Reyes Andreo ofrece una reflexión personal sobre el «pensamiento en red», la neurodivergencia y la necesidad de comprender y valorar otras formas de procesar la realidad

Reyes Andreo
El término «pensamiento en red» no es un diagnóstico ni una categoría clínica internacional. Lo utilizaré aquí como una expresión divulgativa para describir un estilo de procesamiento en el que las ideas pueden conectarse de manera asociativa, simultánea y no necesariamente secuencial.
Dicen los profesionales que cada ser humano tiene una forma diferente de gestionar y procesar la información. Podemos avanzar del punto A al B y después al C. Y también estamos quienes saltamos de la F a otras letras sin un patrón evidente, conectando caminos desordenados que, para nosotros, sí tienen un sentido final.
Una imagen, una persona, un olor, una palabra… y se crea una película que nos lleva a un lugar que a veces resulta difícil de explicar.
Eso es, en mi experiencia, el «pensamiento en red»: varias luces que se interconectan hasta crear un espacio lleno de posibilidades. Puede fascinar al mundo si no nos quedamos atascados por el camino.
El sistema educativo, el laboral y buena parte de nuestra vida cotidiana están organizados alrededor de secuencias, tiempos y procesos. El problema aparece cuando pretendemos que todas las personas funcionen únicamente de ese modo.
Yo no sé lo que es una «mente lineal». Soy neurodivergente hasta en los andares.
Pero sí puedo invitaros a conocer un poquito más de esta población.
Dislexia, TDAH, autismo, altas capacidades, lateralidad cruzada y otras condiciones o perfiles neurocognitivos pueden presentar formas particulares de percibir, atender, procesar y responder a los estímulos. Un aroma, un paisaje, un ruido o una multitud resultan insoportables y, al mismo tiempo, esa sensibilidad puede convertirse en una capacidad extraordinaria para observar, detectar matices y establecer conexiones.
A veces, el problema está en el abismo entre nuestro modo de reaccionar y aquello que el entorno espera de nosotros.
Cuando somos niños, recibimos una y otra vez mensajes de angustia alrededor de aquello que nos hace diferentes. Padres y abuelos reconocen en sus hijos aquello que ellos mismos sufrieron de pequeños. Si nunca fueron comprendidos ni diagnosticados ¿cómo van a acompañar a las nuevas generaciones, desde un lugar de calma y seguridad?
Aún queda mucho por hacer en este campo.
La autoestima se debilita cuando intentamos parecernos a los demás.
Ahora viene lo bueno.
La «jueza de pensamiento lineal» que muchos hemos construido a través de nuestra educación quizás no sea una medida adecuada para comprender a una persona con dislexia, autismo o determinados perfiles neurodivergentes.
Y en mi caso, mucho menos.
La lateralidad cruzada me ha acompañado con descoordinaciones y dificultades motoras durante toda mi vida. Cuando la clase de baile va hacia un lado, servidora avanza hacia el lado opuesto.
¿Te suena?
Yo no lo puedo evitar. Aquello que veo en espejo me ralentiza; aquello que para otros resulta automático, para mí puede requerir una atención consciente enorme.
Y ahí aparece otra herida innecesaria: sentirme incapaz por hacer de una manera diferente lo que simplemente está organizado de otra modo en mi cerebro.
La persistencia de muchas de estas mentes puede ser infinita y, precisamente por esa intensidad, también hay riesgo de extenuación.
Tantas asociaciones mentales distraen. Demasiados estímulos sobrecargan. La famosa tarjeta RAM con demasiados programas abiertos, a veces, colapsa.
El cuerpo pide naturaleza, movimiento y descanso para recuperar energía y regularse.
Muchas personas neurodivergentes crecen pensando que son demasiado intensas, demasiado sensibles, torpes o complicadas. A algunas se las llama vagas cuando, en realidad, quizá necesitan más tiempo para responder a determinadas demandas, mientras que en otras situaciones pueden procesar información con una rapidez extraordinaria.
Quizá no sean demasiado.
Quizá necesitemos aprender a mirar mejor construyendo entornos donde cada persona aporte aquello que mejor sabe hacer.
Porque quizá no exista una única manera correcta de llegar de la A a la Z.
Algunas personas necesitamos pasar primero por F, detenernos en una imagen, escuchar un sonido, recordar un olor y recorrer un camino que nadie más ve.
Hablemos,
Reyes Andreo
Escritora



















