Esta es una de esas verdades que nos sostienen cuando la vida se pone bruta.
Hoy no puedo estar más en desacuerdo.
“El tiempo lo cura todo”, un parche de uso habitual al que acudimos para apaciguar el consciente. Es cierto que el paso de los años crea nuevas memorias, ayuda a sobrevivir y también a guardar, con cierto cariño, en el infinito océano del inconsciente, dolores inhumanos que repetimos generación tras generación casi sin remedio.
Hacemos esfuerzos heroicos para salir de las grandes lealtades. Miramos hacia otro lado para intentar olvidar los secretos que sospechamos, que intuimos existen. Pero la vida termina por enfrentarnos a la estupidez humana y, poco a poco, va sacando a la superficie cofres que albergan de todo menos tesoros.
Utilizamos un arsenal infinito de frases, rituales y gestos nuevos para pasar de la supervivencia a la alegría de vivir, con un éxito relativo. Justificamos lo que dolió en la infancia y en la adolescencia, y ponemos empeño en superar a nuestros mayores. Al menos, eso parece.
¿Cómo?
Consiguiendo una estabilidad financiera que ellos no pudieron tener, estudiando aquello que nos apasiona, viajando para abrir horizontes. Llegamos a lugares que no soñaron, disfrutamos de otra comodidad de vida, observamos nuestro cuerpo más que nunca, ofrecemos a nuestros hijos oportunidades nuevas, peleamos por ascender socialmente.
Más economía, más salud, más deporte, más amores, más cuidados, más casas en propiedad. El piso en la playa, los niños viendo El Rey León en la capital, la comida en el último lugar de moda, las visitas durante su Erasmus en Dublín, Varsovia… y un largo etcétera.
¿Y luego?
Luego, nada.
Ese es el misterio de la vida: pasarnos décadas vendiéndonos la moto y seguir sintiendo en el corazón que algo no encaja. Y aun así, callar, porque quejarse suena a desagradecido, con todo lo que está pasando en el mundo y tal y Pascual.
Entonces llegan nuestros hijos, sobrinos, nietos, con esa mala costumbre suya de remover lo que intuyen falso o incompleto, lo que no se resuelve a golpe de talonario. Y te ponen la vida patas arriba a través de sus miradas, sus juicios, sus dolores, sus acciones, sus silencios.
Te muestran que aún hay machismos ocultos en las sentrañas, perfectamente disfrazados de feminismo del bueno, de modernidad.
Que también hay clasismo, porque el racismo -pensamos- aquí nunca existió: el asunto iba de riqueza, no de raza.
Que arrastramos complejos de inferioridad, como cualquier hijo de humano. Basta con que alguien nos ponga contra las cuerdas para que el láser fulminante de la indignación salga disparado, repartiendo etiquetas: que si cateto por aquí, que si hortera por allá…
¿Y entonces?
La abuela que hay en mí -la que habla a través del cuerpo, del pensamiento, de las emociones, de la experiencia- sabe, sé, que cuando miro las decenas de fotos de toda una vida, mucho de lo que veo es supervivencia. Pura y dura.
Un zombie atravesando el desierto de cinco décadas de camino.
Darse cuenta incomoda.
Reconocer movimientos hechos de puertas afuera del corazón, también.
Y llega la noche oscura del alma.
Sola.
Mirar de frente lo que sucede fuera y atender a lo que se mueve dentro. Escuchar lo que las emociones cuentan, tirar del hilo sin distracciones, sin refugiarse en los demás.
Entrar. Muy adentro.
Hasta encontrar esa cicatriz antigua: la del abandono de la tierra, del clan, de las estaciones y de las estrellas.
Y entonces comprender que el tiempo no cura. El tiempo tapa.
Y la sanación empieza cuando dejamos de huir y nos atrevemos a mirar.


















