Un artículo de Reyes Andreo

Sí, como lo oyes: tomo posesión de mi vida y de mi muerte, decidiendo conscientemente
soltar la tuya, aquella en la que me hacía responsable de tu felicidad y hasta de tu muerte.
Tomo posesión de mis penas y, por qué no, de mis alegrías, que no sé dónde narices se
han metido estos dos últimos años desde que Pandora, o el Pozo Ciego como me gusta
llamarla, han hecho acto de presencia de manera tan rotunda que ya no sé ni lo que me
digo.


Tomo posesión de mis riquezas y de mis deudas.


Tomo posesión de mis éxitos y de mis fracasos. Son míos y, como tan bien decía Salma
Hayek, “Own them, they belong to you”. Hazlos tuyos, te pertenecen.


Tomo posesión de mi salud y de mi enfermedad, de mi creatividad y de mis bloqueos, de
mis relaciones sociales y de mis aislamientos. Tomo posesión de mi palabra y de mi
silencio, de mi pasado y de mi presente, que del futuro nadie sabe ná.


Tomo posesión de mi juventud y de mis arrugas, de mi reciente orfandad y de mi papel de
abuela y de madre.


En definitiva, tomo posesión de mi vida.


Seguro que es culpa de las hipnosis, las del otoño pasado… menuda la que se ha liado.
Suelto de mi ADN aquello que durante veinticinco años he intentado sacar, a las buenas y a
las malas, tanto de mi psique como de mis cuerpos energéticos, sin gran éxito.


Será la edad, será la jartura, no lo sé ni me importa.


Suelto —o mejor dicho, solté— la culpa y otro montón de trajes. Y mi mundo cercano se ha
puesto patas arriba, que de eso no nos acordábamos. Mira que lo han dicho los psicólogos
de toda la vida:


Niña, que si pones límites al mundo —al tuyo—, las piezas del tablero de ajedrez saltan por
los aires.


Niña, que si dejas de ser peón y empiezas a ser la reina, el resto de tu pequeño mundo-
espejo se va a resistir.


Mari, que esto no es otro traje: es el corazón del melón. Y vas a llevarte algún que otro
susto hasta llegar al almíbar de tu vida, niñaaaa…


CULPABLE O INOCENTE
Cuando maduras, el sentimiento de traición es difícil de evitar y bastante más común de lo
que habría imaginado. Cierras capítulos que desgastaban tu caminar, das pasos que otros
no comprenden, hablas de la vida tal cual, compartes ideas desde los hechos… fuff.
Creemos entender, creemos justificar al otro.

¿Sentimiento de abandono o desatención en la infancia? Traición.
¿Falta de lealtad entre nuestros mayores? Traición.
¿Mi niña caprichosa y herida se lleva un portazo en las narices? Traición.
¿Quieres salvar al otro de tus propias heridas y hacer de terapeuta? Traición.
¿Viejos celos, competición, heridas? Traición.
Parece que en este misterio de vida solo una de las partes ve la cara oculta de la Luna. El
que agravia ni se entera; al contrario, se sorprende de las reacciones ajenas.
Puede que antes de nacer, en alguna antesala cósmica, nos hayamos sentado a debatir
con calma y aceptación lo que en vida ni a la de tres. Puede que vengamos a activar un
posible aprendizaje en mí, espejito de mi corazón: y es a través de tu traición cuando puedo
ver por primera vez que soy yo quien se traiciona, quien elige caminos regulares una y mil
veces, ya sea en la forma de relacionarme con mis familiares, o con las amistades, en lo
laboral, en el amor, en lo social.
¿Y ahora qué?