Falta luz. Por mucha que haya, que la hay, pues siempre «hay un rayo de sol en la lucha», y que quienes creen en la posibilidad de un mundo mejor se aferren a ella como a un haz de esperanza, falta, y socialismo, más aún, si es que no son lo mismo, ante la enorme ola de oscuridad que mana del odio, la intolerancia, la frustración, la indignación, la bilis, el cabreo desmedido, que se respiran y se expanden como la hierba mala. Falta, ante las tinieblas de una justicia tuerta, parcial, subjetiva, injusta, dependiente, que parece ver más con el ojo derecho, ante el abismo del falso -o mal- Periodismo, de los bulos y los mensajes vacíos en medios de des-comunicación y redes anti-sociales, que, desde luego, no responden al derecho a la información ni a la verdad, gravemente conculcados.

Falta, ante una manipulación flagrante, obstinada, descarada, que zarandea la democracia misma a las órdenes de intereses espurios que, de manera opaca, desde la sombra, poderosos, financian el mensaje, lo monopolizan, para que, como la más vil de las propagandas, de manera torticera, sirva al amo, nunca al pueblo. Y lo logra, pues, en beneficio de aquél, espolea, sobremanera, a los más bajos instintos, saca lo peor de las personas, a veces, las más marginadas o las más vulnerables, las moldea a su antojo, las deshumaniza y las revuelve, convencidas de que son el origen de sus problemas, contra el más pobre, contra el desheredado, contra el más débil, contra el que más sufre, contra el que menos culpa tiene. Y así, la negrura, la de las conquistas que se pierden, el negocio con lo que más importa, la salud, la educación… con el paso libre, avanza.

Falta, sí, mucha luz, y el PSOE lo fue, y todavía lo es, pero no lo suficiente. La reforma laboral y el empleo estable, la revalorización de las pensiones, la subida, sin precedentes, del salario mínimo, el ingreso mínimo vital para que nadie quede atrás, la inversión histórica en becas, la aprobación, por fin, de la asignatura pendiente de la memoria, el posicionamiento en el lugar correcto de la Historia, contra la guerra, el genocidio, y contra el falso patriotismo… Es mucho el esfuerzo, desde Madrid, desde el Gobierno de Pedro Sánchez. Es redistribución de la riqueza, igualdad y dignidad, es crecimiento, de todos, pese a la adversidad reiterada, la pandemia y la locura global, es derecho internacional, mas no es bastante…

No lo es, porque es mayor el ruido, recurrente y exagerado, sobre la inmigración, la financiación autonómica, los supuestos agravios a cuenta de Cataluña y el País Vasco, la demonización, el desprecio; y porque no se resuelven problemas acuciantes, la vivienda, crucial, la compra, el alquiler, la emancipación de los jóvenes; la sanidad pública, la joya de la corona, que se desmantela en la Andalucía de Moreno Bonilla ante una ciudadanía -la que se lo puede permitir- que, ante la eterna espera, premeditada, normaliza la contratación de un seguro privado, la acepta; la educación, donde se cierran aulas y se reducen plazas, en la formación profesional y en la Universidad, para dejar como única puerta, a costa del endeudamiento de la familia y de la calidad, la privada. En definitiva, el mercadeo con lo más valioso. No estar al frente, no poder evitarlo, exonera, en parte, a los socialistas, pero el pueblo, en su desesperación, siempre, chilla a quien sabe que lo escucha.

Falta luz, sí, la del puño y la rosa, la del yunque y la pluma, la de la unión, indestructible, de la fuerza del trabajo, de los trabajadores, con la sensibilidad de la cultura, el pensamiento, la belleza. Falta calle, falta reflexión, falta ese pacto social que permitió construir tanto, llegar, juntos, allí donde se ha llegado, el progreso; falta atravesar la niebla y disiparla, faltan las casas del pueblo abiertas, ventiladas, las ideas, puras; sobra el silencio, que siempre es cómplice, y falta la rebeldía, la reivindicación, firme, desde los territorios, en los parlamentos, desde lo local, hacia las más altas instancias, de las infraestructuras olvidadas, de la diversificación económica de las comarcas, el medio rural, su reindustrialización, con la participación de todos los agentes, para que no mueran, para su desarrollo y su futuro.

Sobran las mesas camillas, las decisiones tomadas por unos pocos, erigidos en elite, las listas, las candidaturas, que desoyen la voluntad de los militantes, de la base, que, por serlo, porque conoce el paño, y el tablero, sabe cuáles son las mejores piezas; falta ética y estética, sobran las presiones por estar, aunque haya otros más preparados, y hasta por perpetuarse -porque no se tiene adónde ir-, aunque, por la propia desconexión, la distancia, y por el agotamiento, poco se pueda aportar ya, más allá de una experiencia más bienvenida en la retaguardia. Sobra que los que lo fueron todo, cuando les relevan, ego que les delata, ya no aparezcan, no ayuden; falta detectarlos a tiempo, para que, simplemente, no sean. Sobra esa mala escuela, el modelo, antiguo, rancio, arraigado, del «quítate tú, para ponerme yo».

Falta dejar paso, y pedir perdón cuando toca; falta humildad, reconocer el error; falta coherencia, honestidad y hasta empatía; falta autocrítica y responsabilidad. Sobra aburguesamiento y despacho, solemnidad; faltan chaquetas de pana y camisas remangadas y sobran trajes y corbatas. Falta aquella vieja -e imprescindible- invocación del fundador del PSOE, Pablo Iglesias Posse, «elegid a los mejores y más capacitados y vigiladlos como si fuesen canallas»; y sobran, precisamente, sabandijas que, sin ser, se aprovechan y manchan a todos en un partido con 147 años de historia al que, por ser de los de abajo, por venir, por nacer, de ahí, de la gente, no se le perdona -y no se lo perdona- el más mínimo tropiezo.

Falta savia fresca, joven, alegre, formada y con ilusión, sin carga alguna, sin mochila, con credibilidad, toda, con un mensaje nítido, «timbre inconfundible -e indefinible- de la verdad humana», que, como tal, llegue a la gente, que cale, que sea parte de ella y se note, que se gane su confianza -y la merezca-. Sobra el empeño, equivocado, en adaptarse a la sociedad, como si ésta le fuera ajena, desconocida, cuando la razón de ser es transformarla; sobra la autocompasión del incomprendido en la derrota, falta ir por delante, ser motor de cambios, provocarlos, porque el socialismo no puede remar, menos, a contracorriente, porque el socialismo, sencillamente, es el mar. Luz hay, sólo queda, por tanto, frente a quienes tratan de apagarla, pulsar el interruptor, una vez, y otra, encenderla, agrandarla, hasta que llegue a todas partes, hasta ahogar a la espesura, hasta que todo sea luz.