La sede de la UNIA acoge dos semanas de convivencia artística que transforman el campus en una comunidad vibrante donde la reflexión, la investigación y el encuentro dan forma a nuevas dramaturgias, músicas y relatos

Hay lugares donde las ideas llegan de paso, se prueban, se lanzan al aire. Y hay otros donde deciden quedarse a vivir. Durante dos semanas de noviembre, la sede de La Rábida de la Universidad Internacional de Andalucía ha sido lo segundo: un hogar para el arte, un microcosmos creativo donde el tiempo se expande y la intuición encuentra abrigo.

Las Residencias Artísticas 2025, integradas en el programa Órbita 25: La Rábida Campus Creativo, han reunido a veinte creadores de disciplinas diversas que han compartido estudio, dudas, ensayos, silencios y también esa euforia íntima que provoca un hallazgo creativo a media noche. Ocho proyectos escénicos y performativos —seleccionados en convocatoria pública— han convivido como un mosaico en constante mutación.

En la jornada abierta a los medios, el rector de la UNIA, José Ignacio García, insistió en la naturaleza profunda del proyecto:

“La universidad debe ser también un espacio para cultivar el humanismo a través de las artes… Es aquí donde se activa la reflexión y donde el arte encuentra las condiciones necesarias para nacer: estudio, aislamiento y también interconexión”.

Recordó que La Rábida, por su geografía y su historia, se ha convertido en un enclave ideal para este tipo de procesos: un lugar que invita al pensamiento lento, a lo esencial, a un tipo de concentración que el propio campus parece custodiar.

En esta edición, la UNIA articula tres líneas de trabajo: creación escénica, residencias literarias y una tercera, aún por comenzar, dedicada a guionistas de cine, en colaboración con el Festival Iberoamericano de Cine de Huelva. “El arte toma aquí el pulso a la sociedad”, señaló el rector, mencionando temas que han atravesado los debates de estas semanas: vivienda, ecología, turismo, memoria y paso del tiempo.

La delegada territorial de Cultura de la Junta de Andalucía, Teresa Herrera, destacó que este programa “es posible gracias a la colaboración estrecha” entre administraciones, y reivindicó el valor de la fase inicial del proceso creativo:

“Aquí no solo encontráis un espacio donde crear, sino también un arrope para el futuro, para vuestras especialidades y vuestros caminos laborales. La pluralidad en el diálogo y en los relatos es esencial”.

La directora del Instituto Andaluz de las Artes Escénicas y la Música, Violeta Hernández, profundizó en esa idea y celebró que estas residencias se hayan descentralizado gracias a acuerdos como el de la UNIA:

“Empezamos con solo 12 residencias. Ahora son 18 al año. Y La Rábida nos da algo único: un lugar donde los artistas se contaminan entre sí, donde los proyectos crecen en convivencia y no en soledad”.

Para Hernández, la clave está en garantizar tiempo, espacio y recursos: “Antes de producir, hace falta que una obra pueda respirar”, afirmó.

La directora de la sede de La Rábida, María de la O, lo explica con una imagen que resume el espíritu de estas semanas:

“Lo que veis aquí ahora se ha vivido las 24 horas del día. La residencia no es solo ensayo: es conversación, es sobremesa, es madrugada. Es una experiencia que se va con ellos”.

Ese clima de comunidad aparece de forma natural en los testimonios de los artistas.

La vida en residencia: donde las obras se dejan escuchar

David Montero – LoVerbena

Su pieza explora la fiesta popular desde el humor, la música y lo ritual:

“Llevamos casi dos semanas compartiendo espacio. Esa convivencia permite cosas que fuera serían impensables: improvisar juntos, sumar a compañeros a la muestra, mezclar lenguajes”.

Pedro Ernesto Moreno

Pedro Ernesto Moreno – ecologías y ficciones

El trombonista y creador trabaja en un proyecto que fusiona ecología, paisaje sonoro y narrativas de futuro:

“Aquí uno puede soñar mundos nuevos, y eso solo sucede cuando convives con otros artistas. La residencia es un medio necesario para que la investigación continúe”.

Alba Selva y Garzi Aldasoro

Alba Selva – Cuando el mar no responde

La creadora de teatro físico explora emociones universales:

“Estamos hablando de soledad, espera, resistencia… y lo hacemos desde un ritmo que te lleva sin darte cuenta. Te ríes, pero algo te duele. Estar aquí ha sido buenísimo para encontrar ese pulso”.

Garazi Aldasoro – frescura y surrealismo

Su obra se mueve entre lo onírico y lo intuitivo:

“La pieza está viva y se transforma cada día. La convivencia hace que las ideas se crucen todo el tiempo: lo que preocupa a una le pasa a otra en el mismo instante”.

Melisa Galero – Ser Forastera

Bailaora e investigadora del flamenco desde lenguajes contemporáneos:

“Este proyecto es una invocación: reconstruyo un espacio sonoro para traer a tierra a quienes llevaron el flamenco a Japón. Desde ahí hablo de mi propio baile”.


José Andrés López – dramaturgia en primera persona

Su monólogo Yo soy el fantasma que se observa fue una de las muestras más íntimas:

“Ha sido tan intenso que aún no sé cómo explicarlo. Esto es solo un primer contacto, pero ya siento que la pieza ha tomado un cuerpo que antes no tenía”.

Un observatorio para que la creación no se pierda

Todas las experiencias y trabajos quedarán recogidos en Órbita, el observatorio de residencias de la UNIA.

El rector lo anunció así: “Aquí se depositarán los trabajos de esta edición y de las que vendrán. La UNIA seguirá apostando por que el arte forme parte de nuestra actividad cotidiana como universidad pública”.

Es una forma de garantizar que lo vivido —lo que nació, lo que fracasó, lo que se descubrió a medias— no se disuelva cuando los artistas abandonen el campus.

En noviembre, La Rábida ha vuelto a demostrar que es más que una sede universitaria: es un enclave donde la creación se siente acompañada, donde la experimentación tiene espacio y donde las artes escénicas encuentran un hogar fértil.

Las residencias artísticas no dejan solo obras en proceso: dejan comunidades, dejan miradas transformadas, dejan semillas que germinarán dentro o fuera de los escenarios.

Y dejan, sobre todo, la certeza de que el arte necesita lugares como este: lugares donde quedarse a vivir un tiempo antes de salir al mundo.