80 años de su muerte: Miguel Hernández, la triste huella serrana

El último parte de guerra del ‘Generalísimo’, firmado el uno de abril de 1939, no acabó con la incivil guerra, solo con la de trincheras al alcanzar los sublevados contra la II República, “los últimos objetivos militares”. A partir de ahí España, una vez “cautivo y desarmado el Ejército Rojo”, vivió otra guerra, la de la planeada represión. Y el poeta alicantino Miguel Hernández la vivió como nadie en sus carnes, en su alma y en nuestra serranía, convertida en involuntaria protagonista de su infortunio. Pasó de largo por estas minas, tan rápido como podían marchar los vetustos camiones de entonces, por aquellas serpenteantes y socavadas carreteras. Miguel con prisas de fuga montó en uno, desde Valverde del Camino, buscando la supuesta `raya´ salvadora de Portugal.

Miguel Hernández no podía pasar desapercibido en aquella exaltación victoriosa del franquismo. Imposible. En la revista Nerva (2002), editada por Granados Valdés en Madrid, afirmaba Gloria Guardia que el poeta “logró dejar su huella, su voz propia, henchida de humanidad y perseguida por el sino de la muerte, esculpida para siempre en la sensibilidad poética española”. Esa huella estaba unida, además, no solo a su vibrante poesía, sino a su compromiso con la II República, significándose por sus poemas, por su afiliación al Partido Comunista y por su activismo en el Quinto Regimiento de Milicias Populares, el símbolo del nuevo Ejército Popular que improvisó la II República para enfrentarse al mejor organizado ejército del bando golpista. El 23 de septiembre de 1936 se alistó como simple soldado, guardando la cola del cuartel-sede instalado en el antiguo convento de la calle Francos Rodríguez de Madrid (viví al lado varios años y sentí la emoción de lo que representó aquel histórico lugar). Su cédula militar n.º 7.590 lo inscribe como mecanógrafo, ya que había ejercido tal función en el equipo que elaboraba la Enciclopedia Los Toros, de José María de Cossío, y presenta su carnet del PCE con el n.º 120.295. Una afiliación comunista, en su compromiso político-social, a la que había contribuido Rafael Alberti y María Teresa León, quienes como la mayoría de intelectuales de la República permanecerán en la retaguardia, bien acomodados en la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Miguel Hernández Gilabert no, como zapador se va a manchar de barro cavando trincheras y entrará en acción con su fusil defendiendo la Madrid, hasta que es nombrado comisario político del llamado Batallón del Talento, de la 11ª División, centrado en actividades culturales y de propaganda. Ahí completa su actividad revolucionaria, armada e intelectual que con el tiempo será determinante en su condena a muerte. Él se va a considerar un miliciano de la cultura, acudiendo a varios frentes para elevar el ánimo y la moral de quienes están luchando por la II República. Su compromiso es tal que no entiende cómo los intelectuales de la retaguardia dan fiestas y nutridos banquetes mientras la juventud comprometida pasa hambre y muere combatiendo. Increpa a Alberti y a María Teresa León, sus antiguos amigos valedores en el PCE y organizadores de una de esas ostentosas fiestas, lanzando “aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta” y aun se atrevería a escribirlo en una pizarra cuando Alberti le pidió que rectificara. Ya lo había dicho Juan Ramón Jiménez, otro poeta republicano, quien sin medias tintas acusó a estos literatos de retaguardia de “señoritos, imitadores de guerrilleros, exhibiendo sus rifles y pistolas de juguete, con sus monos azules muy planchados”. Fue entonces cuando Alberti rompió su amistad con Hernández y no son pocos los que piensan que marcó el destino del poeta alicantino, al ignorarlo en su huida, cuando no lo incluyó como refugiado en la lista que entregó en la embajada de Chile.

Son planteamientos que nos evocan el 80 aniversario de la muerte (1942) de Miguel Hernández, cuyo destino quedó trazado en nuestra Sierra, cuando él mismo trataba de huir del infortunio, en el que se vieron los hombres y mujeres derrotados en aquella incivil guerra. Fue un sálvese quien pueda, en una República en derrumbe y derrota. Viendo la guerra perdida, en el segundo aniversario de boda (9 de marzo de 1939), Hernández regresó a su pueblo, Orihuela, para ver a su mujer y a su hijo de solo tres meses, y buscando la ayuda de los suyos. Pero el rechazo que obtuvo del influyente clérigo Luis Almarcha (llegaría a ser Obispo de León), que le había ayudado en la publicación de su primer libro de poemas (Perito en Lunas, 1933), hizo que decidiese buscar otros asideros de antiguos amigos, caminantes del mundo literario.

Así llegó a Andalucía, previo paso por Madrid, con un frágil salvoconducto que le consiguió un familiar de Alcoy y 200 pesetas que la familia logró reunir para ayudarlo en la desesperada huida que iba a emprender. Antes acordó con Josefina, su mujer de “ojos profundos y pensativos, guapos, en medio de dos cejas como dos puñaladas de carbón fino”, encontrarse en Lisboa donde buscarían la ayuda de la chilena Gabriela Mistral (en realidad, Lucila Godoy Alcayaga), la única literata en español, aún hoy, con un Premio Nobel de Literatura (1945), que utilizó sus contactos diplomáticos, en su estancia portuguesa, para socorrer a exiliados republicanos españoles que huían del bando triunfante y trataban de alcanzar América. En estación y parada madrileña, Miguel Hernández alcanzó a encontrarse con el poeta falangista Eduardo Llosent, con quien había participado en actos de las Misiones Pedagógicas de la República, quien le alertó de las intenciones del nuevo régimen y del peligro que corría de quedarse en España, por lo que le entregó una carta de recomendación para el poeta Joaquín Romero Murube, por entonces alcaide de los alcázares sevillanos. Pero la mala fortuna, de nuevo, hizo que el Generalísimo, que acababa de firmar que “la guerra ha terminado”, anduviera por Sevilla y Romero Murube no se atreviese en aquel instante a prestar ayuda al `joven poeta comunista´. Y menos siendo el autor del poema “El general pitiminí”, toda una sátira sobre Franco y cuyo original en papel cuché fue presentado como prueba en el juicio que tendría casi un año después.

