Por Reyes Andreo
Ética, lealtad, nobleza, compasión, protección, moral. ¿Qué significan estas palabras hoy día?
Las reconocemos en cada vieja película del oeste, en las grandes novelas, en el teatro, en la vida real, y, sin embargo, suenan lejanas, casi una quimera llegar ahí, mantenerse, ser.
Entre tantas terapias y retiros, el ser humano se estanca a veces en viejos muros del camino. Las actividades extraescolares y la culpa que producen a papis y mamis, la manipulación emocional en los anuncios comerciales, el peso de la jueza interior, el amor propio y su ausencia, las viejas heridas con nuestros mayores. Todo ello nos tiene dando vueltas en la rueda universal del hámster; se nos escapan los años, las décadas, y apenas sabemos cuánto hemos avanzado en esa eterna búsqueda de libertad, de lo básico, de la paz en la tripa, en la mente, en la noche.
Entre tanto ladronzuelo suelto hay uno al que no le damos demasiada importancia y al que hoy decido llamar al orden. Quizás por los tiempos rápidos en los que vivimos, quizás por esa lista infinita de metas a las que llegar para salir a la calle con la cabeza alta y cierto orgullo, aunque los demás no sepan mucho de uno, aunque no entiendan o comulguen con nuestras formas.
En agosto de 2024, Última Hora publicaba:
«Casi la mitad de los habitantes de Baleares padece un trastorno de salud mental»; «Los problemas de salud mental más frecuentes registrados en las historias clínicas de Atención Primaria son los trastornos de ansiedad, seguidos de los trastornos del sueño y los depresivos, y la tendencia va en ascenso desde 2016».
Canarias (51,8 %), Comunidad Valenciana (46,7 %), Murcia (42,4 %) y Baleares (41,6 %) eran las más afectadas.
Entonces recuerdo los años vividos en ambos archipiélagos, y otros tantos en Murcia, siempre lejos de mis primeros recuerdos: un pueblo andaluz y su olor a azahar.
LA IMPACIENCIA
Diosa del inframundo, golfa donde las haya, la más mala de todas, el pecado capital nunca nombrado, la ausencia absoluta de mi propio ser, apoyada por la vida moderna, alejada de las estaciones, de las lunas, del amor de la madre, del esfuerzo del padre.
Base de todas las calamidades, se alimenta de misterios lejanos, pensamientos heridos, orgullos desmesurados, injusticias mil. Es lo contrario a la respiración pausada de un bebé, contraria a las viejas lumbres con sus enormes cazuelas cocinando durante horas y horas el caldo que alimentará a todo el clan.
Es la bestia de las bestias: nos ahoga y nos hace sudar; nos pone coloraos, nos hace tropezar con nuestros pensamientos y boicotea nuestra sabiduría, aquella que siempre estuvo, desde el día en que nacimos, heredada a través de nuestro ADN.
Se presenta sin aviso, es descarada, dominante y va ganando terreno cada día. Nos roba la calma, el descanso, la regeneración neuronal; nos roba prudencia, sentido común, gratitud; nos lo roba casi todo y parece que se ha puesto de moda.
¿PODEMOS GANAR ESTA PARTIDA?
¿Quién sabe?
Recordar que la vida son 24 horas: centra el pensamiento en este espacio, trae la agenda al aquí y al ahora, durante el tiempo que necesites para valorar esta magnífica realidad.
Respirar, contando a cuatro y exhalar en seis, suavemente por la boca, como si soplaras con dulzura una vela sin intención de apagarla.
Muévete, haz calentamientos de articulaciones al empezar el día, cada vez que lleves un par de horas al ordenador; en cualquier lugar hay un rincón donde mover brazos y tu memoria te mostrará cambios.
Pasar diez minutos descalzo en cualquier parque o campo, huerta, playa, con los ojos cerrados, o abiertos mirando las hojas de cualquier árbol mecerse.
Ética, lealtad, nobleza, compasión por mí, protección, moral…
¿Cómo conectar con nuestra nobleza animal, mientras ahogamos la amígdala frente a tantos peligros irreales?
