En su viaje a la Cuenca Minera honran la memoria de su padre, un minero que levantó una familia en la provincia de Cantabria sin perder jamás el orgullo por su tierra natal
El cordón umbilical que une a los hijos de la emigración con la Cuenca Minera de Huelva es indestructible. A veces faltan kilómetros, carreteras o tiempo, pero la identidad permanece intacta. Vicente y Mariano Carrasco Suárez tienen acento norteño, se criaron y han vivido toda su vida en la provincia de Cantabria, pero el 50 % de ellos es de la Cuenca Minera. Muchos años después de que su padre, Vicente Carrasco Márquez, dejara atrás a su familia y decidiera emigrar para buscar una vida mejor, ellos han realizado el viaje contrario, el de volver al origen, en el que empieza su historia familiar.
Estos días han pisado por primera vez las calles de El Campillo y han recorrido los rincones de la Cuenca Minera. No es un viaje de turismo cualquiera; es el cumplimiento de un sueño largamente anhelado, el reencuentro con sus primos y primas y el descubrimiento directo de los paisajes que su padre dejó atrás y que nunca olvidó. “Mi padre siempre soñaba con esto”, nos cuentan.

Una visita guiada por el corazón.
La inquietud por venir a El Campillo siempre estuvo latente en la casa familiar en Cantabria. «Tenía la inquietud de venir a conoceros», explica uno de los hermanos emocionado, destacando el valor de la familia de sangre que los esperaba con los brazos abiertos en el municipio campillero. Tras años de llamadas y de visitas en una sola dirección —ya que los primos andaluces sí habían viajado en ocasiones a Santander—, una quincena de vacaciones conjuntas ha propiciado este esperado viaje. “Teníamos ganas de venir a conocer a los primos y a las primas, estar con ellos. Resultó una oportunidad muy buena y vinimos para acá”.
La experiencia ha superado todas las expectativas. Alaban la calidez de la comarca y los sitios conocidos, pero lo que verdaderamente está llenando su viaje es comprobar el enorme valor de la herencia que les dejó su padre.

Un andaluz de gran corazón y ejemplo de trabajo.
El relato que los hermanos hacen de su progenitor es el de un hombre de una nobleza extraordinaria. Recuerdan con orgullo cómo, en su trabajo de juventud en las minas de Riotinto, asumió la responsabilidad de un error ajeno para salvar el puesto de un compañero casado y con hijos: “Mi padre le dijo: ‘Estate tranquilo. Ya asumo yo esa responsabilidad…’. Y así lo hizo”.
Esa misma calidad humana la trasladó al norte, donde se convirtió en el ejemplo perfecto de entrega, constancia y superación, desterrando cualquier estereotipo que pudiera acompañarle por ser andaluz. “Era una persona súper trabajadora. Siempre estaba trabajando y se lo montó todo de cero”. Su esfuerzo fue tal que la fábrica de Barreda en la que trabajó toda la vida le rindió un gran homenaje el día de su jubilación. Un espíritu de superación que inculcó a sus propios hijos, enseñándoles el oficio de la construcción desde chavales para levantar, entre todos, la casa familiar.
Aunque el destino y las circunstancias de la época hicieron que se asentara en Cantabria y formara allí su hogar, el corazón de este campillero jamás cruzó Despeñaperros de vuelta para trasladar a su familia. Su hogar en el norte era una embajada permanente de la Cuenca Minera: “Él siempre soñaba con esto. Él tenía su música andaluza todo el día cantando… Llevaba la misma tradición de vida que había aquí, la llevaba allí. Eso no lo cambió nunca”.
Ese orgullo andaluz se manifestaba en su día a día, en sus reuniones con la gran comunidad de andaluces del norte y, de manera muy especial, en su habla. “El acento y eso no lo perdió nunca”, recuerdan con una sonrisa sus hijos.

Un reencuentro que es solo el principio.
Tras adentrarse en el Parque Minero y conocer de cerca el museo minero, la Peña de Hierro, la Casa 21, el Ferrocarril Minero o la Corta Atalaya, han podido valorar de cerca la monumentalidad de las explotaciones mineras donde trabajó su padre, los hermanos se muestran felices y conmovidos por el cariño recibido por sus vecinos y familiares.
“Todo muy bien, estamos muy contentos de haber estado aquí y conocer a toda la familia”, concluyen. Se van con la maleta llena de recuerdos, fotos con sus primos y la certeza de que, aunque nacidos en Cantabria, un trozo de su corazón se queda para siempre en la tierra roja de la Cuenca Minera.



















