Continuamos nuestra serie especial sobre la huella de los grandes referentes de la cultura en la comarca rescatando un vínculo singular: el lazo de sangre e itinerancia profesional que conectó a la saga de los Baroja con la tierra del cobre

En la historia cultural de España, la sombra gigantesca de Pío Baroja ha solido eclipsar la figura desbordante y polifacética de su hermano mayor. Sin embargo, antes de que el célebre novelista de la Generación del 98 comenzara a trazar la anatomía de la España desgarrada, en el hogar de los Baroja ya latía el pulso creador de un artista total. Pintor, grabador, escritor y aventurero, Ricardo Baroja y Nessi (Minas de Riotinto, 1871 – Vera de Bidasoa, 1953) ostenta un lugar de honor en la historia del arte español del siglo XX como el gran maestro del grabado moderno, un creador cuyo primer aliento vital estuvo indiscutiblemente unido al paisaje cobrizo de la Cuenca Minera.

El vínculo de Ricardo Baroja con Minas de Riotinto responde al itinerario profesional de su padre, Serafín Baroja Zornoza. Ingeniero de minas, poeta y hombre de curiosidad insaciable, Serafín estuvo destinado en la comarca onubense a finales de la década de 1860 para incorporarse a las labores de prospección y dirección del subsuelo minero. Fue en ese entorno de escorias y galerías donde nació el primogénito de la familia.

Aunque la naturaleza itinerante del oficio paterno hizo que los Baroja abandonaran la zona al cabo de poco tiempo, la impronta de aquel origen minero no se borró jamás. Pío Baroja evocaría en sus memorias cómo la infancia familiar estuvo mecida por los relatos de aquel destino andaluz, mientras que para Ricardo, Riotinto representó siempre una suerte de marca originaria: la cuna donde su mirada nació rodeada por la fuerza de la tierra.

El maestro de la tiniebla y el aguafuerte

Formado en la Escuela Superior de Pintura de Madrid y curtido en los talleres de grabado de la capital, Ricardo Baroja encontró en el aguafuerte su vehículo de expresión más perfecto. Su maestría técnica sobre las planchas de cobre evoca inevitablemente el genio de Francisco de Goya. Donde otros pintores de la época buscaban la luz amable del Mediterráneo, Baroja dirigió su mirada hacia los rincones umbríos, las estampas populares y las atmósferas trágicas de la España de su tiempo.

A pesar de su intensa vida bohemia en los círculos intelectuales del Madrid de principios de siglo y de su posterior retiro en la casona familiar de Itzea, en Navarra, Ricardo Baroja mantuvo un orgullo sereno por su procedencia riotinteña. La crítica de arte contemporánea coincide en señalar que la expresividad dramática y la predilección de Baroja por la materia y la penumbra guardan un lazo atávico con la atmósfera de la comarca que lo vio nacer.

El municipio de Minas de Riotinto perpetúa su memoria dedicándole una de sus avenidas principales, recordando a vecinos y visitantes que del seno de esta tierra no solo brotaron toneladas de mineral para el mundo, sino también la mirada genial del hombre que esculpió el alma tenebrista de España sobre las planchas de cobre.