De Sevilla a Jerez de la Frontera donde pretendía encontrarse sin avisar con otro escritor falangista, Pedro Pérez Clotet, que por entonces dirigía la revista referente Isla, pero Clotet no estaba en Jerez, sino en Ronda. Con la desilusión en el alma, la siguiente parada para Miguel estuvo en Valverde del Camino, a donde llegó buscando al abogado (después conocido notario) Diego Romero Pérez, pero el letrado valverdeño se encontraba en Madrid, haciendo la mili como alférez provisional, y no en su pueblo. No se conocían, pero tanto Llosent como Romero Murube le habían aconsejado que hablara con Romero Pérez, según testimonió el propio abogado. Miguel se encontraba cada vez más desesperado en aquella España, incierta con el destino de quienes habían defendido a la República. Bien decía, “tengo estos huesos hechos a las penas”. Poco dinero y mucho desasosiego e incertidumbre para el hombre poeta. O “el poeta-cabrero”, como lo bautizó Juan Ramón en un artículo sobre el pastorcillo alicantino, que antes de llegar a Madrid escribió al consagrado poeta advirtiéndole que había leído 50 veces su “Segunda Antolojía, aprendiéndome alguna de sus composiciones”. Tal era su admiración por Juan Ramón, otro poeta que a su forma defendió a la República, incluso desde su exilio americano, haciendo campañas para recaudar dinero para la causa.

Pernoctó Miguel en una pensión abrumado por tanto infortunio. Pero en la fonda se encuentra con viajantes y arrieros que le indican cómo por Las Contiendas puede atravesar la frontera portuguesa, muy vigilada y peligrosa por ser zona de contrabandistas. El combativo poeta no se amilana y al día siguiente monta en un destartalado camión rumbo a Aroche. Ahí fue cuando, como su poesía, pasa como un rayo por las minas con destino a la libertad, o eso creía. Antes de llegar a la antigua Arucci Turobriga romana, Miguel se apeó del camión, distrajo el hambre y compró alpargatas con las que adentrarse por las caminas del contrabando. Nueve horas deambulando desorientado intentando esquivar a la Guardia Civil y a los guardiñas salazaristas. Lo consiguió, llegó a Santo Aleixo da Restauraçao el 30 de abril de 1939 y una mano desinteresada le dio aposento y comida. Renunció a quedarse porque necesitaba llegar a Lisboa y en la cercana Moura intentó vender el reloj de oro blanco que su amigo Vicente Aleixandre (Premio Nobel de Literatura, 1977) le había regalado por su boda con Josefina. El reloj se convirtió en prueba acusatoria, ya que el comprador entendió que lo había robado, que aquel pordiosero no podía ser su dueño. Lo detuvieron el 3 de mayo de 1939 y al día siguiente lo entregaron a la Guardia Civil de Rosal de la Frontera, que se inclinó por aceptar la versión del poeta fugitivo y entendieron inicialmente que su único delito fue cruzar la frontera de forma clandestina, pero en el relevo un guardia entrante lo reconoció y ahí se le echaron encima todos los males. El brutal interrogatorio le hace orinar sangre y perder la audición de su oído izquierdo. En aquel pequeño calabozo está por contrabandista Francisco “el Guapo”. Su mujer Manuela y su pequeña hija le llevan comida que comparte con Miguel. Manuela, además, le lava la ropa y a los pocos días al enterarse de que lo mandan a la cárcel de Huelva le envuelve un chorizo para el viaje. Al llegar a la Estación Jabugo-Galaroza, en El Repilado, hay cambio de planes ante un derrumbe en la vía del tren y pasa la última noche en La Sierra, en los calabozos de Galaroza, donde está Antonio Fernández Muñiz, político local republican. Y al igual que en Rosal, su familia, su sobrino Benigno, le lleva la comida que le ha preparado su hermana Carmen y la comparte con Miguel.

La aventura serrana termina porque Miguel va a conocer la primera de las 18 cárceles por las que irá rodando en los próximos tres años, la de Huelva, donde estuvo nueve días, bajo la paradójica acusación de “adhesión a la rebelión militar”, y donde siguieron las palizas para que confesara que había matado en la prisión de Alicante a José Antonio Primo de Rivera, en 1936. Miguel no aceptaría ofrecimientos para congraciarse con los vencedores y escribir en sus diarios, tal como le propusieron el cura-obispo Luis Almarcha, o Cossío o el periodista y escritor falangista José María Alfaro. Miguel apela para que lo defienda el valverdeño Diego Romero Pérez, como abogado de oficio de la Auditoria de Guerra de Madrid, quien aseguró que consideraba a Miguel persona de garantía y de orden. Pero las acusaciones eran muy graves pues se le consideraba “el poeta de la revolución y un elemento de izquierdas peligrosísimo y despreciable”. Algo que, para Diego Romero, según aseguró años más tarde, “no eran cargos de especial relevancia, porque no había delitos de sangre”. Miguel escribió a Romero Pérez para que acelerara su libertad provisional y cuál fue la sorpresa del abogado cuando, el 14 de septiembre de 1939, salió de forma imprevista de la cárcel de Torrijos y se presentó en su casa madrileña de la calle Moratín. No tan imprevista, su amigo Vicente Aleixandre y el poeta y diplomático chileno Pablo Neruda habían presionado para ello. Al verlo en la puerta de su casa, el valverdeño creyó que se había fugado. Miguel le regaló un autosacramental dedicado y le puso fecha y el abogado le respondió regalándole “unos zapatos nuevos artesanales de Valverde, de ante marrón, ya que llevaba unas alpargatas viejas y rotas”. Miguel cometió el error de no aceptar el consejo del abogado para que no se acercara a Orihuela. Allí fue de nuevo reconocido, delatado y detenido y sufre Consejo de Guerra, en marzo de 1940, por el que fue condenado a muerte, aunque las autoridades franquistas conscientes de que no podían crear un nuevo caso Lorca, le conmutan la pena por 30 años de prisión, en las que pasaría los últimos tres años de su vida, pues una bronquitis sin atención médica, devino en tuberculosis y en muerte, impidiendo que viera la libertad, por la que, como decía en sus versos, “sangro, lucho y pervivo”. Su delito, escoger como arma de guerra su palabra y sus versos en la defensa de la causa en la que creía. Nos dejó en las paredes del cuartucho carcelaria su despedida: “Adiós, hermanos, camaradas, amigos/ despedidme del sol y de los trigos”.

Texto: Juan C. León Brázquez

Foto: Dibujo de Miguel Hernández, por Antonio Granados Valdés. Colección LeBraz.

