Una historia en el cementerio de El Campillo

Artículo publicado por el blog ‘El Ático de Jepane’ en noviembre de 2008:

El pasado día 30, tuve , por desgracia, que asistir al cementerio de El Campillo para despedir a una persona allegada.

Me fuí un buen rato antes de la hora al campo santo del pueblo vecino, el cual no conocía; y estuve dando un paseo por el. Había mujeres afanándose en limpiar las sepulturas o nichos a pesar del mal tiempo. Me llamo la atención un hombre mayor que «retocaba» unas flores en el monumento humilde pero importante que se le dedico a los «fusilados» en la IN civil guerra. A mi «buenas Tardes» este señor me respondió amablemente y casi sin darme cuenta entable una conversión amena con el.

Su nombre es Carlos, Carlos Pernil; y fue concejal del ayuntamiento allá por el año 1986 en el Campillo.

Carlos, me contaba, creo que sorprendido por mi curiosidad, cómo fue el poner este monumento.

«Todos los que fusilaron no tenían un recordatorio; en aquella época no podíamos hacer nada»; me decía Carlos, como disculpándose aún por no haber hecho algo antes. «Aquel año 86, los que estábamos en el Ayuntamiento de El Campillo decidimos hacerlo; el pequeño monumento o monolito lo costeamos con el dinero del partido, se decidió que se inaugurara el día de andalucia, el 28 de Febrero de 1986»; me sigue contando Carlos, mientras de vez en cuando mira de reojo al monumento en cuestión.

«Lo tapamos con una bandera de Andalucía y cuando se descubrió, los asistentes fueron depositando flores, rosas rojas principalmente, a su alrededor». Carlos Pernil hace una pausa, ha soplado un poco de viento y se agacha a comprobar que el jarrón de cristal lo haya dejado bien amarrado con una cuerda que yo no había visto hasta ese momento. Se gira hacia mi y prosigue diciéndome: «Desde entonces, yo le hago lo que le va haciendo falta………pinto las juntas, lo limpio, le cambio o retiro las flores mas estropeadas……………….Mira, ¿ves ese canasto de mimbre?, pues ese canasto tiene historia…..Vamos no el canasto en si, me refiero a que este puesto en ese lugar». Carlos, ese hombre que te gana con su simpatía a medida que vas hablando con el, parecía que me conocía de toda la vida, cuando en realidad hacia pocos minutos que nos habíamos puesto a hablar por vez primera. Y digo que parecía que me conocía, porque los que me conocen saben que basta «picarme» un poco como el acababa de hacer para interesarme mas por la historia o relato.

Dimos unos pasos hacia atrás y Carlos me miro con esa expresión que tiene aquel que no ha olvidado, aquel que recuerda, como si hubiese sido hace poco, una etapa de su vida que sin duda le dejo marcado. Esa mirada no me era desconocida; esa expresión, esa tristeza profunda que se adivina en lo mas profundo de los ojos ya la había visto yo en los ojos de mi abuelo ‘Palomo’ durante muchas charlas en aquellos felices días de mi infancia. Carlos comenzó su relato; el cual os transcribo aquí, pero obviaremos los nombres o apellidos de sus protagonistas, pues no se si al mencionar sus nombres los podríamos molestar.

«Yo tenía un compañero de clase- comienza a decirme Carlos-. Nos sentábamos juntos en la misma banca. El no tenía padre ni mas familia que su madre».

«Un día, al regresar a su casa comenzó a llamar a su madre, y no la encontró por ningún lado. Un vecino le dijo que había visto cómo a su madre se la llevaban los falangistas. El pequeño, ajeno a lo que esto podía significar, siguió el camino que el vecino le había indicado. Llegó mi amigo a lo que ahora es el parque de Los Cipreses; y fue allí donde se encontró con el cadáver fusilado de su madre».

«El pequeño reaccionó de una manera anormal, pues lo único que se le ocurrió fue comenzar a andar; sin rumbo, campo a través».

«Al caer la noche, había llegado a un cortijo de Valdelarco. Oiga- le dijo mi amigo al dueño de la finca- ¿podría darme de comer, que llevo hambre?; pero, chuiquillo, ¿de dónde sales tu? -preguntó aquel hombre extrañado, a lo que mi amigo respondió: de El Campillo. ¿Qué te ha pasado, zagal? -volvieron a preguntarle-, a lo que el chiquillo respondió entre lágrimas que le habían matado a la madre y que más familia no tenía».

