Reflexión íntima sobre la herencia emocional entre generaciones, el duelo y la aceptación, a través de la metáfora de las “perlas negras” y el recuerdo de una madre
Artículo de Reyes Andreo

El ser humano es menos complejo de lo que imaginaba, o eso piensa una parte de mí con el paso de los años. Heredamos comportamientos y patrones sociales, familiares, culturales y religiosos que van cambiando de forma, generación tras generación.
El sistema ante el que mamá y papá se rebelaron frente a sus mayores hace setenta años tiene otro color cuando llegó nuestro momento de discutirles, y vuelve a ser diferente con respecto a nuestros hijos. Hay una evolución positiva, y aun así, puedo contar hasta cinco generaciones cargando la misma mochila sobre las espaldas de mis mujeres, de mis hombres.
La rapidez con la que nuestros jóvenes liman asperezas no va a la velocidad deseada. Así que, como padres, como madres, nos apoyamos en trabajos personales para encontrar un camino seguro hacia nuestra felicidad, y así dejarles un mundo mejor.
Tenemos muchos idiomas para sanar la mente y el corazón. Si utilizas solo uno, la gente no te entiende: el ego del otro analiza la herramienta que eliges —la psicología, la hipnosis, las constelaciones, la meditación, el yoga, el ejercicio físico, la alimentación, el arteterapia, lo psíquico, las matemáticas de la vida—.
Son, en el fondo, distintos lenguajes para un mismo asunto, la vida y la muerte, la felicidad y la salud mental que necesitamos para vivir.
Podemos seguir dándole vueltas a los disparates y maravillas que observamos y aprendimos de generaciones anteriores, y de repente, como en tantos otros casos, encuentras el modo de aceptar lo incomprensible a través de un sencillo ejercicio.
Cierra los ojos e imagina un cubo lleno de barro en el que metes la mano. Hay perlas blancas y negras en su interior. Aparta las que encuentres en un cuenco de cristal con agua limpia. El cubo parece no tener fondo. El barro representa el disparate, la violencia, el abandono, la soledad, el miedo, la guerra, el rechazo y todos aquellos misterios de esa España de los años cuarenta, cuando ellos —nuestros padres y abuelos— eran niños. También representa otra España anterior, la de sus padres y madres, incluso la de sus abuelos, y así hasta el principio de los tiempos.
Según vamos vaciándolo, parece inevitable que empiece a bajar de altura y su color se vaya aclarando. Al día siguiente, repitimos mentalmente la misma acción.
Y entonces me llega el recuerdo de algo extraordinario, bonito, especial, natural en ellos. Meto la mano en el cubo y doy con una perla negra. La enjuago con calma, sin prisas. Es todo imaginario: un viaje de aceptación, parte de nuestro ADN.
Con el paso de los días, las perlas blancas descansan a un lado de una balanza imaginaria; al otro, las extraordinarias perlas negras, raras y magníficas a su vez. Huele a tierra fresca. No olvido, no justifico, no escondo: es.
Ahora sí, las maravillas ya no se ocultan tras las sombras, y estas, a su vez, ya no anulan la luz única de cada una de esas perlas.
Gracias, mamá, por estos casi noventa años de vida. Ha sido un placer fascinante observarte; difícil también, inspirador. Me quedo con ambos contenidos de tu balanza de vida humana, a través de la cual hoy estoy aquí.
Miro de frente el cubo de barro, de tierra madre. Miro también tus infinitas perlas negras, brillando, un guiño desde algún lugar intangible.
“Eres la mejor madre que me podía haber tocado, mami”. Así te lo dije el pasado 14 de febrero, enamorada como siempre, desde pequeñita, agarrada a ti. Pocas horas después te fuiste de manera inesperada. Nada por decir, ningún abrazo pendiente. Estoy en paz. ¿Qué más puedo pedir a la vida?
A Juanita Vasconcelos, D. E. P.
Reyes Andreo.


