El artista nervense Antonio Granados Valdés fallece en Madrid a los 102 años

Aunque estuvo a punto de morir nada más nacer, ni la gripe española de 1918, ni su condena a muerte durante la guerra civil, ni el Covid-19 consiguieron doblegar a este tiarrón que logró superar los 102 años de comprometida e intensa vida. Antonio Granados Valdés (Nerva, 1917), de familia humilde, hecho a sí mismo, supo desde muy temprano lo que era el compromiso social y la lucha obrera. Desde muy pequeño mostró interés por la cultura, siendo el dibujo y la lectura sus pasiones que no abandonará. “A mi me gustaba ir a la escuela y pasarme por la librería del poeta Morón, en Nerva, para ver a los intelectuales cómo hablaban entre ellos. En la Biblioteca de Nerva devoraba los libros que caían en mis manos y en la barbería donde trabajaba leía todos los días la prensa”. Esa impronta siempre la tuvo y por eso durante muchos años le gustaba ir al café Gijón, en Madrid, donde se reunía con pintores, novelistas, poetas. Terminó escribiendo un libro, De Gijón a Gijón, es decir de Gijón ciudad donde vivió a Gijón el conocido café de tertulias de la intelectualidad madrileña.

Con 14 años se inscribió en las Juventudes Socialistas y se inició en el dibujo que se le daba bien. Ganó un primer Premio de Dibujo en Nerva, en el verano de 1933, y con tal motivo escribió al presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, quien le mandó 10 libros con el sello presidencial, que su madre quemó temorosa durante la guerra civil. Desde el principio se implicó políticamente hasta el punto de que se encontró, en octubre de 1934, como máximo responsable de la organización de la huelga en Nerva con solo 16 años, ya que los máximos dirigentes socialistas fueron detenidos y al secretario general Fausto Fernández lo mataron de un disparo durante los tiroteos. Se sentía muy orgulloso de que no lo detuviesen porque las autoridades republicanas del momento no imaginaron que aquel joven pudiera estar detrás de las agitaciones, aunque siempre recordaba el culatazo que le dio un Guardia Civil y las suplicas de su madre para que no se metiera en líos. En mis conversaciones con él, consideraba que aquella huelga fue un error, ya que facilitó la excusa para el golpe posterior de 1936.

En busca de futuro y ante la precariedad que se vivía en las minas decidió adelantar el servicio militar, gracias a las gestiones de su primo el teniente Tomás de Prada Granados e ingresar en los Regulares de Ceuta. La historia los une en un trágico destino al inicio de la guerra civil. Su primo estuvo en la represión contra los huelguistas asturianos y elaboró un informe con las atrocidades que el Ejército había cometido poniéndolo en conocimiento de Indalecio Prieto. Aquello le iba a costar la vida el 17 de julio de 1936, cuando como jefe de Seguridad de Ceuta, el jefe del Gobierno Casares Quiroga no le autorizó a detener a los golpistas, por no entender la importancia del golpe militar que se había puesto en marcha. “Me ha prohibido el presidente del Gobierno que intervenga”, le dijo Tomás. Fue asesinado y Antonio Granados detenido, torturado y sometido a un Consejo de Guerra. La pena de muerte le sería más tarde conmutada, pero inició un periplo lleno de penurias de prisión en prisión. El Hacho, Puerto de Santa María, El Dueso.

En 1941 obtuvo la libertad provisional, pero el día que iba fichar por el Betis lo detienen acusado de no haber hecho el servicio militar. Aquella promesa futbolística se malogró cuando pensaba que el fichaje le resolvía el futuro, pero no se resignó al nuevo destino en Algeciras en un Batallón militar de castigo, por lo que escapó de la pareja de guardias civiles que lo custodiaban al saltar del tren y conseguir llegar andando a Sevilla para alistarse voluntariamente a La Legión y evitar la presumible condena “por rojo” en el batallón de destino. Muchas historias de esa etapa imposible siquiera de resumir en este espacio. Como gran atleta, destacó durante los años de legionario en varias facetas deportivas, como el futbol, el baloncesto y el atletismo.

Tras cuatro años en la Legión, Antonio decidió no volver a Nerva donde era muy conocido y podría afectarle la prolongada represión que existió en la postguerra, por lo que decidió emigrar a Gijón valiéndose de su segundo apellido asturiano, Valdés. Allí trabajó como decorador en una casa de cerámica y conoció a su mujer, Tina. Con el tiempo ésta lo anima a que se prepare en la pintura, su gran pasión, por lo que da el salto a Madrid y se convierte en alumno de su paisano, el pintor Daniel Vázquez Díaz, con quien entabla además amistad y quien lo anima a que siga su camino en la pintura.

Es entonces cuando se le ofrece la oportunidad de exponer sus obras en Caracas, en 1955, y allí va a cambiar su vida. Se convierte en profesor de la Universidad Central de Venezuela y lo nombran director de la División de Extensión Cultural de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo (1957-1978), convirtiéndose en organizador de numerosas exposiciones culturales. No olvida su compromiso político y organiza con otros exiliados actividades contra la dictadura. Volverá a España en 1978, ya con la democracia y se convierte en crítico de arte, escritor, editor de revistas, publica varios libros y no se olvida de su actividad como grabador, dibujante y pintor.

Ha cedido gran parte de su obra al Museo Vázquez Díaz de Nerva y a Cieza, Murcia, donde realizó varias exposiciones. Estuvo muy activo hasta prácticamente cumplir los 100 años, pero la salud y la edad acompasaron el tiempo. Murió ayer en Madrid y hoy será incinerado, en la soledad que nos marca esta pandemia, cuando parecía que su vigorosidad fuera eterna. Él que siempre estuvo rodeado de su gente. De sus paisanos de Nerva que con motivo de su centenario le hicieron en su pueblo una triple exposición. De sus amigos de Cieza que guardan un gran legado de su obra. De sus tertulianos del Gijón. De sus compañeros socialistas quienes preparaban un acto de homenaje, retrasado por el confinamiento. Publicó un libro de sus dibujos 1940-2000, La aventura de la línea, una línea cuya vida ha puesto un punto y final a un hombre comprometido y polifacético.

El vozarrón minero de ‘Perejil’

Era minero, sobre todo minero, hasta cuando escribía o cantaba. Y aún con su cuerpo enterrado en La Alfilla (La Granada de Ríotinto) seguirá siendo minero y descansará para siempre cerca de la mina que lo vio nacer y lo marcó en cada paso por la vida. Lo había visto en su padre, aquel minero del Pozo Alfredo al que la mina quiso sepultar sin conseguirlo del todo, de quien aprendió los elementos morales de la conciencia obrera y a los que le fue fiel hasta su temprana y trágica muerte. Antonio Perejil Delay, el amigo y combativo “Perejil” para quienes lo conocimos y quisimos, seguirá marcando la senda de la lucha por la honestidad y la justicia. Siempre fue así, desde sus años mozos, desde que llegó a entrar en la SAFA de Ríotinto, justo en los años en los que la escuela profesional de “La Compañía” aplicó los métodos de enseñanza más avanzados y sociales.

