Desde hace miles de años, el ser humano insiste en escuchar lo invisible a través de las estrellas, las premoniciones y los sueños. La historia está llena de hombres y mujeres que han guiado a emperadores, conquistadores y casas reales en los misterios de la vida. Es difícil de comprender para la mente lógica y, aun así, esta mística forma parte de nuestra herencia colectiva. En cualquier rincón del planeta, las madres protegen a sus recién nacidos con amuletos religiosos o paganos; es la huella del chamanismo ancestral. En cada comunidad ha existido alguien capaz de ver lo que se escapa al ojo, de sanar con las manos o de leer los símbolos y las imágenes que la mayoría ignora.

El tiempo suele descartar el engaño y coloca en un lugar discreto a aquellos que de verdad ejercen como puente entre los que se fueron y los que nos quedamos aquí. Es fácil caer en el escepticismo, pero resulta casi imposible sostenerlo ante la desesperación de una madre que pierde a un hijo y escucha a un extraño describir situaciones íntimas que nadie más podía saber.

«Charlatanes», me dice la mente. Y sin embargo sonrío, porque en mi propia familia habitan estos dones. Resulta asombroso ver cómo los tuyos sueñan con catástrofes la misma noche en que suceden a miles de kilómetros.

He llegado a la conclusión de que cuando uno renuncia a esta sensibilidad por miedo o rechazo, la vida se desgasta. La negación consume una energía vital que deberíamos usar para construir nuestro destino. Quienes silencian esa información terminan por agotar los recursos de su sistema nervioso. Es una teoría basada en cincuenta años de observación y análisis de la conducta humana.

Pensemos, por ejemplo, en la herida de origen: un recién nacido rechazado o desatendido. En la vida salvaje, si la madre no puede o no sabe cuidar a la cría, esta muere. Los humanos, en cambio, sobrevivimos en condiciones hostiles. Ese niño desprotegido crece sin la capa de amor y pertenencia de la manada. Su piel se vuelve vulnerable, pero esa misma fragilidad le permite desarrollar una antena especial para percibir lo que otros no ven. Se convierte en un superviviente que, con cara de susto, acierta en sus visiones.

Es ahí donde reclamo mi derecho a discernir entre los trucos de la mente y las conexiones reales con otros espacios y tiempos. En el cine nos fascina Interstellar y aceptamos que la física hable de dimensiones cuánticas que no entendemos. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar los dones de quienes tenemos cerca?

«Charlatanes», insiste el susurro racional.

¿A mí me lo vas a decir, a estas alturas del camino, habiendo soñado hace solo unos días con el terremoto de Venezuela? Qué descaro.

Reyes Andreo