La Historia es cíclica, y sus vientos, peligrosos. Como si viviéramos envueltos en un tictac continuo que nos conduce, irremediablemente, a lo mismo, una y otra vez, atrapados, como el ratón enjaulado que corre sin cesar en la rueda, por el ritmo de un día a día vertiginoso, irreflexivo, sin llegar, por ende, a ninguna parte. Porque, como ya expusiera Cicerón en su tratado ‘De Oratore’, la Historia es maestra de la vida, pero, en nuestra vanidad -o prepotencia-, no aprendemos nada -o muy poco- de ella. Caemos, sí, con reiteración -y alevosía-, como seres carentes de memoria, como si olvidáramos de dónde venimos y lo que sufrimos -o sufrieron los que nos precedieron- para llegar al punto en el que estamos, en los mismos errores, en las mismas tragedias humanas.

Sí, como si fuéramos víctimas de un determinismo social que aceptamos sin más, que, en sus buenos momentos, nos aboca, impulsados por nuestra valentía, por nuestra capacidad de sacrificio, por esas fuerzas que afloran en la adversidad, a las más grandes conquistas, a escribir las más grandes páginas; mas también, en una incomprensible cobardía, en una imperdonable muestra de incoherencia, a la ulterior derrota, súbita, dolorosa. Como si nos rindiéramos, como si nos conformáramos, despojados de toda esa rebeldía previa, de antaño, que se nos presupone, distanciados de todo aquello por lo que luchamos -por lo que otros murieron-, adormecidos por unos cantos que nos llevan a pensar que algo, por lejano, no nos va a volver a pasar, o, dado el caso, lo hará sin rozarnos, sin afectarnos, o que, si ocurre, no será tan grave, o, incluso, hasta en el peor de los casos, hasta a restar importancia a lo pasado.

Vivimos, como sociedad, instalados en una especie de optimismo pésimo, indolente, depresivo, en el que damos por hecho, por consolidado, todo lo construido, la democracia misma, como si ésta hubiera existido siempre, como si perderla se antojara una quimera, un peligro remoto al que algunos, en su delirio, se refieren como probable para que un miedo infundado nos mueva en beneficio de sus propios intereses, sin percatarnos de que, quizás, si no creemos en nada ni en nadie tan sólo sea porque ya nos hemos dejado manipular por aquellos que quieren que así sea, por el hartazgo, por el odio, por la intolerancia. Y lo hacemos, unos alzando la voz -o el brazo derecho- y otros con el silencio cómplice de la abstención.

Sí, lo hacemos, también ahora, como otros no hace tanto, en los años 20 y 30 del recién pasado siglo XX, lo hicieron ante la expansión, como la pólvora, del fascismo por Europa que derivó, seguro ante la incredulidad de muchos, en una Guerra Civil y la brutal represión franquista en España y en la Segunda Guerra Mundial y el holocausto judío en la Alemania nazi. Sí, lo hacemos, como si nos asistiera el muro infranqueable de alguna garantía de no repetición, también en el contexto geopolítico actual, en medio de la locura -y el genocidio- del ruso Putin -y su eternizada invasión imperialista de Ucrania- o Netanyahu -en la irónica transformación de Israel en aquello que un día odió en su afán por acabar con el pueblo palestino con la escusa del terrorismo de Hamás-, así como de la impune e impúdica reunión -sin saber, más allá de la irreverencia del argentino Milei, qué alianzas oscuras han podido tejer ni qué objetivos espurios marcar-, de los líderes mundiales de la extrema derecha en Madrid.

El futuro -y hasta el presente-, está, por tanto, en juego en el tablero, en la partida vigente, en el de Europa y en el del orden global. Las piezas están más que colocadas, y cada movimiento, cada jaque, puede ser el último. El desenlace, desde luego, dependerá, en buena medida, de lo que la ciudadanía -como los peones en el ajedrez- decida, por ejemplo, el próximo domingo, el 9 de junio, entre los dos modelos existentes, antitéticos, el del diálogo, la convivencia, el de un proyecto social de paz, o el de avivar el fuego, encender la mecha, en pleno polvorín; el de avanzar, para vivir, o el, más apocalíptico, de acabar con todo. En unas horas se saldrá de dudas, la gente, el pueblo, en su libertad, hablará -o callará-. Pero, recordémoslo, el mal, como la Historia, como la vida, también es cíclico -y maestro-.