Dudar hoy en día parece un ejercicio potente. Las pantallas alimentan nuestras pasiones, deseos, curiosidades y conversaciones. Nos llevan de la mano a más y más de lo mismo, hacia un pensamiento único. ¿Centro de flores? Ahí tienes, mujer, hasta el infinito, desde Londres a Japón. Decenas de sugerencias para que te pierdas y no vuelvas al presente hasta que tus ojos, ya maduros, te llamen al orden.
Dudar nos libera también de la manipulación sutil y de la salvaje. Nos da criterio propio. ¿El caballo del malo era árabe? ¿Y ese indio de ojos azules? ¡Pero qué cojones! Así aprendimos de pequeños a no aceptar todo aquello que llegaba a la sobremesa de sábado, observando las reacciones de nuestros mayores.
La duda nos hace mirar desde distintos ángulos. Mantiene un pie dentro y otro fuera del sistema, aunque nos convierta también en perros verdes. Nos enseña a pensar, a buscar, a contemplar perspectivas más amplias. Es buena, es mi amiga, me hace libre e inteligente. Así llevo medio siglo, hasta que ella misma decidió revolverse sobre su propio eje, un día cualquiera de primavera, mostrándome su herida. La mía. La humana. Aquella que nos diferencia del resto de seres vivos del planeta.
La duda, la actual, inflamada y rarita, nos aleja del presente, diezma nuestra intuición animal y crea desequilibrios en el cuerpo y en la salud mental. Alimenta el monstruo de la soledad, que nunca existió en manada alguna. Le da vida. Nos aleja de nuestro hogar real, la naturaleza. De las estaciones. Justifica el saqueo. Es hermana de la desconfianza. Abrió la puerta de nuestros corazones hace miles de años, quizás cuando nos empezamos a llamar civilizados, dejando escapar la cordura, la pertenencia del mamífero al paraíso.
¿Has visto algún animal dudar? En mi experiencia observandolos media vida, puedo decir, que no. En su mundo no hay espacio para este tipo de errores, ya que cuando esto ocurre pasan a ser el alimento de otros.
Caminamos desde entonces inconscientes por el mundo, hacia rutas y objetivos difíciles para las futuras generaciones. Nuestros pies ya no tocan la tierra. Lejos del aquí y del ahora, de la lluvia y del viento, del fuego regenerador, se ha hecho mayor. La duda, digo. Ha madurado la breva y se ha independizado del cuerpo, de la Luna y de las estrellas. Se ha vuelto descarada y neurótica, absurda. Se alimenta de miedos y estos, a su vez, producen empleo, suben las ventas, abren mercados allende los mares. Vaya par de bicharracos. Han perdido la cordura.
¿Has visto a la encina dudar al llegar el verano? Es grandiosa, fuerte, tranquila. Acoge a todos. Poderosa incluso cuando ardió bajo los fuegos que han arrasado San Bartolomé de la Torre, Villanueva de los Castillejos, Alosno y Gibraleón la pasada semana. Ella sabe que el tiempo lo regenera todo, se quita pulgas de encima, no tiene la menor duda. Todo sucede de manera natural: la vida y la muerte.
Si no toqueteamos.
Cada animal y sus ciclos, cada tormenta, el curso de los ríos, el avance de las dunas por el desierto. La vida sigue siendo maravillosa. Nada tiene demasiada importancia en estos paisajes compuestos por infinitas piezas perfectamente organizadas: mi hogar y el tuyo, la Tierra.




