Lo vi hace unos meses, cuando en Nerva, precisamente, asistió al homenaje al Padre Miguel Ángel bañez, propulsor de aquella escuela moderna y pedagógicamente avanzada donde el alumno era el centro de una enseñanza empeñada en crear hombres libres. Su vozarrón poético sonó por última vez -al menos para mí- en aquel acto en el Casino Mercantil de su pueblo, Nerva. Hablamos de proyectos y de colaboraciones, porque Antonio y yo estábamos en el mismo camino, la de recuperar la historia reciente de nuestra tierra, de sus personajes, la de sus hitos, la de sus desgracias. Al final, ya no podré visitarlo –por muy poco- en su residencia de Gerena, Sevilla, y conocer en qué últimos proyectos estaba metido. Porque siempre, desde que dejó la mina de Aznalcóllar, andaba metido en proyectos. Los ferrocarriles de su tierra, los juegos y costumbres de su tierra, los poetas por la Paz de su tierra, los sindicalistas que lucharon por su tierra…siempre su tierra, a la que profesaba un amor infinito y donde entendió que se había producido una de las grandes luchas obreras y sociales más importantes de España.

Era Antonio minero, si. Pero también era poeta y cantautor. De joven iba con su vozarrón acompañado por su guitarra, con aquellas canciones que marcaron el final del franquismo. Lo recuerdo en las canciones de Paco Ibáñez, de Víctor Manuel o de Brassens. Y siempre, siempre, metía entre unas y otras sus propias canciones reivindicativas, sus poemas reivindicativos. Quedó en dedicarme los últimos publicados en su nuevo Cancionero, pero ya no podrá ser. Una maldita puñalada, quizá involuntaria del ser que más quería, lo apartó de la lucha. No hubo despedida, no pudo haberla. No fue la negrura de la mina, sino la negrura de la droga la que alzó aquel puño terrible de la inconsciencia sobre un hombre bueno y honesto, de un hombre poeta comprometido que siempre tendía la mano, como pretendía tendérsela a su hijo que vivía tiempos difíciles. Y voló al espacio donde no hay retorno.

Perejil seguirá siendo un referente de nuestra historia, porque siempre vivió por y para la mina, por y para sus pueblos, por y para sus gentes. Letras de tinta, acordes de guitarra y su enorme vozarrón seguirán resonando en quienes lo conocimos y compartimos sus ideales. Murió el último día de sus 65 años, como queriéndose despedir en tan injusta fecha, en la que el destino lo fijó para siempre a sus raíces, a su tierra.

Texto: Juan C. León Brázquez

Fotos: Manuel Aragón

El verso en el fuego

Durante mi lucha de años para que se reconociera en la cuenca minera la importancia que tuvo Concha Espina para nosotros, con la publicación de la novela El metal de los muertos, me vi obligado a escribir varios artículos señalando la falta de interés del consistorio nervense negándole dicho reconocimiento, tales como el publicado en 2015 “Nerva no quiere a Concha Espina” (Nervae), o el que publiqué al año siguiente “Atados al franquismo” (Nervae 2016), donde traté de explicar que, a pesar de su relación con el franquismo, a tres Hijos Ilustres de Nerva no se les negó el reconocimiento del pueblo, cosa que sí ocurría -hasta entonces- con Concha Espina. Afortunadamente, el consistorio reaccionó en 2017 (Centenario de su estancia en Nerva) y dejó de mirar para otro lado, ofreciéndome una Conferencia y -bajo mis sugerencias- reconociendo la labor de la escritora con una placa y una plaza con el nombre de El metal de los muertos.

Lo recuerdo ahora porque en la reciente Séptima edición del Otoño Poético nervense fui invitado por el coordinador del encuentro, José Luis Lozano, para que expusiera una serie de publicaciones, desde 1913 hasta nuestros días, y evocar el interés poético de esas publicaciones históricas, entre las que destacaba por derecho propio una primera edición de 1933 de Minero de Estrellas, del poeta José María Morón, lo que le valió los dos premios más importantes de aquella España literaria de la II República, el segundo Premio del Nacional de Literatura de 1933 y dos años más tarde, en 1935, el Premio Fastenrath, que era el equivalente y precursor del actual Premio Cervantes. Recordé aquel artículo, no entendido por todos, donde decía que muchos hombres y mujeres “se vieron involucrados en el proceso de asimilación ideológica posbélica limitando hoy su reconocimiento por quienes todavía no entienden que, en las condiciones de aquellas circunstancias, se vieron atrapados en la perversa dinámica de apoyo público al régimen franquista que surgió tras la guerra civil, simplemente por la necesidad de sobrevivir”. Fue el caso del pintor Vázquez Díaz, del músico maestro Rojas o de los escritores Concha Espina…y José María Morón.

Del poeta vinculado a Nerva, en su compromiso social y republicano, apenas quedan poemas y escritos ajenos a los pocos que conocemos publicados, como Minero de estrellas, Romance de las Minas de Ríotinto o Miss Almadén y otros poemas, así que, a pesar de que estuve a punto de no revelar lo que sabía, tras un desencuentro por el ninguneo y la estrechez ‘oficial’ que se me transmitió, decidí que mis amigos y paisanos no eran responsables de la ignorancia bibliográfica e histórica de quienes trataron de limitar mi libertad de expresión, como ya ocurriera con la censura sufrida en el Nervae de 2018, por lo que decidí tragarme el orgullo, no defraudar a José Luis Lozano (estuvo espléndido en la presentación del acto y los poetas) y dar a conocer lo que no dije en el artículo titulado “Atados al franquismo”. Allí, ya indiqué que el poeta se afilió a la Falange tras la guerra civil y referenciaba a un estudio realizado por el catedrático Antonio Pérez Bowie, quien hablaba del exilio interior de Morón, “como reacción contra el acatamiento resignado con el que se vio obligado a aceptar las nuevas circunstancias”. Sus últimos años de vida -escribí- los pasó en Madrid, ya que se colocó en el Ministerio de Trabajo, alternando con un empleo de contable en una imprenta. “Escribía en revistas como Brújula o Tajo, colaborando también con los periódicos de la cadena del Movimiento. En realidad, su obra Minero de Estrellas, publicada en 1933, es su única producción de reconocida calidad”. ¿Eso era todo?, no. Había detalles con nombres y apellidos que nunca conté y sabía. La información estaba condicionada a quienes me la habían transmitido, así que aprovechando el Otoño Poético pedí permiso para contarlo y al obtenerlo lancé las circunstancias y los pormenores de lo que sucedió en los inicios de la intransigencia represora de aquellos primeros tiempos del franquismo. No pude extenderme -para no contrariar a la oficialidad municipal- y limité la información a lo básico, por lo que ahora agradeciendo la invitación de Tinto Noticias doy más detalles de lo que adelanté en mi ‘constreñido’ Otoño Poético.

