Por Juan Carlos León Brázquez, periodista, documentalista y bibliógrafo
Entre el éxito y el fracaso se mueven las historias de dos `nervenses´, con protagonismo en los golpes militares que buscaban cambiar el rumbo de la inestable y acosada II República. Una, la del vecino de Nerva, Julián Nieto López, guardia de Seguridad y Asalto, quien protagonizó en Huelva, en 1932, la detención del general Sanjurjo, cuando huía hacia Portugal tras fracasar su intentona golpista en Sevilla. La otra, la del teniente Tomas de Prada Granados, quien intentó detener en Ceuta a los militares implicados en el golpe militar de 1936, detalles conocidos por los testimonios de su primo hermano, también nervense, el pintor Antonio Granados Valdés, quien en ese mismo año se había incorporado al servicio militar en Regulares de la ciudad norteafricana.
La II República se vio envuelta desde el principio en una creciente inestabilidad política, en la que los militares ejercieron contínua presión que desembocó en el intento de golpe de Estado, en agosto de 1932, comandado por el general Sanjurjo, y en la rebelión triunfante, que él también organizó junto al general Mola, casi cuatro años después del primer intento, en julio de 1936. En la primera ocasión, el golpe militar desde Sevilla, fue protagonizado, como cabeza visible, por el navarro José Sanjurjo Sacanell, Teniente General que poseía la Cruz Laureada de San Fernando por sus actuaciones en Marruecos, entre ellas ser protagonista como jefe de operaciones, en 1925, del desembarco hispano-francés en Alhucemas, por el que también se le concedió el título de Marqués del Rif. Allí, en Marruecos, fue donde conoció al entonces comandante Franco, tras la creación de La Legión. Posteriormente fue confirmado por la II República (1931) como director de la Guardia Civil, cuerpo que puso inmediatamente al servicio del nuevo régimen, pero las reformas militares de Azaña no le agradaron, como tampoco la redacción del Estatuto de Autonomía de Cataluña. Unos sucesos en La Rioja, en los que la Guardia Civil se vio implicada en la muerte de varios trabajadores, hizo que el Gobierno decidiera sustituirlo y darle la Dirección de los Carabineros, de la que también fue cesado muy poco antes del intento de golpe que protagonizó en Andalucía.
El 10 de agosto de 1932 declaró, en Sevilla, el Estado de Guerra, que fracasó en toda España, especialmente Madrid. Logró la adhesión de las unidades acuarteladas en Sevilla, pero la tropa del aeródromo de Tablada se negó a secundar a sus jefes y la poca cooperación ciudadana hizo tambalear el golpe, que tampoco recibió el apoyo que suponía tendría en otras provincias. El día fue muy intenso y la “sanjurjada” quedó en el primer intento de golpe frustrado contra la II República, lo que hizo huir al general Sanjurjo, acompañado de algunos colaboradores. En las consecuencias inmediatas de aquel fracaso estuvo disolver el Tercio de la Guardia Civil con guarnición en Sevilla y suprimir la Dirección General de Carabineros. Una vez juzgado, Sanjurjo fue condenado a muerte, aunque le sería conmutada y cambiada por la de cadena perpetua, ya que no se quiso repetir el error de la monarquía de Alfonso XIII fusilando a los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández, quienes se sublevaron en Jaca, en diciembre de 1930, en su intento de derribar a la monarquía y proclamar la República, convirtiéndose ambos desde entonces en héroes republicanos. Todo fue muy rápido, ya que el golpe se produjo el 10 de diciembre y cuatro días después, tras un Consejo de Guerra sumarísimo, fueron fusilados, lo que levantó activamente a los republicanos que vieron cómo la II República llegaría cuatro meses después (abril 1931). Sin embargo, las conspiraciones empezaron inmediatamente y fue el general Sanjurjo quien protagonizó, en Sevilla, el levantamiento del 10 de agosto de 1932 y detenido en la madrugada del día siguiente.
