Junto a su hijo Víctor entró en el vagón número 1 para ayudar a la gente que permanecía atrapada en el interior

Francisco Arroyo, vecino de El Campillo de 57 años, y su hijo Víctor, de 24, viajaban juntos en el tren Alvia cuando, en cuestión de segundos, su trayecto se transformó en una de las mayores tragedias ferroviarias de la historia reciente del país y que se ha cobrado la vida de 45 personas. Iban sentados en el vagón cuatro, escuchando música, ajenos a que aquel viaje quedaría grabado para siempre en su memoria.

“De repente escuchamos un golpe. Todo se movió como si fuera un terremoto durante unos segundos y al final sentimos un frenazo muy bestia”, recuerda Francisco. En ese instante, el instinto se impuso al miedo. “Lo primero que hice fue darle un abrazo a mi hijo. Sabíamos que nos habíamos librado”.

A su alrededor, el interior del vagón era un caos: bolsos, móviles y objetos personales esparcidos por el suelo. Padre e hijo apenas presentaban algunos golpes en las piernas, moratones producidos por el violento impacto contra los asientos delanteros. Nada hacía presagiar aún la magnitud de la tragedia.

Francisco llamó a su mujer para tranquilizarla. “Le dije que habíamos tenido un descarrilamiento, que estábamos bien y que llegaríamos tarde. En ese momento no me imaginaba lo que realmente había pasado”. Pero al abrir la puerta del vagón, la escena cambió por completo.

“A la derecha vi un canal de hormigón con ejes del tren y, a la izquierda, un vagón completamente tumbado. Ahí me di cuenta de la gravedad”. Bajaron a la vía y comenzaron a encontrarse con los primeros cuerpos sin vida, algunos en un estado estremecedor. En otros vagones, los pasajeros trataban de iluminar la oscuridad con la linterna de sus móviles, intentando romper ventanas para escapar.

Sin pensarlo, Francisco y Víctor se dirigieron al vagón uno. Entraron por una ventana. “Había mucha gente con la cara ensangrentada, muertos… era terrible. Había amasijos de hierro por todos lados, con personas atrapadas que no podían salir”. En medio del horror, se pusieron a ayudar.

Accidente Adamuz

Lo primero fue sacar a una niña. Utilizaron un asiento arrancado como improvisada plataforma para facilitar la salida de los heridos hacia las vías. Quitaron asientos rotos, despejaron espacios, liberaron a personas atrapadas entre los hierros retorcidos. A ellos se sumaron otros dos jóvenes. Entre todos, lograron sacar al menos a siete u ocho personas con vida.

“Hubo un momento en el que estaba exhausto, superado por la situación”, confiesa Francisco. Solo una mujer quedó atrapada sin que pudieran liberarla hasta la llegada de los bomberos, que accedieron con maquinaria para romper el amasijo en el que estaba atrapada.

Más de una hora después, padre e hijo salieron del vagón y comenzaron a caminar. No fue hasta entonces cuando comprendieron que no se trataba solo de un descarrilamiento, sino de una colisión con otro tren. En el camino, volvieron a encontrarse con la niña a la que habían ayudado a salir, ya a salvo en un coche de la Guardia Civil.

Fueron trasladados a Adamuz donde, según relatan, “nos atendieron maravillosamente”, antes de reunirse con sus familiares que acudieron hasta allí para que pudieran regresar a Huelva. Días después, el impacto emocional sigue presente.

“El primer día lo único que hacía era llorar”, reconoce Francisco. Han recibido llamadas de algunos familiares de las personas a las que ayudaron, gestos que les han dado algo de consuelo. “Nosotros no le salvamos la vida a nadie, no somos sanitarios, pero sí les quitamos muchos momentos de angustia”.

Las secuelas psicológicas persisten. “Estamos pasando noches fatales. Vimos cosas horrorosas”, explica. Ambos se encuentran en tratamiento psicológico facilitado por Renfe, una ayuda que consideran muy positiva para poder seguir adelante tras una experiencia que les marcó para siempre.