«Aquellas buenas gentes le dieron de comer y le proporcionaron un sitio donde dormir. Le dijeron a aquel chiquillo que se quedara allí unos días».

«Y lo que iba a ser unos días se fue prolongando en el tiempo» -me dice Carlos, y continúa contándome:

«Las gentes de los cortijos de aquella época no sabían apenas leer ni escribir. Nosotros, los niños de la Cuenca, teníamos las escuelas de la compañía; y mi amigo se hizo mocito allí; ayudando a llevar aquel cortijo que le había abierto sus puertas». Con el paso de los años, el protagonista de esta historia (al que a partir de ahora llamaremos X, pues no sabemos si le molestaría el contar aquí esta su historia) se casí con una de las hijas del dueño de aquel cortijo, que no tenía vástagos varones; y siguió trabajando en la finca.

Marchó a Alemania unos seis años para hacer dinero; y luego creó una empresa de Jamones, la cual aún hoy perdura.

Los habitantes de El Campillo sabían que su vecino X seguía visitando la fosa común del cementerio, donde dejaba flores, al menos una vez al año; pues allí era donde habían ido a parar los restos mortales de su madre.

Carlos Pernil preguntó e indagó, y descubrió que esta visita se repetía cierto día de finales de agosto. Un año; no hace mucho; decidió quedarse todo el día en el cementerio «de aguardo»; a la espera de ver a su amigo de la infancia cuando fuera a dejarle las flores a la desaparecida madre.

«Estaba yo rondando por aquí cerca y me pareció ver a un hombre entrar con unas flores en la mano y detenerse ante el monolito»; comenta Carlos, como si estuviera reviviendo aquel día.

«Me acerqué a este hombre y vi que no era tan mayor, no llegaba a los cuarenta años, calculó yo; y le dije: Perdone usted, ¿Tiene a alguien aquí enterrado?» Sí; le respondió aquel hombre un tanto sorprendido; aquí yace mi abuela.

Carlos comprendió que aquel joven era hijo de su amigo X, y así se lo dijo: «¿Usted es hijo de X?» «Sí»; respondió el joven. «Pues perdóneme, yo soy un amigo de la infancia de su padre, nos sentábamos juntos en el mismo banco en el colegio y la verdad es que esperaba verle hoy a el». El joven le contestó a Carlos: «Mi padre murió el año pasado y yo le traigo las flores a mi abuela en su nombre. Mire usted, cuando yo fui lo bastante mayor para entender según que cosas, mi padre me trajo a El Campillo. Me enseñó dónde él había vivido, me llevó al parque de Los Cipreses y me señaló el sitio exacto donde fusilaron a mi abuela, donde él la encontró siendo un niño; y luego me trajo al cementerio y me hizo prometerle que cuando él no estuviera o no pudiera, yo traería las flores. Y eso es lo que haré el resto de mi vida.»

Carlos Pernil hace una leve pero significativa pausa al llegar a este punto de su relato, y me dice: «Tan solo pude decirle que me permitiera darle un abrazo».

Os aseguro que me quedé conmocionado por la historia, y casi no me atrevía a hablar, esperando a que Carlos me siguiera contando. Los dos nos quedamos mirando aquel canasto de mimbre que podéis observar en la foto. Yo solo pude decir que estas historias deberían darse en los colegios, para que jamás olvidemos lo que ocurrió, procurando así no volver a caer en aquellos errores, y para que valoremos TODOS lo que tenemos como se merece.

Por poco tiempo más estuve hablando con Carlos. Llegó la hora de marcharme y le quedé muy agradecido a aquel hombre que tanto me había enseñado en un rato de conversación, algo que quizás debiéramos hacer más a menudo, hablar y escuchar a los que más experiencias tienen, pues seguro que sacaremos provecho de ellas.

El día 1 fui a Sotiel, pero me detuve en el cementerio de El Campillo para hacer las fotos que acompañan a este Post, y en el mismo lugar me encontré a Carlos Pernil; cumpliendo con la tarea autoimpuesta de no olvidar a los que allí yacen. Estaba hablando con una señora, y cuando me vio esbozó una sonrisa. Tras el apretón de manos me dijo que estaba contándole a aquella mujer la historia de un ramo con una cinta que estaba allí, y que era en memoria de un chaval que durante un año y medio casi había estado escondido en un «doblao». Cuando él se creyó seguro salió y encontró la muerte a manos de la sin razón…………………………

Pero esa es otra historia que espero escuchar de boca de Carlos Pernil otro día.