Tras pasar por las prisiones de El Dueso y del Castillo de Santa Catalina (Cádiz), Sanjurjo fue amnistiado después de año y medio, en abril de 1934, por el gobierno radical-cedista salido de las elecciones celebradas unos meses antes, en noviembre de 1933. Se exilió en Portugal desde donde preparó un nuevo golpe, hasta el punto de que debía ocupar la dirección de la rebelión militar, pero un accidente de la sobrecargada avioneta que impidió ganar altura, pilotada por el monárquico, Juan Antonio Ansaldo, quien salvó su vida, en la mañana del 20 de julio de 1936, terminaría con la muerte del general golpista, que no pudo desabrocharse el cinturón, cuando intentaba volar de Estoril (Portugal) a Burgos. La intención de Sanjurjo era ponerse al frente del golpe militar, pero su muerte puso en bandeja a Franco el nombramiento de Generalísimo y Jefe del Gobierno del Estado, “mientras dure la guerra civil”, según se decía inicialmente en su nombramiento, aunque posteriormente se rectificaría.
Fue un vecino de Nerva, Julián Nieto López, entonces guardia de Seguridad y Asalto, destinado en la Comandancia de Huelva, quien protagonizó la detención de Sanjurjo en su primer golpe. A las cuatro de la mañana del 11 de agosto de 1932 se le ordenó, junto a dos compañeros, unirse a un inspector y a un agente policial, para establecer control y vigilancia en la carretera Sevilla-Huelva, ya que se les informó que Sanjurjo podría estar huyendo hacia la frontera portuguesa por Ayamonte. Inicialmente, en la entrada de Huelva, pararon a dos camionetas y a un coche donde iba un civil herido custodiado por guardias civiles, pero comprobaron que nada tenían que ver con el golpe. A las cinco y media de la mañana, según el parte oficial, al pasar junto al Barrio Obrero, llamado de Reina Victoria, de la Compañía inglesa de Riotinto en Huelva, observaron a dos automóviles parados. Uno, descapotable de color amarillo con matricula de Sevilla (SE 8209) y otro del Parque Automovilístico de Artillería (ARM 1958), conducidos por un soldado de artillería, Francisco Moncada Pérez, y un chofer civil, el gallego residente en Sevilla, Manuel César Vázquez. En el descapotable iban el general Sanjurjo y sus acompañantes y en el otro, la escolta formada por cuatro guardias civiles y un teniente del mismo cuerpo que los mandaba. Aquel grupo estaba en tan temprana hora del 11 de agosto en ademán de descansar de un viaje. Sanjurjo se había despojado de su uniforme militar y se había puesto un traje gris para pasar desapercibido. Los comisionados para el control se dirigieron hacia el grupo de agentes uniformados de la Guardia Civil que estaban situados junto al segundo coche, pero Julián Nieto, que iba retrasado, -según su propio testimonio- observó que en la cuneta había una persona agachada, vestida de civil, tratando de esconderse. Se acercó y, al girarse el escondido, el guardia reconoció a Sanjurjo, ya que realizó en Tetuán el servicio militar de cornetín bajo sus órdenes. Rápidamente le apuntó a la cara y le dio el alto con su tercerola (carabina con el cañón más corto), que le habían ordenado llevar expresamente al control. El general se alzó levantando los brazos a la vez que le pidió que no le tirase, porque “no hace falta, no pasa nada”, colocándose en medio de la carretera. El guardia llamó a gritos a sus compañeros del control que se volvieron hacia donde estaba ya encañonado Sanjurjo. También se acercaron vestidos de paisanos, el general de Brigada retirado, Miguel García de la Herrán, quien durante el golpe ocupó la Comandancia Militar de Sevilla y el teniente coronel de Estado Mayor, Emilio Esteban Infantes, mientras que el hijo del general, el capitán de artillería Justo Sanjurjo y Giménez-Peña, seguía con uniforme militar, quienes se habían distanciado del cunetero, pero ante la nueva situación desistieron al instante de la improvisada y pretendida distracción, al comprobar que el jefe del golpe militar había sido descubierto. Ni el teniente de la Guardia Civil (Antonio Díaz Carmona), ni las dos parejas del cuerpo (Juan Ramos Serrano, Ángel Zofa Martínez, Mariano Corneira Martínez y José Gallego Tabernero) que iban de escoltas en el segundo automóvil, hicieron ningún ademán de resistencia. En total, en los dos automóviles que buscaban alcanzar la frontera portuguesa iban 11 personas, armadas con fusiles y pistolas. Nieto, en el diario El Adelanto de Salamanca (sábado, 20 de agosto de 1932), declaró que hubiera disparado al general Sanjurjo de haber detectado alguna resistencia en el grupo, cosa que no se produjo, a pesar de que el control solo lo formaban cinco personas, los tres agentes de la Guardia de Seguridad y Asalto (Julián Nieto López, Miguel Romero García y José García Rodríguez), y los dos policías (el inspector de Vigilancia, Javier Valdivia Enlarte, y el agente de tercera clase, Luis Royo Mateu), frente al grupo de 11 elementos que huían hacia Portugal. Confesaba Nieto que el general Sanjurjo se mostró muy contrariado cuando no pudo convencer al piquete del control de que los dejaran marchar, siendo que, ya detenido, al ir a subir al coche sacó una pistola con la supuesta intención de suicidarse, pero le fue retirada por la acción rápida de su hijo el capitán Sanjurjo. El diario El Liberal diría que Sanjurjo estaba muy abatido por el fracaso. A las ocho de la tarde de ese viernes 11 de agosto, Sanjurjo, quien había sido calificado en el informe de la detención como “jefe del movimiento militar revolucionario”, ya había sido trasladado a Madrid, iniciándose un largo interrogatorio que duró hasta la madrugada del siguiente día. Según el diario La Rioja, del viernes 12 de agosto de 1932, Sanjurjo señaló que el movimiento era republicano, no monárquico, que iba dirigido contra el Gobierno y que si fracasó fue porque no contó con los apoyos que previamente se le habrían ofrecido.
