Por Ángel Rivas
Cuando escribo estas líneas, Marlin todavía está viva. Pero probablemente, querido lector, cuando usted las lea, ella ya habrá cruzado el arcoíris.
Marlin fue una de tantas personas que cruzaron el charco buscando una vida mejor en la madre patria. Dejó atrás a un hijo y a su familia, y emprendió sola una aventura que tantas personas comienzan cada día, acompañada aquí por amigos y familiares que fueron compañeros de viaje en esta odisea llamada emigrar.
Marlin conoció a mi hermano hace algo más de un año. El amor llegó pronto y hubo boda. Yo fui su padrino, aunque lo supe aquel mismo día, cuando le pregunté quién la llevaría al altar. Recuerdo su emoción, la ilusión de una mujer que sentía que, por fin, su vida comenzaba a encontrar de nuevo el rumbo.
Es cierto que, por un malentendido, no volvimos a hablar desde aquel día. Y hoy me duele pensar que ya no podré hacerlo. Me quedará pendiente decirte algo que quiero dejar escrito para siempre: gracias, Marlin, por el hombre que hiciste de mi hermano. Cogiste un montón de pedazos y ayudaste a construir un marido, un trabajador ejemplar y una persona con futuro. Quizá nunca te lo dije, pero te estaré eternamente agradecido.
Sin embargo, el destino puede ser despiadado. Y contigo lo fue.
Con apenas 32 años sufriste un aneurisma cerebral del que, tres meses después, todavía no habías despertado. Durante todo este tiempo, la esperanza nunca se perdió. La familia volvió a unirse en torno a ti, aferrándose a cualquier posibilidad. Yo busqué una salvación donde pude: desde la Virgen del Rocío, aquí en casa, hasta tierras francesas, encomendándote a Nuestra Señora de Lourdes. Nos agarramos a la fe, a la medicina y a esa pequeña luz que uno se niega a apagar cuando quiere demasiado que alguien siga viviendo.
Pero tu cuerpo ha librado su última batalla.
Hoy, 27 de octubre, cuando apenas tienes 33 años, mi hermano y tu madre han tenido que afrontar la decisión más difícil que una familia puede imaginar. Tu madre, que dejó atrás Cali después de un devastador terremoto para venir a cuidar de su hija, porque una madre siempre será una madre, ha firmado junto a mi hermano el consentimiento para donar tus órganos.
Y aquí, querido lector, es donde esta historia adquiere un significado que va mucho más allá de nuestro dolor.
Marlin, si desde alguna dimensión puedes leer estas palabras, quiero que te quedes con algo: tu historia no termina aquí. Tu última batalla puede convertirse en una nueva oportunidad para otras personas. Cuando ya no podemos hacer nada para retener a quien amamos, todavía podemos encontrar una forma de dar vida.
Y tú vas a hacerlo.
Una mujer colombiana, afrodescendiente, que vivió en España en situación administrativa irregular, puede salvar la vida de varios españoles. Una mujer que cruzó el océano buscando una oportunidad para vivir mejor puede terminar regalando a otros la oportunidad de seguir viviendo.
Qué paradoja, ¿verdad?
Quizá, después de leer esta historia, a más de uno le convendría detenerse un instante y pensar en sus propios prejuicios. Porque las personas no valen menos por el lugar donde nacieron, por el color de su piel ni por los papeles que tengan en el bolsillo.
Marlin no necesita que nadie le conceda ahora su dignidad. La tenía desde el primer día. Lo que necesitamos es recordar que esa dignidad también pertenece a quienes siguen llegando, a quienes buscan una oportunidad y a quienes demasiadas veces son juzgados antes de que alguien se moleste en conocer su historia.
Hoy mi familia llora a Marlin. Mi hermano pierde a su mujer, una madre pierde a su hija y un hijo pierde a su madre. No hay argumento que pueda aliviar del todo un dolor así.
Pero, mientras nosotros aprendemos a vivir con su ausencia, puede que otras familias reciban una llamada que les devuelva la esperanza. Puede que alguien vuelva a abrazar a los suyos gracias a ella. Puede que, en algún lugar, una vida que parecía apagarse tenga una segunda oportunidad.
Y entonces comprenderemos que Marlin no solo cruzó el mundo buscando una vida mejor.
También ha conseguido que otras personas puedan seguir viviendo.
Descansa en paz, Marlin. Y gracias. Por mi hermano, por tu familia y por esas vidas que, incluso en tu despedida, vas a ayudar a salvar.


