Ética, lealtad, nobleza, compasión, protección, moral. ¿Qué significan estas palabras hoy día?
Las reconocemos en cada vieja película del oeste, en las grandes novelas, en el teatro, en la vida real, y, sin embargo, suenan lejanas, casi una quimera llegar ahí, mantenerse, ser.
Entre tantas terapias y retiros, el ser humano se estanca a veces en viejos muros del camino. Las actividades extraescolares y la culpa que producen a papis y mamis, la manipulación emocional en los anuncios comerciales, el peso de la jueza interior, el amor propio y su ausencia, las viejas heridas con nuestros mayores. Todo ello nos tiene dando vueltas en la rueda universal del hámster; se nos escapan los años, las décadas, y apenas sabemos cuánto hemos avanzado en esa eterna búsqueda de libertad, de lo básico, de la paz en la tripa, en la mente, en la noche.
Entre tanto ladronzuelo suelto hay uno al que no le damos demasiada importancia y al que hoy decido llamar al orden. Quizás por los tiempos rápidos en los que vivimos, quizás por esa lista infinita de metas a las que llegar para salir a la calle con la cabeza alta y cierto orgullo, aunque los demás no sepan mucho de uno, aunque no entiendan o comulguen con nuestras formas.
En agosto de 2024, Última Hora publicaba:
«Casi la mitad de los habitantes de Baleares padece un trastorno de salud mental»; «Los problemas de salud mental más frecuentes registrados en las historias clínicas de Atención Primaria son los trastornos de ansiedad, seguidos de los trastornos del sueño y los depresivos, y la tendencia va en ascenso desde 2016».
Canarias (51,8 %), Comunidad Valenciana (46,7 %), Murcia (42,4 %) y Baleares (41,6 %) eran las más afectadas.
Entonces recuerdo los años vividos en ambos archipiélagos, y otros tantos en Murcia, siempre lejos de mis primeros recuerdos: un pueblo andaluz y su olor a azahar.
LA IMPACIENCIA
Diosa del inframundo, golfa donde las haya, la más mala de todas, el pecado capital nunca nombrado, la ausencia absoluta de mi propio ser, apoyada por la vida moderna, alejada de las estaciones, de las lunas, del amor de la madre, del esfuerzo del padre.
Base de todas las calamidades, se alimenta de misterios lejanos, pensamientos heridos, orgullos desmesurados, injusticias mil. Es lo contrario a la respiración pausada de un bebé, contraria a las viejas lumbres con sus enormes cazuelas cocinando durante horas y horas el caldo que alimentará a todo el clan.
Es la bestia de las bestias: nos ahoga y nos hace sudar; nos pone coloraos, nos hace tropezar con nuestros pensamientos y boicotea nuestra sabiduría, aquella que siempre estuvo, desde el día en que nacimos, heredada a través de nuestro ADN.
Se presenta sin aviso, es descarada, dominante y va ganando terreno cada día. Nos roba la calma, el descanso, la regeneración neuronal; nos roba prudencia, sentido común, gratitud; nos lo roba casi todo y parece que se ha puesto de moda.
¿PODEMOS GANAR ESTA PARTIDA?
¿Quién sabe?
Recordar que la vida son 24 horas: centra el pensamiento en este espacio, trae la agenda al aquí y al ahora, durante el tiempo que necesites para valorar esta magnífica realidad.
Respirar, contando a cuatro y exhalar en seis, suavemente por la boca, como si soplaras con dulzura una vela sin intención de apagarla.
Muévete, haz calentamientos de articulaciones al empezar el día, cada vez que lleves un par de horas al ordenador; en cualquier lugar hay un rincón donde mover brazos y tu memoria te mostrará cambios.
Pasar diez minutos descalzo en cualquier parque o campo, huerta, playa, con los ojos cerrados, o abiertos mirando las hojas de cualquier árbol mecerse.
Ética, lealtad, nobleza, compasión por mí, protección, moral…
¿Cómo conectar con nuestra nobleza animal, mientras ahogamos la amígdala frente a tantos peligros irreales?


