El protagonista de esta detención, que insistía que solo había cumplido con su deber, fue llamado inmediatamente a Madrid, junto a sus dos compañeros, donde el sábado 13 de agosto, el presidente de la II República, Niceto Alcalá Zamora, los ascendió a cabo, recibiendo un homenaje en el Paseo de Coches del Retiro. También asistieron al acto, el jefe del Gobierno, Manuel Azaña y el presidente de las Cortes, el socialista Julián Besteiro, e incluso el general Queipo de Llano, uno de los protagonistas cuatro años después del golpe militar que llevó a la guerra civil, pero en ese momento era jefe del Cuarto Militar del presidente de República. En ese homenaje el nuevo cabo estuvo acompañado por su hermano Julio, telegrafista, también vecino de Nerva, quien se había casado en Nerva, en 1928, con una médico-pediatra de ascendencia hispano-inglesa, María Loreto Tapia Robson, que trabajaba en el Hospital de la Compañía británica en Riotinto. Julio terminaría siendo ajusticiado por el franquismo.
Ese mismo 13 de agosto de 1932, mientras se les homenajeaba en Madrid, en la Villa de Nerva, la directiva del Sindicato Minero de la localidad, la Agrupación Socialista de Nerva, la Juventud Socialista, el Consejo Obrero Ferroviario, , la Sección de Panaderos, la Sección de Camareros, dirigieron al alcalde y corporación, un escrito en el que señalaban que “un hijo de este nuestro pueblo”, había sido protagonista directo en la detención del General Sanjurjo, cabecilla de la rebelión, por lo que “creemos de justicia perpetuar el nombre de este humilde Guardia de Seguridad que no vaciló en jugarse su propia vida salvando así quién sabe cuántas de otros tantos inocentes, solicitando se le ponga a una calle de Nerva el nombre de JULIÁN NIETO LÓPEZ”. Según Antonio Rioja Bolaños, en uno de los primeros Nervae de los años ochenta, Julián Nieto era “natural de Nerva”. En el mismo Nervae indica que “el Ayuntamiento acuerda ofrecer un homenaje popular al guardia de Seguridad, paisano y convecino hasta hacia poco y, ahora, convertido en noticia periodística”.
Pocos días después, ya en septiembre, -tal como señala José Luis Olivares en la novela El canto del cisne-, aquel nervense, fue recibido con gran entusiasmo en la estación de ferrocarril de la localidad minera, siendo acompañado por todo el consistorio, un enorme gentío y una banda de música hasta la calle que fue rotulada con su nombre, la entonces calle Padre Marchena, descubriéndose la placa con el nombre de Julián Nieto. Cinco años después, en 1937, tras estar controlada la población por las tropas de Queipo de Llano, la calle volvió a su nombre inicial, calle de Padre Marchena, donde mis abuelos y mis padres vivieron muchos años. La comitiva, rodeada de fervoroso público se dirigió al Ayuntamiento, “desde cuyos balcones hablaron diversos oradores en defensa de la República ante la concentración popular que llenaba El Paseo”.
