Cuando el hambre encuentra buffet libre ocurre lo que ocurre, nos pegamos una jartá de comer de esas que sientan fatal. Así percibo estos tiempos de información y pantallas. Hace casi dos años llegué a ese punto de empacho en el que levantas los brazos de manera descontrolada cuando alguien te dice, ¿has leído este libro?
-”No, no lo he leído y no lo voy a leer. No quiero, no puedo, por respeto a mi circunstancia e abuela, de madre, por respeto a todas aquellas mujeres sabias que han habitado mi árbol, por respeto a las tribus, a los clanes, a las historias contadas, compartidas en familia alrededor de un fuego sagrado, bajo las lunas de escorpio, apasionadas y conectadas con la vida y la muerte. Por respeto a mi sangre americana, africana, asiática, a las nubes y a los vientos, a las águilas y al colibrí que aletea mi corazón día y noche. Me niego, señores y señoras del jurado. Me niego rotundamente y con determinación-He dicho.
Una cosa es que me siente en el porche a leer a Quevedo y otra muy distinta es que me atiborre de verdades ajenas que no he vivido, que no me pertenecen, que no me representan y lo que es más peligroso, que me alejan de escuchar mi propia voz. Cada paso firme que doy hacia afuera, estoy un metro más lejos del amor incondicional de mujer y de esa energía difícil de encontrar hoy día.
Escribí mi primer libro en el año 2009, tenía entonces treinta y cinco años, muchas de aquellas palabras contienen verdades propias que tantos otros autores desmenuzan hoy, aquellos de los que me hablas. Siempre fue así y siempre será, el filtro personal es el que da ese color único al mensaje. Veinticinco años leyendo a profesionales de la salud del autocuidado, aparcando novelas y biografías entretenidas para comprender el misterio de la vida y de la maternidad. Capas infinitas de coletillas memorizadas con tesón y responsabilidad, nunca sirvieron. Al final lo que queda es ese sagrado encuentro con la naturaleza, al caer las últimas luces, respirando, fascinada, meditando frente al firmamento, aquí y ahora, cómo aprendió papá de la abuela, hace mil años.
Me cruzo con mujeres, madres, maravillosas, potentes, conscientes, cuidadoras, desgastadas, infinitas y veo algo que me resulta familiar, me reconozco en su amor y en las herramientas que guardan en sus bolsos, plomo pesado que va poco a poco minando la mirada, el brillo, la paciencia. La copita de vino del viernes con las amigas ayuda pero no hace milagros.
Silencio
Sí, como lo oyes, silencio, soledad, ejercicio físico, terapias, rituales mil mientras observo mujeres del otro lado del planeta por toda Asia en calma, en acción, utilizando sus manos creadoras, rodeadas de naturaleza, de familia, de comidas elaboradas repartidas con amor en varios tuppers. Somos lo que comemos, lo que respiramos, lo que destapamos del inconsciente pero sobre todo somos un núcleo de sabiduría difícil de cuidar en estas dinámicas actuales que la sociedad nos entrega como tarea de casa para el día siguiente. Medito descalza cada mañana, después de hidratar sin prisas mi cuerpo con una larga ducha, después de hacer calentamientos. Medito con música de fondo, mientras doy un masaje a mi rostro, con manteca de karité. Un par de velas encendidas en mi mesita de noche, algo de incienso, una música relajante. Reactivo mis chakras, reconecto con el fuego, con la tierra, el agua y el aire, cierro mis ojos, vitamino mi aura, todo muy imaginario, todo muy presente. Mil pensamientos llaman a la puerta, les permito entrar, con paciencia, está bien, todo está bien, entonces ocurre la magia, llegan ideas claras desde un lugar misterioso, pensamiento, agendas y listas, mi oficina tiene luz de vela, paro, anoto y sigo. Me visto rápido, para que ninguna pantalla me atrape, ni siquiera la del trabajo. Un viejo pantalón de chándal, una camiseta, las deportivas, y me acerco al Gym del pueblo, cuarenta minutos entre elíptica, remo, y algo de pesas, poca cosa, lo suficiente para equilibrar mi pensamiento, algo de charla con la gente que me cruzo cada día y salgo al campo, me descalzo sobre el suelo frío de tierra, hierbas y rocío, unos minutos con los ojos cerrados, estoy en casa, en el paraíso, recuerdo por un instante y sigo. No es un lujo, es una necesidad, supervivencia, agua, alimento, hace ocho años que medito descalza en el campo, lo hacía de pequeña, tan solo lo he recuperado, te garantizo que tu también puedes cada día, y de eso se trata, de compartir con otros, las herencias sabias de nuestros ancestros, a ello me dedico junto con mi compañera, a volver a nuestro centro para no perdernos. www.sabiaeventos.com


















