En el mapa de las pedanías que conforman la personalidad de Zalamea la Real, hay un rincón que resguarda con celo el alma más pura de los campos onubenses. Hablamos de El Villar, un pequeño núcleo rural que guarda en sus caminos, casas y leyendas el peso de una comunidad que se mantiene estable a pesar del éxodo rural. Para quienes buscan redescubrir la Huelva interior lejana a las aglomeraciones, esta aldea se alza como un refugio de piedra, encinas y tradiciones vivas.
Lejos del bullicio de la Cuenca Minera, El Villar es un ejemplo vivo de esa España rural que defiende su identidad. Según los datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística (INE), la pedanía cuenta exactamente con 94 habitantes. Lejos de apagarse, la aldea mantiene una estabilidad admirable en su censo, lo que demuestra que la calidad de vida y el apego a las raíces sostienen firmemente el día a día de esta encantadora localidad andevaleña.
Un templo del siglo XVIII: el corazón arquitectónico de la aldea
El gran epicentro espiritual y patrimonial de la pedanía es su templo parroquial, una edificación que data del siglo XVIII y que destaca como un valioso ejemplo de arquitectura religiosa popular. Este edificio consta de tres naves separadas por arcos ojivales, donde la nave principal presenta una cubierta de madera a dos aguas, mientras que las dos laterales cuentan con una cubierta a un agua, también construida en madera. En su exterior, la cubierta general del edificio está rematada a dos aguas con teja curva.

La fisonomía del templo revela detalles muy particulares en su distribución. Su espadaña, estructurada en dos cuerpos y equipada con dos campanas y un campanil, se sitúa curiosamente en la cabecera del mismo. Por su parte, el ábside —lugar donde se custodia la pila bautismal— se localiza a los pies del edificio, justo al lado de la puerta de acceso principal. Construido a base de ladrillo y piedra encalada, el templo muestra una decoración en ladrillo visto bastante ínfima, concentrándose la mayor parte de esta ornamentación en los pies de la iglesia. En su conjunto, se trata de un templo bastante austero en decoración, reflejo fiel de la sobriedad y la belleza sencilla que caracteriza a los pueblos de la comarca.
Tierra de senderos y naturaleza viva
El patrimonio de El Villar no solo se mide en sus muros encalados, sino también en la riqueza natural que envuelve por completo a la aldea. Hoy en día, la localidad se está consolidando como uno de los destinos predilectos de la provincia para los amantes del turismo activo gracias a rutas como la circular que conduce al Vértice Geodésico La Pimpollosa. Esta caminata regala panorámicas espectaculares donde se cruzan las dehesas andevaleñas y los contrastes de la comarca minera. Pasear por los alrededores de El Villar es hacerlo entre huertas tradicionales, muros de piedra seca y silencios compartidos que invitan a bajar el ritmo y conectar con el entorno.
En una provincia marcada por las transformaciones industriales y mineras, El Villar permanece como ese oasis que preserva intacto el aroma del Andévalo tradicional. Visitarlo es un recordatorio de que la autenticidad sigue viviendo en los rincones más sencillos de nuestra geografía.


