En la documentación sobre este tema, recogida por el periodista y político Pedro Corral, especialmente en el Archivo General e Histórico de Defensa, se refleja el juicio al que fue sometido acabada la guerra, Julián Nieto, por pertenecer al bando `rojo´. Nuestro personaje nervense, tras el golpe del 36 que dividió en dos a España, se encontraba en Madrid, en la Comisaría de La Latina, pero fue destinado a Toledo, participando en el asedio del Alcázar de Toledo. En agosto de 1936, a los cuatro años de su protagonismo en la detención de Sanjurjo, había alcanzado el grado de sargento, lo mismo que sus dos compañeros de la Guardia de Seguridad y Asalto que lo acompañaron en la detención de Sanjurjo, con la diferencia de que Miguel Romero y José García, se encontraban en Sevilla cuando el nuevo golpe militar de 1936 y quedaron adscritos desde el inicio de la guerra en la zona nacional. Julián Nieto, sin embargo, pasó toda la guerra civil en el bando republicano.
Al terminar la guerra fue denunciado por “rojo” siendo acusado, en noviembre de 1939, de “pertenecer a partidos enemigos de la patria de los que era un gran propagandista y de haber detenido al general Sanjurjo”. Se defiende diciendo que solo cumplió con su deber obedeciendo ordenes de sus superiores y que nunca perteneció a ningún partido ni sindicato. Comenta José Corral, que investigó y documentó estos hechos, que sorprendentemente se encontró un expediente de 1938, en plena guerra civil, contra Julián Nieto, en el que se le acusaba de ser “desafecto al régimen” (al republicano), pues según la denuncia escuchaba emisiones radiofónicas del bando nacional, mientras boicoteaba las del Frente Popular, amén de ser complaciente con los detenidos fascistas. Contestaría el enjuiciado que “el trato que daba a los detenidos es humanitario, sin distinciones”. A pesar de que sobre él pesaba el protagonismo de haber detenido encañonándolo a la cara al general Sanjurjo, su expediente se sobreseyó. El 18 de abril de 1940, el juez instructor mandó archivar las diligencias, “sin declaración de responsabilidad contra Julián Nieto” porque, pese a haber prestado servicio en el dominio rojo, “no se destacó por su actuación ni por la comisión de hechos delictivos”. Algunos familiares de Nieto aún viven en Nerva y uno de sus parientes es el periodista deportivo Juan Carlos Rivero Nieto, del que TVE emitirá en breve un documental, donde participé con esta historia.


De Prada tuvo en sus manos parar en Ceuta el golpe militar del 36
También poco conocida es la historia del teniente Tomás de Prada Granados, quien pudo parar el golpe militar de 1936 que desembocó en la guerra civil que elevaría al poder al general Francisco Franco. El pintor nervense, Antonio Granados Valdés, quien siendo un joven adolescente organizó en Nerva la huelga general de 1934, por dirigir las Juventudes Socialistas Unificadas y estar encarcelados los dirigentes locales del PSOE y UGT (Rodrigo León Ramos, Francisco Romero Marín y Francisco López Real), ante el creciente paro que por aquellos años existía en la cuenca minera del río Tinto, decidió, con 18 años, adelantar su servicio militar, por lo que contactó con su primo, el entonces teniente de Regulares, Tomás de Prada, quien lo reclamó para integrarlo en el Grupo de Regulares de Ceuta. En aquel momento, según su propio testimonio, que me narró mil veces y dejó testimoniado en su autobiografía, se estaban preparando dos unidades para defender la República. Tomás de Prada habló con el teniente coronel, jefe de Regulares, para que tuviera en cuenta la filiación política socialista del que sería profesor de dibujo y pintor, con gran proyección en Venezuela, e integrarlo en una de esas nuevas unidades. No solo eso, sino que Tomas de Prada, se ofreció a que su primo pudiera hacer el Bachillerato mientras hacia la mili pagándole los estudios.
Fue así, como Granados Valdés conoció de primera mano lo que sucedió en Ceuta en los días de julio de 1936, hace ahora 90 años, en los que se produjo el levantamiento militar. Él había llegado, al destacamento de los Regulares de Ceuta número 3, el 8 de enero de 1936, comprobando muy pronto que en la mayoría de los militares existía una profunda animadversión contra la democracia y la II República, “todo sin tapujos y a la cara, veían peligrar lo que habían conseguido con la dictadura de Primo de Rivera, solo unos pocos se mostraban fieles al régimen legal”. Esto hizo que Tomás de Prada advirtiese de esta situación a su primo Antonio Granados, quien buscó la compañía de esos militares, así como la de compañeros socialistas de Ceuta. Comenta Granados Valdés, en su autobiografía, que en Ceuta, se encontró con otro nervense, Antonio Pedraza, “militante libertario, practicante sanitario de profesión”, con el que inició amistad, aunque en Nerva no se habían tratado. Por aquel entonces el enfrentamiento entre socialistas y cenetistas era muy común en la cuenca minera, hasta el punto de que cada cual intentaba boicotear, incluso con armas, los mítines de los otros.
