Vivimos una época peculiar. Sentimos que nuestros hijos, cuando están en primaria, son capaces de hacerlo todo. Luego llega la adolescencia y, de repente, parece que dejan de poder.
Después de más de quince años trabajando con niños desde ámbitos creativos, no conozco a uno que no me haya sorprendido por su manera única de llegar al mismo lugar que sus compañeros. Hay creatividad y genialidad por todas partes.
La inteligencia de nuestros pequeños nos sorprende, nos derrite de emoción. Y pensamos: «Yo lo sabía. Es que mi niño…». Es la confirmación última de una herencia recibida de su clan, de sus mayores. Orgullo familiar.
Los apuntamos a todo y a más. Ponemos sobre sus pequeños hombros expectativas infinitas: aquellas que se nos quedaron en el tintero durante nuestra propia infancia y que ahora, por fin, van a ver la luz. Al menos así lo pensamos, muchas veces de manera inconsciente. Entonces llega la preadolescencia. Y, en el caso de las niñas, diría que cada vez a edades más tempranas. A los siete años ya hay niñas que desean convertirse en influencers de éxito. Y comienzan el calvario y las dudas que rondan la cabeza de padres y madres.
¿Qué le pasa? ¿Es vago? ¿Es despistada? ¿Será que no se esfuerza lo suficiente?
¿Cómo distinguir entre una adolescencia difícil y una posible neurodivergencia que todavía no ha sido identificada?
Los padres son una pieza clave. También los maestros pueden dar la voz de alarma, aunque a veces todo quede reducido a un comentario. Hay, además, un elemento que conviene tener presente: algunas condiciones del neurodesarrollo tienen un importante componente hereditario. Hay padres y madres que, cuando eran niños, mostraban una inteligencia extraordinaria en ámbitos que todavía hoy no siempre se evalúan adecuadamente y que, al mismo tiempo, encontraban enormes dificultades para leer, escribir, mantener la atención, permanecer quietos, relacionarse o comprender determinadas situaciones sociales.
Dislexia, TDAH, trastorno del espectro autista, altas capacidades… Hoy, algunos de esos mismos padres, que nunca fueron evaluados, se encuentran perdidos entre citas con terapeutas, diagnósticos posibles e incertidumbre sobre el futuro de sus hijos.
¿Puede un adolescente ser muy inteligente y, al mismo tiempo, necesitar mucho más apoyo del que aparenta?
Con mucha más frecuencia de la que imaginamos.
Las altas capacidades pueden pasar desapercibidas cuando el aburrimiento se confunde con desinterés, especialmente durante la adolescencia. También pueden quedar ocultas las capacidades creativas de un niño que encuentra dificultades persistentes para leer y escribir. Hay niños dentro del espectro autista con capacidades analíticas extraordinarias. Hay jóvenes con una enorme capacidad de innovación cuyo modo de procesar la información puede no coincidir con lo esperado por su entorno.
Y todos ellos pueden llegar a la adolescencia en un momento especialmente complejo.
Saben más que nunca, pero siguen siendo niños en muchos aspectos emocionales. Su cuerpo cambia, cambia su voz, cambian sus relaciones y también la manera en que los demás los miran. Mientras tanto, necesitan un apoyo real que proteja su autoestima.
Porque papá y mamá pueden ver reflejadas en ellos las dificultades que vivieron durante su propia infancia. Y eso puede alterar la mirada. Nos enfadamos. Nos asustamos. Respondemos con mucho corazón y, a veces, con poca paciencia.
Pero quizá no estemos enfadados únicamente con nuestros hijos. Tal vez también lo estemos con el niño que fuimos, con aquellas etiquetas negativas que recibimos hace décadas y que todavía duelen.
¿Cómo ayudar a nuestros adolescentes si aún no hemos revisado nuestra propia historia?
Nuestra memoria guarda imágenes de la infancia y la adolescencia: la del niño problemático, la oveja negra, la que «siempre está en las nubes» o el que «no se esfuerza lo suficiente».
Muchas de aquellas etiquetas nacieron del desconocimiento. No necesariamente de la mala intención. Pero el desconocimiento también deja huella.
¿Qué ocurre cuando un adolescente aprende a copiar las conductas sociales de los demás, pero llega a casa completamente agotado?
Explota frente a sus familiares o frente al videojuego. A veces, casi cada día. Y después llega la culpa por haberse comportado así.
El aislamiento puede convertirse en otra respuesta habitual, muchas veces detrás de una pantalla. Los profesores no dan crédito a lo que los padres cuentan que ocurre en casa: rabia, gritos, portazos, patadas… Parece que estuvieran hablando de otra persona.
Y entonces llega la desesperanza del adolescente. La autoestima se desploma. El cuerpo no deja de cambiar, las emociones se intensifican y todo puede resultar demasiado. No quieren ir a clase. Protestan, desafían, acumulan partes disciplinarios y, en algunos casos, terminan siendo expulsados.
También pueden desafiar a sus profesores porque perciben rápidamente sus contradicciones o aquello que consideran incoherente. Si, además, existe aburrimiento, frustración o una sensación constante de no encajar, el conflicto puede crecer.
¿Y si su aislamiento, su irritabilidad o su sensibilidad no fueran simplemente «cosas de la edad»?
Podemos empezar por una pregunta sencilla:
¿Qué necesitas?
Puede resultar desconcertante. A nosotros, nuestros padres no nos lo preguntaban. Y, en muchos casos, tampoco se nos observaba de esa manera. Ahora entramos en un territorio desconocido.
Y si la situación ya es difícil, si además resulta extraña para todos, ¿por qué no probar nuevas respuestas? ¿Por qué no hacernos nuevas preguntas? Podría ser que mi hijo procese la información de una manera diferente a la media.
Entonces aparece la pregunta verdaderamente importante:
¿Qué puedo hacer yo, como padre o madre, para poner el primer ladrillo de un puente hacia su mundo y hacia su corazón?




















