Se cumplen 22 años de aquel 27 de julio de 2004, cuando las llamas devoraron en 8 días 34.291 hectáreas de monte mediterráneo, dehesa y matorral a lo largo de 13 municipios de las provincias de Huelva y Sevilla
Esta no es una historia de derrotas, sino de la unión de un pueblo que quiere aprender a hacer las cosas de otro modo y reinventarse. Y, como dice Ángel Luis Romero, alcalde de Berrocal (Grupo Crea Pueblo), “eso no se hace en un día”. Esta semana se han cumplido exactamente 22 años desde que una columna de humo observada a primera hora de la tarde en las inmediaciones de Minas de Riotinto presagiara el inicio de la mayor tragedia ambiental registrada, hasta ahora, en la historia de Andalucía. Aunque han pasado más de dos décadas, el primer edil asegura que “quedan muchísimas heridas, que nos van a acompañar durante toda la historia” porque el incendio de Berrocal “borró de un plumazo el ADN de un pueblo y eso cuesta recuperarlo”.
Aquel 27 de julio de 2004, las llamas devoraron en 8 días 34.291 hectáreas de monte mediterráneo, dehesa y matorral a lo largo de 13 municipios de las provincias de Huelva y Sevilla, dejando una cicatriz ecológica y humana que aún permanece en la memoria colectiva de la comarca del Tinto y la Sierra del Andévalo. La efeméride coincide este verano con una severa ola de incendios que vuelve a golpear con dureza a diferentes puntos de la geografía española, avivando el doloroso recuerdo de los vecinos que vivieron aquel infierno. El municipio de Berrocal se convirtió entonces en la zona cero del desastre, viendo cómo el fuego arrasaba más de 8.000 de sus 12.000 hectáreas y obligando al desalojo completo de sus más de 400 habitantes, quienes tuvieron que abandonar sus casas con lo puesto ante el avance imparable de un frente que llegó a cobrarse la vida de dos personas atrapadas en su vehículo.
“Teníamos el dudoso honor de haber vivido el mayor incendio de España en superficie calcinada y ya estamos este año en el puesto número 7 u 8. Es una realidad a la que nos estamos confrontando cada verano”, analiza el alcalde, que asegura que “podemos volver a vivirlo perfectamente, y de similares características”. Estos días, reviven su particular huida del incendio de hace 22 años “con cierta impotencia, nos vemos en el espejo”.

El desastre no solo transformó radicalmente el paisaje, reduciendo a cenizas frondosos alcornocales y pinares de incalculable valor ecológico, sino que asestó un golpe demoledor a la economía local. Sectores clave para el sustento de la zona, como la extracción tradicional del corcho, la apicultura y la ganadería extensiva, vieron destruido su medio de vida de la noche a la mañana. Además, dos personas fallecieron, un matrimonio que fue sorprendido por el fuego en el interior de su vehículo. “Se trata de zonas rurales, forestales, pueblos que ya de por sí están asolados por la despoblación y el fuego les da la puntilla”. En el caso de Berrocal, conservan la única cooperativa del corcho de Andalucía, que antes del incendio producía 10.000 quintales al año y el año pasado, según apunta el regidor, tuvo unos 1.000. “Hemos perdido el 90 % de la riqueza”.
Las llamas en poco tiempo avanzaban a unos 10 kilómetros/hora, arrasando las aldeas de Las Delgadas y Monte Sorromero, llegando hasta la provincia de Sevilla. Pese a que el incendio fue declarado oficialmente provocado, el único juzgado como sospechoso en los tribunales fue finalmente absuelto por falta de pruebas concluyentes, dejando una amarga sensación de impunidad que perdura entre los afectados.
Según informaba Ecologistas en Acción, en Berrocal se firmaron 350 convenios de colaboración entre la Junta de Andalucía y los pequeños propietarios afectados por el incendio, “no nos sentimos abandonados, eso fue así”, asegura el alcalde. De hecho, se construyeron infraestructuras que ahora luchan por recuperar y atraer al turismo de naturaleza y al educativo. “Y nació la Plataforma Fuegos Nunca Más, una iniciativa ciudadana que nos ayudó a canalizar”.

“Tenemos ilusión por el futuro, por inventar otro pueblo”
A pesar de ser una localidad eminentemente rural, en la que “todo el mundo sabía hacer la saca, teníamos mulos, trabajábamos lo forestal… una cultura ancestral dedicándonos a eso, en el terruño”. Ahora luchan por revertirlo porque, dicen “tenemos ilusión por el futuro, por inventar otro pueblo”.
Aunque dos décadas después “aún está siendo difícil, estamos luchando todos para que Berrocal siga adelante”, porque tienen la materia, el entorno y tienen la gente. “Queremos mantener la escuela, que nazcan niños, un pueblo para vivir”.
Asegura que se dieron cuenta de la necesidad de reinventarse “con los años, cuando salimos de la añoranza” de lo que eran antes del fuego. Tenemos “valentía e ilusión” por proyectos que pronto verán la luz.
Más de dos décadas después, y tras años de intensos trabajos de reforestación y conservación del entorno, la vegetación autóctona ha comenzado a recuperar terreno gradualmente gracias al esfuerzo de las administraciones y de colectivos de voluntariado ambiental. Sin embargo, en un escenario nacional marcado nuevamente por las altas temperaturas y el riesgo extremo de incendios forestales, la conmovedora lección de 2004 sirve hoy como un recordatorio urgente sobre la necesidad vital de proteger nuestro patrimonio natural y la vida en lo rural.



















