Crecemos dentro de un sistema educativo que nos señala el camino hacia la felicidad. Un camino trazado por las experiencias de nuestra familia, de nuestra sociedad, de nuestra infancia. Y sobre esa premisa levantamos toda nuestra existencia.
Seré feliz cuando haya comprado una casa para cada uno de mis hijos. Seré feliz cuando pueda pasar un mes de verano en la playa con los míos. Seré feliz cuando tenga ese magnífico BMW todoterreno. Me sentiré completa, completo, cuando mis hijos terminen Medicina, Derecho o Ingeniería.
Seré feliz cuando… Y mientras tanto, la vida pasa.
Hay muchas conversaciones internas que hoy veo desde otro lugar. Y es que, al llegar a mi edad y habiendo alcanzado algunos de esos objetivos, descubro que queda un vacío misterioso. Llega entonces la revisión de vida, justo cuando ya no estoy al cien por cien de energía, cuando he perdido seres queridos por el camino y la salud ya me ha dado algún que otro aviso. Es la noche oscura del alma, esa famosa crisis que solemos atribuir a los hombres de cuarenta, pero que creo que es bastante general.
Para soportar tanto esfuerzo, aprendimos a anestesiarlo. Con la crítica, con el alcohol, con el tabaco… En fin, con cualquier ayuda que en el fondo no nos hace bien.
Y luego escuchas historias como esta: “Pues mi madre, que tuvo un trabajo físico muy duro, soñó toda la vida con el día en que se jubilara. Al día siguiente de cobrar su primera pensión, falleció”. “Pues mi vecino soñó toda la vida con hacer un viaje con la familia y, al volver, falleció”.
Y es que el esfuerzo al que sometemos la mente, el cuerpo y el corazón a veces es demasiado. Quemamos cartuchos sin saber qué está pasando.
Puede que esos objetivos que nos venden los anuncios y las series, como promesa romántica de una felicidad futura, nos alejen del presente, de la naturaleza y de una verdad sencilla: somos animales. Y tras una vida entera funcionando en la ciudad, que no es el espacio natural del ser humano, llegamos desgastados.
Por eso, sentados frente a una huerta, contemplando una puesta de sol en la playa, caminando por la sierra con un grupo de vecinos, o incluso lanzándonos a deportes de riesgo para quemar esa adrenalina que el asfalto no consume, nos damos cuenta de que la calma natural del animal que somos está bastante lejos del cemento.
¿Y si la vida estuviera escondida en las cosas sencillas?
Una candela chispeante en una casa rural. Un columpio para nuestros hijos y nietos, hecho con una cuerda y un tablón. Una tarde en la sierra de Huelva. Una jornada de recolección de aceitunas con los amigos. Un verano en el pueblo de nuestros mayores. Incluso hacer el tonto en una clase de baile con los vecinos.
Nada de eso sale en los anuncios. Y nada de eso hay que dejarlo para mañana.
Y vuelvo a lo mismo: somos animales, y bastante más fáciles de complacer de lo que imaginamos. En el aquí y en el ahora.
Y a ti, ¿qué te llena el corazón?



