Cuando tras nombrar a personajes nervenses que ya en 1913 organizaban concursos poéticos, como Cristóbal Roncero, doctor en Medicina y Cirugía, odontólogo y poeta; José Morón Vázquez, poeta; José María Trigo González, alcalde presidente y representante de la Sociedad de Autores Españoles; Constantino Lancho Solana, cura párroco y literato; Antonio Zarza Delgado, Juez municipal, farmacéutico y literato; José Arangüete y de Vargas, abogado, secretario del Ayuntamiento y literato y Manuel Fontenla Vázquez, el único que no se atribuía méritos literarios y solo constaba como pintor, llegó el turno de José María Morón que, junto a Concha Espina, constituye el binomio literario más importante en la historia de nuestra comarca. Y la pregunta es muy simple, ¿cómo no conocemos más de la obra poética de José María Morón, que debió haber dejado escrita, aparte de lo muy poquito publicado? La contestación es sencilla y ahí está la historia, que estoy tardando en contar. José María Morón se encontró con que estaba en el punto de mira de los golpistas, por sus escritos y poemas sociales, especialmente los que ensalzaban el carácter combativo de los mineros. Fue detenido y a punto estuvo de ser fusilado, en la vorágine represiva desatada en aquellos instantes de ‘horror’ y en donde indiscriminadamente tantas personas perdieron la vida en Nerva. La familia llamó a un cura residente en Sevilla, tío de la mujer de José María Morón, quien intervino a favor del poeta, consiguiendo salvarlo de la muerte. Y como hizo también el ‘socialista’ Enrique Monis Mora (pintor), José María Morón terminó afiliándose a la Falange, publicando poemas de carácter menor y con loas al régimen.

Temiendo que los manuscritos escritos y conservados en el hogar familiar pudieran ser utilizados en contra del poeta, por los nuevos represores de las ideas sociales y progresistas que sostenían a la II República, su madre, María Gómez, aunque en el pueblo todos la conocían como María Morón, los reunió y se los llevó a casa de su amiga, Ana Mendoza Trigo, quien vivía en los altos del Casino, actual Restaurante Cervecería Marobal, justo donde se celebró el último Otoño Poético. Allí los destruyó, quemándolos y haciéndolos desaparecer. En el lado republicano se propagó la noticia del fusilamiento de José María Morón, y algunos poetas, como Antonio Machado, lamentaron su muerte. En ‘El Mono Azul’ (el primer número apareció el 27 de agosto de 1936, al día siguiente de la ocupación de la cuenca minera) incluso se publicó una necrológica. Hoy, los poetas elevan sus musas y versos donde el fuego dejó que el miedo a la peligrosa intransigencia ignorante y represora convirtiera en cenizas lo que el gran poeta nervense (Nota) sintió en poéticas palabras en aquella Villa de la Libertad, en lo que seguramente fue la mejor época cultural nervense, por la calidad y compromiso de sus protagonistas.

José María Morón Gómez nació circunstancialmente en La Puebla de Guzmán, en 1897. Sus padres, originarios del pueblo, estaban instalados en Nerva, donde poseían una Librería, centro de reunión y tertulias y referencia de la intelectualidad de la época. Su madre se fue a La Puebla de Guzmán para parir en casa de su madre, como era habitual en aquella época, pero el niño Morón vivió desde su nacimiento en Nerva. El casamiento de sus padres se produjo cuando ella, María Gómez, escapó del convento en el que estaba recluida por su familia para evitar que se casara con el librero José Morón Vázquez. Aunque se habla de que el poeta José María Morón obtuvo el Nacional de Literatura de 1933, por su ‘Minero de estrellas’, en realidad obtuvo el segundo puesto, con un premio de 3.000 pesetas de la época. El jurado compuesto por Manuel Machado, Gerardo Diego y Dámaso Alonso otorgó el primer premio a Vicente Aleixandre, por su obra ‘La destrucción o el amor’, obteniendo 6.000 pesetas. Poetas como Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre o José Antonio Muñoz Rojas obtuvieron accésits en ese mismo Concurso Nacional de Literatura. El Premio Fastenrath, el precedente del actual Premio Cervantes, lo obtendría José María Morón un año después. La novelista Concha Espina fue la primera escritora que obtuvo también ambos premios.

Por Juan C. León Brázquez, periodista y bibliógrafo

Foto principal: madrimasd.org

Granados Valdés será Presidente de Honor del PSOE de Nerva

Granados con el escudo del Centenario del Nerva CF

El alcalde de Nerva, José Antonio Ayala, y tres concejales socialistas de la población minera, Isidoro Durán, Antonia González y Julio Barba, se han trasladado a Madrid para agradecer a Antonio Granados Valdés su contribución durante la República al socialismo nervense, su activismo a favor de la democracia en el exilio venezolano y su legado cultural como pintor, dibujante, grabador, editor y escritor durante sus ya rebasados cien años de vida.

Durante la visita, el alcalde transmitió a Granados Valdés la intención de nombrarlo en breve Presidente de Honor de la Agrupación Socialista nervense, una de las más importantes de la provincia de Huelva, lo que hizo que el centenario pintor se emocionase y, tras agradecer sentidamente el gesto, pasara a contar, con su prodigiosa memoria, los detalles de aquellos duros días en Nerva. Afloraron nombres como los de Curro López Real, Romero Marín, Ardila y otros. Entre las anécdotas, narró cómo siendo solo un muchacho de 17 años tuvo que hacerse cargo, en 1934, de toda la agrupación socialista, ya que sus máximos dirigentes fueron detenidos y encarcelados. Como responsable de la Juventud Socialista tomó las riendas de toda la Agrupación Socialista para apoyar la huelga general, muy conflictiva en toda la Cuenca Minera y que desencadenó la llamada revolución asturiana, duramente reprimida y que supuso un antes y un después para el destino de la República.