La llegada de Granados Valdés a Ceuta coincide con las terceras elecciones generales de la II República, que se convertirían en las últimas, al desembocar en la guerra civil e imponerse la dictadura de Franco. Elecciones que ganó el Frente Popular, la coalición de izquierdas, que hizo que Manuel Azaña llegara en mayo a la presidencia de la II República. Aquel triunfo supuso una división política más radicalizada, ya que las derechas, al perder el control del país que ostentaban desde 1933, consideraron que se había producido un pucherazo. La tensión en los cuarteles se intensificó. Granados Valdés escuchó al comandante Civantos que “España había de tener un régimen como el de Hitler en Alemania y Mussolini en Italia”, lo que comunicó por carta al entonces secretario general de las Juventudes Socialistas Unificadas, Santiago Carrillo. La llegada del general Oswaldo Capaz, sustituyendo al general Emilio Mola, como jefe del Ejército de África, hizo pensar que el relevo se producía para acabar con las conspiraciones, pero “Capaz dejó que todo continuara como bajo la dirección de Mola”. Las provocaciones de mandos militares de La Legión eran continuas.
El teniente Tomás de Prada, que había nacido en Nerva el día de San Bartolomé, patrón de la Villa, el 24 de agosto de 1896, había ingresado en el Ejercito, con 21 años, el 7 de enero de 1918. Procedía de tropa, pero fue ascendiendo, siendo que el grado de sargento lo obtuvo en 1924 y en 1928 aparece ya como alférez (DO N.223 de 10 de octubre), primero en el Regimiento de Pavía 28 y después en el GFRI de Regulares de Ceuta N.3 (Anuario Militar 1936), donde ascendió a teniente el 26 de marzo de 1931, con el N. 1071 de su escala. En 1936, el 12 de marzo, pasa en destino al Cuerpo de Seguridad y Asalto de Ceuta, siendo el responsable de seguridad de la ciudad, puesto en el que se encontraba cuando se produce el golpe militar de julio de 1936. Una de sus primeras órdenes fue mandar a la Guardia Civil que no detuviera a sindicalistas, tras unos incidentes con muertos por una huelga de obreros de la construcción. El propio Tomás de Prada se sumó al cortejo de los fallecidos, por lo que quedó señalado ante los militares reaccionarios contrarios a la República. De hecho, el odio hacia el teniente nervense se había originado por los informes que éste presentó denunciando los salvajes actos del teniente coronel Yagüe durante la represión ejercida en Asturias, en la huelga de 1934. Aquel informe fue entregado al dirigente socialista Indalecio Prieto.
Manuel Azaña eligió como presidente del Gobierno a Santiago Casares Quiroga, quien se encontró con una serie de conflictos que no supo resolver, mientras que en África el Ejército, con casi 20.000 soldados, del 5 al 12 de julio de 1936, realizó maniobras, dirigidas por el coronel Yagüe, preparando los detalles de lo que iba a pasar poco días después, conjurándose los mandos militares, quienes formalizaron su unión y lealtad en el “juramento del Llano Amarillo”, situado en el Valle de Ketama, en el Rif, a unos 200 kilómetros de Ceuta. Poco antes, el general Capaz que exploró y ocupó Ifni, fue llamado a Madrid, donde al iniciarse el levantamiento fue detenido y asesinado por milicianos anarquistas, por negarse a dirigir a milicianos republicanos. “Yo soy un jefe que manda soldados, no gentes alborotadas”, dijo. Mientras, Granados Valdés había sido destinado, como se le prometió, a una de las dos compañías creadas para defender a la República. El 17 de julio de 1936 se encontraba en la Estación de Radio Militar de Haddú (Ceuta), cuando supo que en Melilla se había producido una subversión militar, así se lo dijo el jefe de la Estación de Radio, “en Melilla fuerzas de la Legión y Regulares están combatiendo contra el pueblo”. Rápidamente Granados trató de informar al teniente Prada, pero las comunicaciones estaban cortadas en ese momento. Las tropas ceutíes fueron acuarteladas, con lo que se complicaron las comunicaciones.
