Hoy día resulta necesario hablar una y otra vez de la igualdad entre hombres y mujeres en lo social, en lo laboral e incluso en lo familiar. Sin embargo, hay detalles cotidianos que nos recuerdan a todas horas lo diferentes que somos en las formas y en las emociones. Es curioso descubrir que aún hoy, en los más prestigiosos laboratorios de Europa, la ciencia estudia las neuronas y sus reacciones en ratones macho, ya que estos pequeños roedores resultan más estables hormonalmente y, por tanto, más previsibles en sus respuestas y ciclos.

¿Qué significa esto?

En Occidente hemos diseñado la vida en masculino. Lo hemos respetado, asumido e incluso defendido, pagando un precio elevado para nuestra salud. En las negociaciones, en los modos de funcionar, en nuestras agendas y estrategias, muchas mujeres empresarias, madres y trabajadoras se han visto obligadas a ahogar sus emociones en las oficinas una y mil veces.

Y es que no solo la medicina que nos prescriben ha sido diseñada para una mitad de la población de la que no formo parte, dejando fuera el universo químico femenino, que funciona de otro modo, sino que además seguimos remando a contracorriente.

¿Cómo?

La mujer equilibra su energía con un número de horas de sueño distinto al del hombre para recuperarse de los retos diarios: un mínimo de entre siete y ocho horas que seguimos saltandonos sin cesar, año tras año. Tenemos además cuatro etapas hormonales, y por tanto emocionales, diferentes entre sí a lo largo de un mes. Nuestro cuerpo percibe las lunas en sus cuatro fases principales: una semana de actividad creciente hacia fuera, otra de plenitud, otra de bajón energético y una última de recogimiento. Todo responde a nuestro aparato reproductor, aunque no tengamos intención de ser madres. Incluso durante la menopausia, y en menor grado, seguimos sintiendo estas variaciones de manera sutil, mes tras mes. Ellos temen nuestros cambios de humor y los aceptan sin remedio, como algo inevitable; nadie les explica qué le ocurre hoy a esta mujer.

Es comprensible el desconcierto de nuestros compañeros de trabajo, socios, parejas, hijos y familiares, que no saben qué está pasando. Normalizar nuestro sentir empieza por contar con información adecuada y hablar de ello.

Por otro lado, la mujer percibe la cocina como ese lugar alrededor del cual reunir a la prole con risas: el eterno espacio seguro familiar. A través de él, nuestras madres y abuelas expresan cuánto nos quieren, ya sea con un puchero, unas croquetas o un gazpacho hecho con profundo amor. El hombre, en cambio, vive la cocina como un campo de batalla, de competición, exactitud, creación y también algo de ego. Lo maternal queda fuera de manera natural. Es otro modo de ser, de ejecutar, de sentir: perfecto, aunque extraño para otros pueblos.

Se olvida con facilidad que, antes de considerarnos mentes dispuestas a anular emociones, somos animales mamíferos con un instinto magnífico, y de eso las mujeres sabemos más de lo que a veces quisiéramos. Somos intuitivas en grado superlativo, tanto que nos han sentado en el banquillo una y mil veces por hablar de aquello que muchos no desean ver.

En la energía femenina, el hogar, su armonía, la belleza y el cuidado se vuelven esenciales. De ahí que nunca parezcan suficientes las sábanas, toallas, vajillas o pequeños detalles decorativos cuando cruzamos al país vecino a reponer ajuar. La emoción en los rostros de las mujeres que observo desde pequeña en Vila Real de Santo António es increíble: les brillan los ojos, aunque la compra no sea para ellas. Hay un regocijo intrínseco en ese cuidado de lo nuestro, de ese espacio sagrado que es la familia. Nada que ver con la expresión de esas mismas personas en un centro comercial de la capital un viernes cualquiera.

La energía masculina mira hacia la conquista del más allá: qué hay tras aquella montaña, el deseo natural de descubrir lo nuevo. Sin embargo, haber administrado el hogar desde hace miles de años nos ha convertido en empresarias innatas, capaces de atender todos los departamentos imaginables a la vez: innovar con lo que haya, unir fuerzas por un bien mayor, prever, ser economistas, enfermeras, maestras, gestionar imprevistos, agendas, relaciones sociales, la salud del equipo y, lo más importante, mantener una visión que va más allá del hoy y del yo. Una visión que se extiende en el espacio y el tiempo, apostando por nuestros hijos, nietos y bisnietos sin fin. Cuando la energía dominante —en un chico o en una chica— es masculina, es muy diferente a la femenina.

Empeñarme en actuar como un hombre me aleja de mi centro de mujer, madre, compañera, ciudadana, artista, trabajadora, ama de casa y empresaria.

¿Y a ti?

Reyes Andreo