Obsequios de Nerva en el hogar de Granados

También los representantes de la corporación municipal nervense le agradecieron la continuada generosidad de Granados Valdés hacia su población natal, a la que ha donado obras que adquirió a otros artistas para formar la base del nacimiento del Museo Vázquez Díaz de Nerva y las distintas donaciones de su propia obra, como las realizadas el pasado año, con sus dibujos de cama o una colección de animales realizada por encargo de personalidades italianas y que ahora se han quedado en Nerva. Estas donaciones, como la de una obra diversa realizada anteriormente, sirvió para tres exposiciones conjuntas el pasado verano, agosto-septiembre, en las que se pudo disfrutar de la rica obra que este nervense ha regalado a su pueblo. Granados Valdés le prometió al alcalde que, aunque ya no pinta ni dibuja, al haber perdido casi toda la visión, intentaría ceder a Nerva alguna obra más.

También la concejala de Deportes, Antonia González, le entregó a Granados Valdés el escudo en metacrilato del Centenario del Nerva C.F., recordándole que ambos cumplieron en 2017 sus primeros cien años, uniéndose dichos obsequios a los anteriores que hace poco tiempo le llevó a Madrid el activista cultural José Luis Lozano, en nombre del Club futbolístico. Granados le comentó a la delegación nervense que no solo fue un futbolística, sino que durante su época de legionario, tras la guerra civil española, se convirtió en un despuntado atleta ganando varios campeonatos militares.

La nueva placa de la Plaza dedicada a Granados

Repasó su vida en Venezuela (1955-1978), donde fomentó y promocionó la actividad política contra el franquismo, junto a un familiar de Ortega y Gasset, y recordó cómo en su actividad política y artística en el país americano se encontró con varios nervenses en el exilio. El alcalde, José Antonio Ayala, le transmitió que la placa de la plaza que lleva su nombre había sido corregida, ya que en la inauguración se le puso Granado, sin ese, y era conocedor que Granados llevaba mal el error de la falta de esa ese. Antonio, con una sonrisa grande y franca, se lo reconoció y agradeció el gesto. Se emocionó en distintas ocasiones durante este encuentro, en especial en el adiós a los componentes del Ayuntamiento de Nerva, lamentándose que por edad y estado de salud no pudiera siquiera ir una vez más a su pueblo, recordando sus ultimas visitas y conferencias.

Granados Valdés, 100 años y más

El artista, pintor, grabador, dibujante, decorador, divulgador cultural, catedrático, conferenciante, tertuliano, político, futbolista, Antonio Granados Valdés, quien el pasado 11 de diciembre de 2017 cumplió sus primeros cien años de vida, continúa recibiendo homenajes de sus paisanos nervenses. Ha sido José Luis Lozano, el reciente autor del libro sobre el centenario del NERVA CF, quien se ha acercado hasta su domicilio en Madrid para llevarle pan, dulces, meloja, fotos y una cerámica con la Torre de Nerva y el escudo del equipo de futbol, tan centenario como él.

Por un momento a Antonio Granados Valdés se le puso cara de niño con tantos regalos enviados desde Nerva. “Ya veis –dijo- me condenaron a muerte con 19 años y aun sigo dando la lata”. Tantos regalos no le cabían en la mesa. La Panificadora INERPAN le hizo un enorme pan con su nombre y la Torre de su pueblo, más otros panes de esos que siempre hemos comido en los pueblos; la escuela de adultos Seper Adela Frigole le envió una gran bandeja de pestiños, una caja de roscos caseros, piñonates y una foto de profesores y alumnos; el alcalde de El Berrocal le mandó un bote de meloja, “me la comía a escondidas de niño”, y el Nerva CF volvió a recordarle con una foto de su plantilla y un azulejo cerámico “por su innegable contribución al futbol y a la cultura nervense”. Ya le había reconocido con un diploma, colgado ahora en su casa madrileña, durante la gala del centenario del club, el pasado mes de enero.

Antonio aprovecha cada ocasión para recordar que si él no jugó en el Betis, en 1942, cuando quedó campeón de Segunda División y ascendió a Primera, fue porque el mismo día que iba a fichar por el club de Heliópolis, la Guardia Civil lo detuvo para llevarlo a un batallón de castigo “por no haber hecho la mili”, cuando el 17 de julio de 1936 estaba en Regulares de Ceuta, siendo detenido y torturado y pasó 5 años en varias cárceles españolas. Y ríe cuando recuerda que su primera camiseta del Betis le tocó en una rifa de un comercio de Nerva y con ella jugaba en el Betis Nervense. También su primer trabajo se debe al futbol, ya que su padre lo metió a aprendiz de barbero, en la Cañadilla, para evitar que siguiera rompiendo alpargatas y zapatos dando patadas a un balón. Otro de sus trabajos fue de decorador en dos cerámicas, una en Triana y otra en Gijón ,’La Santina’, por eso dice “aunque con mi ceguera no veo bien el azulejo del Nerva CF, seguro que está bien pintado”.

La larga vida de Antonio Granados Valdés da para muchas anécdotas e incluso recuerda cuando él, con solo 16 años, tuvo que declarar la huelga de 1934 en Nerva, ya que los dirigentes socialistas y ugetistas estaban detenidos y él se quedó al frente de las Juventudes Socialistas; la persecución y prisión durante toda la guerra civil; su ingreso en la Legión para evita el Batallón de Castigo; su estancia en Gijón, donde jugó por última vez al fútbol; su aprendizaje en Madrid con el pintor Vázquez Díaz; su marcha a Venezuela donde fue profesor de dibujo en la Facultad de Arquitectura (1955-1978); su actividad cultural en el país ‘bolivariano’; su vuelta a España tras la jubilación; su actividad tertuliana en el Café Gijón y sus iniciativas como editor de publicaciones; sus libros y conferencias; sus amigos perdidos; su ceguera, “lo peor para un artista como yo”, y su inmensa obra artística, con sus dibujos, sus óleos, su actividad como grabador…todo pasa como un rayo por su prodigiosa memoria en un centenario en el que está recibiendo el reconocimiento y agradecimiento de sus paisanos. Se siente feliz y vuelve a recordar sus donaciones a Nerva, gracias a lo cual el pasado año se pudo hacer una triple exposición simultánea: ‘Antonio Granados Valdés, cien años de Vida, Arte y Compromiso’, en el Museo Vázquez Díaz y en las Sociedades Centro Cultural y Círculo Mercantil, acontecimiento singular que no ha tenido ningún otro artista local. Mira el pan, los pestiños, los roscos, el piñonate y la meloja y dice “para comerme todo esto necesito otros cien años, ¡y eso que soy goloso! Espero no ponerme malo con tanto dulce”. Y en su estantería llena de retratos de personajes que conoció y dibujó coloca su azulejo con la Torre de Nerva y las fotos de su Nerva CF y de los alumnos que tanto le acaban de endulzar la vida. “Me condenaron a muerte con 19 años, pero aquí estoy” y con pan para otros cien años.