Gracias Carlos Pernil por todo lo que haces e hiciste.

Nerva 1936. Historias de vida: Tres hermanos, tres suertes, tres muertes

Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás,
se ve la senda que nunca,
se ha de volver a pisar
(Antonio Machado)

Aquel fatídico día del 18-7-1936 supuso el comienzo de un amplísimo periodo, en el que miles de familias nervenses y de toda la Cuenca Minera, a imagen y semejanza de tantas y tantas otras en otras tierras de España, vieron truncadas sus vidas, sus expectativas, sus destinos. De repente, un brutal hachazo cercenó sus corazones ….

En la madrugada de ese día, entrando el 19, Miguel Guerrero González acababa de abandonar el domicilio familiar de sus padres en Nerva, en la calle Viriato, 37, a donde había acudido para visitar a su madre enferma.

Miguel, de 41 años, casado con una nervense, Isabel Carballo Bernal, con quien tuvo dos hijos, Manuel e Isabel, residía en la calle San Bartolomé, 27. Era capataz de la RTCL, en la Corta Filón Sur. Había nacido en el Cerro de Andévalo, aunque pronto se avecindó en Nerva junto a sus progenitores. Su padre se llamaba Manuel Antonio Guerrero, portugués de Santa Barbara de Nexe, el cual también había trabajado en la RTCL, y su madre, Milagros González Fernández, natural de Carmona (Sevilla). Estos tuvieron seis hijos: Miguel, Carmen, Antonio, Pilar, Elena y Ubaldo.

Había ingresado en la Compañía con 13 años en 1907, como pinche. Desde entonces había pasado por una serie de clases de trabajos y destinos en las minas, hasta alcanzar la categoría de capataz que desempeñaba en 1936.

Como decíamos, Miguel, una vez en la calle, en torno a las 12 de la noche, fue abordado por un grupo de personas que (según su declaración en el Consejo de Guerra de 9-8-1936) le obligaron “a ir con ellos a Huelva”…. Se estaban reclutando hombres en la Cuenca para constituir la llamada Columna Minera y marchar en apoyo de la Sevilla resistente al golpe de estado militar. Columna que comandaban los diputados onubenses en el Congreso Luis Cordero Bel (Partido Republicano Federal) y Juan Gutiérrez Prieto (PSOE).

Columna Minera en estos tiempos, en cierta medida, rescatada del olvido gracias al magnífico libro de Rafael Adamuz, titulado ‘La Memoria Varada’, publicado en 2014, que nos acercó a la identidad individual de sus componentes. Por cierto, que Rafael nos anuncia para muy pronto la aparición de una versión ampliada de su obra con aporte de nuevos contenidos.

Y también como no, agradecer al Grupo de Camas de la Asociación ‘Memoria, Libertad y Cultura Democrática’, quienes junto a la Coordinadora de la Cuenca Minera de Riotinto para la Memoria Histórica organizan cada 19 de Julio, desde hace unos años, un homenaje a la Columna Minera en La Pañoleta, y por tanto dan memoria a aquellos sucesos.

La Columna Minera fue traicionada por el siniestro comandante de la Guardia Civil y posterior Gobernador Civil y Militar de Huelva Gregorio Haro Lumbreras, que aparentaba ser fiel a la república y, sin embargo, advirtió a Queipo de su llegada. Cayeron emboscados en La Pañoleta donde murieron muchos de ellos y apresaron a 68. En el Consejo de Guerra, celebrado en la Audiencia de Sevilla (sin garantías legales), fueron decretadas 67 condenas a muerte (Miguel fue uno de ellos) y una de 20 años de reclusión a Manuel Rodríguez Méndez, salvado por el atenuante de ser menor de 18 años.