A pesar de ello, Granados Valdés logró finalmente contactar con su primo Tomás de Prada, jefe de Seguridad de Ceuta, quien le dijo que conocía lo que estaba sucediendo y le solicitó prudencia y calma, pues había hablado con el presidente del Gobierno, Casares Quiroga, a quien le pidió autorización para detener a los golpistas que se habían reunido en el Casino Militar. Consideró en un primer momento que tenía fuerza suficiente para hacerlo, pero Casares se lo prohibió por creer que “todo era una sanjurjada” y que había que esperar para conocer a los implicados y después detenerlos. Granados Valdés, ante los acontecimientos, creía que aún tenían tiempo de huir a Tánger con los coches y los guardias de asalto que Prada tenía entonces bajo su mando y así se lo propuso a su primo, a lo que éste se negó, pues pretendía hablar con el presidente de la República, Manuel Azaña, para que lo autorizase a actuar contra los golpistas, concentrados en el Casino Militar. Tal pretensión no sucedió. El comandante Civantos, al que ya hemos citado, le quitó su pistola, lo envió detenido a la Fortaleza (Prisión de El Hacho) y allí lo asesinaron con dos tiros en la nuca, terminando la única posibilidad de detener el golpe en Ceuta. Mientras, Granados Valdés observaba cómo la euforia se apoderaba de los mandos militares de la plaza y los que permanecían fieles a la República eran detenidos y fusilados. Franco pidió al Ejército de África que defendiera a la República del comunismo. Hoy choca, pero Granados Valdés pudo leer un Radiograma que terminaba con Vivas a España, a la República y al Ejército. Días más tarde escuchó al propio Franco, con su voz aflautada, dando una arenga con esos mismos Vivas.
Granados Valdés, a pesar de la negativa de Prada, pudo huir a Tánger con su paisano anarquista Pedraza que se lo propuso, pero no lo acompañó, lo cual lamentaría toda su vida. No conocía aun la suerte de su primo y decidió quedarse en Ceuta. El legionario Mendoza, otro nervense, que estaba en la Plana Mayor de Yagüe, informó a Granados de que Nerva y casi toda la provincia de Huelva seguía en manos de la República, “en poder de los mineros de Riotinto”, aunque el salto de tropas a la península, que se estaba produciendo, hacia muy incierto el futuro. Granados fue detenido el 19 de agosto de 1936, por un chivatazo acusándolo de estar organizando la oposición al Movimiento Nacional y ser primo de Tomás de Prada, ambas cosas ciertas. Torturado, juzgado sumarísimamente en Consejo de Guerra, cuando aún no había cumplido los 19 años, fue condenado a pena de muerte. El destino final fue vagar durante toda la guerra civil por distintas prisiones. Pudo escapar al final de la guerra, cuando al ser detenido de nuevo y conducido a un batallón de castigo en Algeciras, saltó del tren y en su desesperada huida se le ocurrió alistarse en la Legión. Tras varios años de servicio, quiso pasar desapercibido en Asturias, por su apellido Valdés, pero allí se encontró con el falangista nervense Monís-Mora quien lo denunció, cuando ambos se encontraron trabajando en una fábrica de cerámica. Los testimonios de sus compañeros a su favor evitaron males mayores. Con la ayuda de su mujer decidió instruirse en la pintura, con lo que se fue a Madrid, siendo el único alumno de Nerva que tuvo Vázquez Díaz en su Escuela de la capital de España. En 1955, tras variadas peripecias, se autoexilió en Venezuela, donde aparte de sus clases de dibujo en la Universidad de Caracas, participó en la creación del Museo del que hizo la primera Guía (Guía, obras de arte de la Ciudad Universitaria de Caracas). Murió en Madrid, en 2020 durante la pandemia, con 102 años. Pude estar a su lado los últimos años de su vida y celebrar con él, en 2017, su Centenario.
Es ahora, a los 90 años de la guerra civil española, cuando estas historias se unen, pues de haberse autorizado al jefe de seguridad de Ceuta, el teniente Tomas de Prada, detener a los conspiradores en los primeros momentos del golpe militar de 1936, quizás la situación habría cambiado, por la posición estratégica y el papel principal de Ceuta en el golpe militar. En realidad, como en el caso de Nieto López, en 1932, estamos hablando de que dos nervenses fueron protagonistas activos, con diferente suerte, en los golpes militares contra la II República.




