Los humos de la huelga de 1888 y de hoy

Para la cuenca minera del río Tinto éste 4 de febrero debería ser el día del medio ambiente, o incluso nuestro día del trabajo, pues en misma fecha de 1888 se dio la huelga que significativamente unió a mineros de la Rio Tinto Company Limited, a agricultores y ganaderos de la zona y al pueblo en general para pedir mejores condiciones laborales y salariales y la eliminación de las terroríficas ‘teleras’ que tanto daño hacían entre cualquier tipo de vida, ya en las personas, en los animales o en la vegetación. Una auténtica huelga medioambiental, aun cuando el término nos era desconocido y confluyeran otros intereses sociolaborales.

Sin embargo, para las Naciones Unidas, el día del trabajo tan arraigado –con justicia- lo venimos celebrando el 1 de mayo, en conmemoración de fecha próxima a aquellos sucesos de 1888, ya que apenas dos años antes (1886) en una gran jornada reivindicativa se inicio la trascendental huelga de trabajadores de Chicago pidiendo la jornada de 8 horas. La gran conmoción, sus efectos y la trascendencia de tal reclamación ha hecho que el Primero de Mayo se convirtiese en la gran jornada reivindicativa para los trabajadores de todo el mundo. Los acontecimientos de Chicago, donde varios dirigentes sindicoanarquistas fueron ejecutados, son de una trascendencia tal que justifica la elección del 1 de mayo como el Día del Trabajo y de los trabajadores.

No obstante, bien se hubiera podido luchar para que el 4 de febrero se hubiera convertido en Día Mundial del Medio Ambiente, si las autoridades españolas hubieran puesto más empeño y ejercicio didáctico sobre la base de su impronta histórica. No fue así, y el incipiente movimiento que algunos apoyamos hace mucho años se quedó en nada, pues el 15 de diciembre de 1972 la ONU eligió para conmemorar dicho Día el 5 de junio de cada año, ya que en misma fecha de ese año (1972) se había iniciado la Conferencia de Estocolmo sobre Medio Ambiente. Es decir, se aprovechó una fecha próxima sobre un acontecimiento recién iniciado, al comprometerse la propia ONU a desarrollar programas y sensibilizar sobre una cuestión que hoy nos parece cotidiana y desde luego necesaria. No se tuvo en cuenta, como en el Día del Trabajo, a la historia. Y sin embargo, ateniéndonos a la propia actualidad, la cuenca minera padece los problemas derivados de un cementerio de residuos industriales tóxicos y peligrosos, muy contaminantes, que –ironías de la historia- descansan en una zona donde se situaron campos de teleras.

La población nervense padeció la rotura de la sociedad, entre los que ilusionados creyeron que aquel vertedero sería la solución al cierre de la mina y los que intuyeron el problema que se les venía encima, para lo que formaron plataformas reivindicativas que nunca lograron sus objetivos, a pesar de que incluso en la política alcanzaron el gobierno de Nerva. El depósito de residuos, una vez instalado, nadie lo iba a quitar. En Nerva se ha quedado, por los siglos de los siglos, y lo que es peor aun, de los 10 años de vida para almacenamiento, inicialmente aprobado, se ha pasado a prórrogas de varias décadas, con la correspondiente ampliación inicial y cientos, miles de camiones volcando su mierda tóxica junto a Nerva. Este cementerio contaminante ni siquiera ha servido para paliar la difícil situación laboral de la cuenca. Los cientos de trabajados prometidos se quedaron en solo una promesa, como tantas otras incumplidas. Los intereses políticos se plegaron claramente a los intereses del mantenimiento de éste cementerio, pues una vez instalado todo ha sido más fácil para aprobar no solo su ampliación, sino la variedad de elementos contaminantes recibidos y la duración, alargada en décadas, de un cementerio que llegó para quedarse ante la ilusión de algunos de que ahí estaba su futuro laboral, gracias a la connivencia de políticos títeres del sistema, capaces de aceptar lo inaceptable.

Nada es ahora como se soñó, ni para unos ni para otros. El cementerio sigue plenamente activo acogiendo la porquería que da prosperidad y dinero a otros; no ha solucionado los problemas laborales de la cuenca –y mucho menos de Nerva- y cíclicamente aparece en los medios de comunicación, bien por algún incendio, accidente de un camión con residuos tóxicos o por denuncias sobre algún problema en la planta de El Ventoso. Pero el gol ya está metido e incluso se ha conseguido acallar los pocos intentos de las adormecidas asociaciones ciudadanas y ecologistas ante los atropellos sufridos en estos años. Malos olores, intenso trafico de camiones con residuos peligrosos, veranos con alarmantes nubes de polvo, impacto sobre las aguas de la zona…y todo sigue como si la normalidad fuera tener éste peligroso cementerio a menos de un kilómetro del núcleo urbano.

No sé si de haberse constituido el 4 de febrero como Día Mundial del Medio Ambiente la empresa Befesa sería hoy la propietaria del enorme vertedero de residuos tóxicos y contaminantes de Nerva. Parece que nos es muy fácil de olvidar la esencia de las fechas, aun cuando sigamos hablando en la cuenca minera del año de los tiros, de aquel 4 de febrero de 1888, cuando extraoficialmente cientos de personas, convocadas por la Liga Antihumos, murieron para reivindicar el fin de las teleras. Hoy no se pide tanto sacrificio, recordado con cierto baboseo, pero al menos que, en una sociedad tan informada como la nuestra, no se olvide que un día se permitió al lado de nuestras casas un vertedero que, al contrario que las teleras, conocerán y padecerán futuras generaciones. Aquellas se eliminaron con el tiempo y apenas existen rastros, pero el tóxico cementerio seguirá ahí, vivo, recordándonos que por mucho recubrimiento, sellado o aislamiento, lo que alberga no puede eliminarse, son residuos altamente tóxicos y contaminantes, como si nuestra salud no valiera nada. Eso de que quien contamina paga, parece que solo se ha quedado en un eslogan propagandístico, ya que la mierda que otros generan se la comen aquí, en Nerva. No es coincidencia que en Bella Vista, apareciera en 1988 una reivindicativa pintada: “Cien años de historia. Cien años de miedo. Cien años de Soledad”. Hoy habría que añadirle a esa pintada 30 años más, pero nada ha cambiado, aunque sigo pensando que si la fecha del 4 de febrero se hubiera escogido como Día del Medio Ambiente, hoy no tendríamos vertedero. Al menos me hace ilusión pensarlo.

