel río parece en sangre. El paisaje es tan rojo, que la pasión roja de los hombres se explica allí. La vida es siniestra, enorme, una cosa dantesca, terriblemente infernal; todo allí sugiere la idea de la última esclavitud de las criaturas humanas”.

“EL METAL DE LOS MUERTOS” una novela reivindicativa de la lucha de los mineros de la Rio Tinto Company, con unas condiciones durísimas de trabajo. Una novela de una mujer adelantada a su tiempo. Una de las primeras novelas literarias con influencias sociales de nuestro país.

Texto: Juan Carlos Domínguez Vázquez

(1) El Metal de los Muertos. Concha Espina. Gil Blas Renacimiento. 1920
(2) El Metal de los Muertos. Concha Espina. Diputación de Huelva, Fundación Riotinto y Universidad de Huelva. 1996
(3) A Cielo Abierto. Félix Lunar. 1956. Editorial Huebra.
(4) Diario ABC
(5) Biblioteca Nacional de España
(6) Wikipedia

La locomotora 110 del parque de El Campillo, una joya de la industria minera

La Locomotora 110 que está instalada en el parque de Los Cipreses en El Campillo pertenece a la Clase K y fue adquirida por la compañía en 1907 junto a otras 25 locomotoras de esta misma clase, por tanto, este año de 2018 se cumplen el 111 aniversario de su construcción.

Con la nueva explotación a cielo abierto iniciada a principios del siglo XX, “Corta Atalaya”, la Rio Tinto Company Ltd solicitó a la firma North British un pedido de 26 locomotoras de la clase K, a un precio de 1.875 libras esterlinas cada una. Se las conocían como “Gordas” o “de 40 toneladas” ya Locomotora 110 Clase K de 1907 que tenían la misma estética que las locomotoras de la clase I pero eran más altas (1).

Entre 1907 y 1908 se entregaron 18 locomotoras que fueron numeradas del 101 al 118. En 1910 se recibieron seis más y en 1912 las dos últimas, algo más modernas.

Las características principales son las siguientes: Diámetros ruedas tractoras: 991 mm, Capacidad carbón: 1.000 Kg, Capacidad agua: 3.612 L, Peso adherente: 40.000 Kg

Se compraron expresamente para trabajar en Corta Atalaya, donde lo hicieron por Caja de fuego y mandos espacio de años y construyéndose allí una cochera en el año 1910 para que no reguladores de la 110 bajasen a dormir a la cochera de Reverbero.

Por los años veinte el Sr.Kenworthy pensó en utilizarlas en la vía general, retirando dos locomotoras de la clase C; esto produjo una gran economía en la empresa y fue felicitado por tal decisión.

Una sola máquina de la clase K podía remolcar hasta 50 vagones del tipo A, que eran unas tolvas de 10 toneladas de carga máxima.

Aún con la llegada de las Garratts (en 1928 se adquirieron dos, la 145 y la 146, las cuales podían remolcar hasta 50 vagones de tipo M –que tenían 30 toneladas de capacidad-) las máquinas de la clase K hacían servicio de trenes, llamados de Materiales, con resto de vagones desde Los Frailes hasta Riotinto Estación.

A la locomotora nº 118 se le amplió el ténder o depósito para asegurar la reserva de carbón en la máquina, pero no dio resultado ya que esta perdía adherencia en las vías.

Las máquinas de la clase K hicieron servicio en doble tracción hasta que en 1953 vinieron las tipos Mogul con ténder remolcado (serie 200; en la rotonda de Riotinto podemos ver la locomotora nº 201. Se las conocían como Gildas ya que “era un auténtico canto del cisne (…) oir sus acompasadas pulsaciones”), quedando relegadas a tareas de maniobras, como subir el mineral de Zarandas a Fundición, al Muelle San Dionisio, al Concentrador y trenes obreros hasta los últimos tiempos como las números 134,135 y 137.

La construcción del ferrocarril desde las minas de Riotinto hasta el puerto de Huelva se realizó, siguiendo el curso del Río Tinto ¡en tan solo 25 meses! que se levantaron los 84 km de vías, se construyeron 8 puentes, 5 túneles y 12 estaciones con la anchura inglesa de 1,067 m (vía estrecha). El proyecto del ingeniero George Barclay Bruce se inició en junio de 1873 por cinco puntos simultáneos y en julio de 1875 estaba finalizado.

La máxima dificultad se presentó en el km 51 que obligaba por el río a describir un meandro de más de un kilómetro de longitud y para ahorrarse esta vuelta se construyó un puente para pasar a la otra orilla del río y un túnel de 140 metros, llamados de Salomón.

El Puente de Salomón original fue arrasado por una gran riada en diciembre de 1888 y el encargado de reconstruirlo y que hoy día podemos ver con sus 68 metros, fue el ingeniero Thomas Gibson, el mismo que dirigiría la construcción del muelle de Huelva.

En el año 1935 entró a trabajar en la RTC George Trevor Lewis y años más tarde mandó a pintar en el flanco de las locomotoras los grandes y característicos números blancos para distinguirlas de lejos. Todas las locomotoras de vapor estuvieron siempre pintadas de negro y la traviesa de topera con un ribete rojo, incluso algunas lucían las placas del fabricante pulimentadas en latón. La Compañía aunque numeró desde el principio todas sus locomotoras, el Sr. Lewis propuso la clasificación también dentro de una serie de grandes grupos diferenciados por letras, desde la A hasta la O.

Por otra parte, las Tolvas, aunque eran vagones de mercancías, se catalogaron en vagones Tipo A, utilizados en la primera época de la RTC, con 10 toneladas de capacidad y de los que se llegaron a contar hasta 2.000 unidades. Y los vagones tolva Tipo M, adquiridos a principios de los años 30, con un peso de más de 10 toneladas y una capacidad de 30 toneladas, los cuales se construyeron más de 300 ejemplares.

También había otros vagones como los tipos B, llamados Bruce; los tipos C, Cuartillas; o los tipos E, Moros.

Comúnmente son conocidos por nosotros los Continos, unas vagonetas de media tonelada de capacidad empleadas en la mina y que eran empujadas a mano en los tajos de zafreo.

En pleno apogeo, la RTC llegó a contar con 147 locomotoras a vapor, 9 locomotoras diésel hidráulicas, 6 automotores, 21 locomotoras eléctricas, 1.300 Contino de media tn para zafrear en la Corta vagones, 2.000 vagonetas y 36 coches de viajeros, todo ello para 264 km (2) de ramales de vías que servían de unión entre los talleres, los almacenes, los tajos, las distintas poblaciones y los poblados mineros, además de los 84 km del ferrocarril Riotinto-Huelva.

En 1910 la Cuenca Minera de Riotinto alcanzó su máximo poblacional con 45.646 habitantes, de los cuales 16.087 vivían en Nerva (3); en esa época Nerva tenía la misma población que tiene actualmente toda la Cuenca Minera en su conjunto. En 1914 la Compañía tenía 14.208 trabajadores.

La Locomotora 110 de clase K, patrimonio industrial minero que tenemos que valorar, cuidar y mantener como recuerdo del esplendor económico que tuvo nuestra Cuenca Minera de Riotinto.

Fuentes consultadas:
(1) García Mateo, José Luis y Prieto Tur, Lluís – “El Ferrocarril minero de Riotinto”- Ediciones Lluís Prieto Tur – 2012
(2) González Vilches, Miguel – “Historia de la arquitectura inglesa en Huelva” – Universidad de Sevilla y Diputación Provincial de Huelva – 2000
(3) http://www.revistalacomuna.com