Los jóvenes tienen mucho que ofrecer a la sociedad. Al margen de una actualidad mediatizada, que otorga el éxito de la noche a la mañana, la música clásica es un campo abierto a quienes tienen cualidades y trabajan con tesón. Precisamente, la Orquesta de jóvenes de Andalucía propicia a adolescentes y jóvenes una experiencia colectiva llena de futuro.

Venían a Huelva el pasado 14 de diciembre Juan Pérez Floristán al frente de la Orquesta de jóvenes de Andalucía con obras de Mozart y Beeethoven. Un gran número de instrumentistas ha hecho realidad su gran sueño de llevar al melómano un trabajo paciente y entusiasta de ensayos. El público congregado en la Casa Colón pudo felizmente ser partícipe de una gran interpretación musical.

Juan Pérez Floristán es un pianista en cuya ascendente carrera ya degusta los frutos de su talento. Su manera de tocar, austera y sensible, que saca el máximo partido a la partitura, cautiva especialmente en la doble faceta de ejecutante y director. Lo vemos que no necesita aparatosidad para abordar las grandes obras del repertorio. Y lo más importante: su comunicación con los miembros de la Orquesta es absoluta.

Por su lado, la Orquesta de jóvenes de Andalucía muestra una rica sonoridad tanto en el colorido de las familias instrumentales como en los matices. Cuando la música exige variedad de ritmos, también percibimos una destreza singular; un aspecto que para el oyente significa mucho en aquellas composiciones con movimientos muy diversos en temas.

Desde el principio el concierto para piano de Mozart en re menor se apoderó del auditorio. Ese tema lamentoso del Allegro desvelaba un mundo interior inagotable; el discurso es fluido y las sucesivas entradas del solista están muy cuidadas. Floristán maravilla por su facilidad para extraer la sonoridades en forte, de un carácter que se transmite a la Orquesta. De hecho, en la Romanza esa atmósfera mágica del autor salzburgués se hizo presente: el diálogo entre el piano y al Orquesta era exquisito. Durante elFinale hubo equilibrio de secciones y el solista fue espléndido en su cadencia, donde se oía el tema del principio.

En el Triple concierto opus 56 de Beethoven se afianzó las sonoridades de la Orquesta al depurarse las partes y los instrumentos. A Floristán se unían Miguel Colom al violín y Fernando Arias al chelo; primorosos músicos que fascinaron con su belleza armónica y agudos deslumbrantes. LLegó un momento en el desarrollo en que los tres lograban efectos espectaculares, por las exigencias del compositor. Durante toda la obra Floristán cuida que el lenguaje sea camerístico, en vez de sinfónico; así la música suena con más calidez y proximidad. Adentrados en el Largo apreciamos la perspicacia conjunta  para las modulaciones pues todos se adaptaban a las directrices de Floristán (¡qué juego de matices y planos tan bonitos!). Cuando llegó el Rondó a la polaca todo fue a más: una orquesta cual vergel, el pianissimo de Floristán en un elegante crescendo y los pizzicati en forte del violín y el chelo.

Inolvidable despedida con dos propinas donde vimos a los miembros de la Orquesta en medio de la interpretación mirar hacia atrás a colegas suyos para regalar una sonrisa. ¡Algo tan sencillo desborda nuestra alegría!