Desde luego me adhiero al manifiesto de Juan Cobos Wilkins, aunque el Día del Medio Ambiente, sea el 4 de febrero u otro, llega tarde para Nerva, ya que parece que no supimos aprender de nuestra propia historia. La herencia que dejamos no es la más ejemplar.

1888-2018, 130 años de una masacre minera

Las durísimas condiciones de trabajo en la mina y los nocivos efectos de los humos de las ‘teleras’ llevó en 1888 a una conjunción de intereses contra los métodos laborales y de explotación de ’La Compañía’. Nunca imaginaron los manifestantes de todos los pueblos de la cuenca minera, que aquella concentración pacífica en la Plaza de la Constitución de ‘La Mina’ (Ríotinto Pueblo), el 4 de febrero de 1888, se iba a convertir en una ratonera para cientos de personas indefensas frente a los fusiles del Regimiento de Pavía al servicio de los intereses de la compañía británica, la RTCL. Lo peor fue la impunidad de los responsables de aquella matanza, protegidos bajo los intereses económicos y políticos de la época. Los expedientes desaparecieron y los muertos y heridos quedaron sin conocer la justicia. La propia Compañía aprovechó el momento para promover despidos; no cerró las teleras, a pesar de las nuevas leyes que rápidamente se aprobaron (el 29 de febrero de 1888 se firmó el Real Decreto prohibiendo las teleras), manteniéndolas aún durante años, a pesar de ser un método muy dañino y perjudicial para las personas, los animales y el campo (hoy diríamos medioambiente); solo las cambiaría bien entrado el siglo XX, sustituyéndolas por el método de cementación natural, por ser más barato y rentable, practicado en la zona onubense explotada por la Tharsis Sulphur y quedó la leyenda sobre los desaparecidos, permaneciendo en el imaginario popular hasta la actualidad. Incluso, Maximiliano Tornet, el agitador de aquella manifestación, mantuvo su mito protagonista hasta que hace muy pocos años apareció su rastro en Argentina y siempre se mantuvieron incógnitas sobre el papel de los de la Liga Antihumos, vinculados a los caciques de Zalamea la Real (José Lorenzo Serrano y José María Ordoñez), ya que en el momento de los tiros a la muchedumbre concentrada en aquella Plaza, los organizadores ya estaban alejados de aquel Ayuntamiento riotinteño, hoy desaparecido y enterrado bajo los escombros de la propia mina. Toda una metáfora de los tiempos.

A la manta, los humos tóxicos sulfurosos depositados en los valles tras la quema del mineral en las teleras, que no dejaba crecer vida vegetal en su entorno y afectaba a la salud de personas y animales, se le echó encima otra ‘manta’ para tapar las responsabilidades. Las autoridades no se atrevieron con La Compañía, que con sus mordidas controlaban la política local, provincial e incluso nacional. Era la principal empresa de España y causaba temor a los oponentes. Su enorme poder compraba silencios, casi como hoy. Y eso que han pasado 130 años. Los Mister Rich de entonces (director de la mina) siguen campando hoy por nuestras tierras.

Juan C. León Brázquez, periodista

Oro en la mina

La faja pirítica onubense no es solo Río-Tinto (así lo escribían los ingleses), sino que va más allá de estos límites comarcales, desde que hace unos miles de años se dedicaron a pasar por aquí tartesos, fenicios, cartagineses, romanos, árabes, franceses, belgas e ingleses. Ahora, en plena Sierra, capital suizo y árabe de Abu Dhabi, convergente al 50 por ciento en la empresa Matsa, se dispone a explotar un nuevo yacimiento de oro, que viene a sumarse a los otros dos que ya tiene la empresa en la zona de Almonaster la Real y Calañas. A pesar de sus más de 5.000 años de explotación, Huelva sigue siendo una de las mayores zonas de la tierra con más yacimientos polimetálicos, lo que atrae a las mayores empresas mineras del mundo.

Los datos de 2017 aportados por Trafigura, la empresa suiza propietaria al 50 por ciento de de Minas de Aguas Teñidas (Matsa), indican que el nuevo yacimiento denominado Mina Magdalena aportará a la empresa nuevos valores al haberse encontrado “volúmenes comerciales de oro puro que puede extraerse a través de un proceso directo que requiere una inversión de capital relativamente modesta”. Y si no se ha cuantificado de forma concreta este significativo yacimiento, lo que está claro es que abordar esta nueva explotación dará mayor dimensión a la empresa actualmente más puntura en la explotación de la minería onubense. De hecho, según los datos de 2017, la empresa Matsa está realizando una extracción constante de 4,4 millones de toneladas de mineral en las dos minas abiertas en Huelva, lo que ha supuesto unas 550.000 toneladas de cobre, plomo y concentrado de zinc.

El potencial de explotación se va a acrecentar significativamente en 2018, no solo en las dos explotaciones tradicionales de Matsa, sino también en el proyecto de Mina Magdalena que abre una nueva vía de desarrollo para la empresa minera, ya que los estudios indican que podemos estar ante el más importante yacimiento de oro puro conocido en España, que además –según la empresa- podría extraerse con una inversión modesta. La empresa tiene la intención de dedicar este año nuevos recursos para seguir con su política de exploración de nuevos yacimientos.

Minas de Aguas Teñidas, Sociedad Anónima (Matsa), participada por los suizos de Trafigura y el más importante fondo de inversión de Abu Dabhi, Mubadala, con capital árabe de Abu Dhabi, tiene abiertas actualmente dos minas, la de Aguas Teñidas (Almonaster) y la de Sotiel (Calañas), a la que se suma ahora Mina Magdalena, también en Almonaster la Real. Trafigura Beheer B.V. es una empresa de logística y comercio de materias primas (la mayor del mundo), presente en 36 países, mientras que Mubadala Investment Company es la principal empresa de fondos de inversión de Abu Dhabi. Ambas decidieron crear en junio de 2015 una empresa conjunta (Joint Venture) para la explotación minera, con lo que los árabes entraron así a participar, al 50 por ciento, en la explotación de las minas que Matsa tiene en la provincia de Huelva, hasta ahora para la producción de concentrados de cobre, zinc y plomo, al que con Mina Magdalena se sumará el oro. La empresa cuenta con permisos para explorar más de mil kilómetros cuadrados en la provincia de Huelva, desde el litoral hasta la Sierra en busca de nuevos yacimientos, por lo que no se descarta instalar una nueva planta de procesamiento, en el caso de tener éxito dichas investigaciones, que abarcan más allá de las zonas tradicionales de explotación minera.

Juan C. León Brázquez, periodista