Si me paro a pensar un instante en los responsables de mi vida, de la tuya, de la actualidad económica, social y política del mundo, me veo obligada a hacer algunos descartes importantes. Son de cajón, pero nadie cae en ello. Se me ocurre, por ejemplo, descartar las cordilleras montañosas, los grandes ríos, las praderas, como origen de nuestra existencia estresada actual. Descarto también las lluvias, las corrientes marinas que cruzan océanos; descarto, sin duda, a los animales salvajes que veo en documentales: elefantes africanos, al tigre de Malasia, a la pantera negra. Descarto los grandes desiertos y selvas, llanuras y valles, como responsables de todo dolor humano en la Tierra, donde jugamos a las casitas como si fuese un Monopoly de sobremesa de sábado.

Podría situar las primeras distorsiones del hombre en algún lugar aproximado del tiempo, quizás cinco mil años atrás, cuando la agricultura cambió, con las primeras grandes civilizaciones como Egipto o Mesopotamia, etc. Los dichosos excedentes, el concepto del tiempo, la droga del poder para tranquilizar la ausencia total de control sobre nuestro destino, el abandono de nuestras tribus con sus sabios y sabias, abuelas y abuelos, profesionales de la artesanía, guerreros y guerreras, niños y niñas jugando a ser mayores junto a los riachuelos, todos a una.

Abandonamos al clan que se desplazaba para no agotar el medio, en profunda conexión con la naturaleza. Dejamos atrás, también, a quienes se instalaban de forma perenne en pequeños grupos, tomando del medio solo aquello que necesitaban.

Hoy leemos a Buda para calmar el espíritu; nos ayuda unos instantes, luego volvemos a correr.

En los últimos milenios, la mujer, lejos del apoyo de su clan y siguiendo al compañero, protectora perenne de sus crías, ha vivido mil y una situaciones desconcertantes para su mente, cuerpo y alma. Y te hablo de una sola vida; ahora echa cuentas y calcula la suma de todas las mujeres de tu árbol sobre tu ADN, del mío.

¿Quién es responsable de mi destino?

Las clases sociales y los complejos de inferioridad que nacieron con las primeras civilizaciones siguen siendo el caldo de cultivo perfecto para mantener pueblos enteros enfrentados durante siglos. No tengo ni idea de qué sistema sería el ideal; mi visión va demasiado atrás en el tiempo, demasiado fascinada por la naturaleza y sus modos, como para comprender algo inventado por mentes humanas tras cientos de generaciones vibrando en modernidad.

Supongo que es un negocio perfecto para algunos y te garantizo que les va bien; sin embargo, ellos existen porque yo miro a otro lado, silencio, tomo distancia, vibro lejos de mi centro.

Y, volviendo a la pregunta que me trae hoy aquí, te contaré una reflexión de mi yo-abuela: Las brisas del mar siempre estuvieron y seguirán estando cuando tú y yo seamos polvo de estrellas.

Como humana que he nacido, me siento responsable de toda la barbarie que vibra en la historia de la humanidad; responsable, ojo, no culpable. Yo y mi descendencia tenemos la posibilidad de comprender, de caminar, de ajustar nuestro pensamiento herido, nuestro inconsciente peleón, nuestro cuerpo vibrante. Como humana puedo buscar la raíz de cada reacción tóxica en mí. Puedo averiguar por qué ciertas situaciones o personas activan dolores profundos y otras tantas traen risas y relajación a mi camino de vida. Puedo girar mi mirada hacia el interior de mi corazón, puedo protegerlo segundo tras segundo de memorias antiguas aún latentes en cada hombre y en cada mujer que se dejaron la vida, el pellejo, las esperanzas e ilusiones para sembrar una pequeña posibilidad de vida para los suyos, para nosotros.

¿Aceptación? ¿Conciencia? Quizá amor incondicional, ese con el que reconozco mi limitación humana y, aun así, la abrazo.

¿Cómo?

Ay, amigo/a, para esa pregunta hay mil respuestas. Cierra los ojos, cada día, un instante. Observa.

Reyes Andreo