Miguel Guerrero González, encerrado junto a sus compañeros, y después de permanecer en unas condiciones paupérrimas en el barco Cabo Carvoeiro, anclado en el Guadalquivir, fue fusilado el 31 de Agosto de 1936 en Sevilla, junto a los demás miembros de la Columna en diferentes puntos de la ciudad y La Pañoleta. Eso sí, se aseguraron de asesinarlos después de haber tomado el total control de la Cuenca Minera. Sus cuerpos fueron arrojados en una fosa común del cementerio sevillano. Ochenta y dos años después, en 2018, parece que se iniciarán los trabajos para proceder a la búsqueda y exhumación de sus restos. Surge una lucecita de esperanza.

No acabó aquí la tragedia de la familia Guerrero González. Pocos días antes, el 26 de agosto, día en el que las tropas del ejército sublevado toman Nerva, apresan a su hijo menor, Ubaldo, nacido en Nerva, de 26 años, barbero de profesión, soltero, y sin más delito que pertenecer a una familia reconocidamente de izquierdas. Ese mismo día, también se llevaron al marido de la hija mayor de la familia, Carmen. Se llamaba Enrique Moya Núñez, de 40 años, barrenero en la RTCL y natural de Castillo de las Guardas (Sevilla). Carmen y Enrique eran padres de una hija, Carmen.

Según testimonios orales transmitidos por familiares ya fallecidos, vieron cómo a Ubaldo y Enrique los sacaron las tropas fascistas ensangrentados y con señales evidentes de haber sido torturados, y fueron montados en una camioneta, junto a otros presos, camino de su trágico destino. ¿Dónde fueron asesinados y dónde arrojados sus cuerpos?…. Las dos cármenes quedarían tristemente inscritas aquel día, como viuda y huérfana de padre. A día de hoy, 82 años después, seguimos sin tener noticias de donde fueron asesinados y arrojados sus cuerpos, si en Nerva o en cualquier cuneta de la provincia. A finales del 2017 se procedió al inicio de trabajos en las fosas comunes del cementerio de Nerva. Albergamos esperanzas (aun siendo conscientes de la dificultad que entrañan estos procesos) de que su destino fuera el cementerio nervense y de que esos trabajos nos puedan dar alguna luz sobre estos seres queridos para que sus restos puedan ser enterrados dignamente.

El único miembro varón de la familia Guerrero González, aun con vida después del 31 de agosto, era Antonio.

Antonio Guerrero González (1903), natural de Nerva, más conocido como ‘el Sastre’, afiliado a CNT-FAI, a la sazón en 1936 empleado del Ayuntamiento de Nerva y extrabajador de la RTCL (con 16 años trabajaba en el departamento de Fundición), tras la toma de Nerva por las tropas fascistas, huye con una columna denominada Rio Tinto-Nerva, vía Extremadura. Columna en la que ejerció el mando Antonio Molina Vázquez (secretario de la CNT nervense), y él como lugarteniente, alcanzando finalmente Madrid. Allí formó parte (entre otras unidades) de la 77 Brigada Mixta, alcanzando el grado de comandante, y en el estertor de la contienda estuvo al mando de la 9ª División del Ejército Republicano. Alcanzó el grado de Mayor de Milicias, junto a Antonio Molina Vázquez.

Durante la Guerra, actuó en los frentes de Ciudad Universitaria, Usera, Pingarrrón, Arganda y Cuesta de la Reina. Al final de ella llegó al puerto de Alicante, intentando salir de España, donde, junto a miles de republicanos, fue capturado. Pasó por los campos de concentración de los Almendros y Albatera (en Alicante) y de allí a la cárcel de Orihuela. Más tarde fue conducido a Madrid y durante tres años recluido en las cárceles de Santa Engracia, Santa Rita y Yeserías, donde fue puesto en libertad el 4-2-1942.

En Septiembre de 1942, fue detenido nuevamente en Madrid y encarcelado en la prisión de Porlier junto a otro nervense, José Noja Diañez, teniente y ayudante suyo en la 77 B.M. Ambos fueron juzgados en consejo sumarísimo y resultaron condenados a muerte por el delito de adhesión a la rebelión militar, siendo ejecutados el 12-8-1944 en Carabanchel Alto (Madrid).

Ambos fueron culpados, junto a otros, entre los días posteriores al 18-7 y la toma de Nerva el 26-8, de tomar parte activa y directa en la destrucción de la iglesia de Nerva, de saqueos en casas particulares, así como en detenciones de personas. Asimismo, de marchar con un numeroso grupo de milicianos a pueblos donde “sembraron la desolación y el crimen”. Dichos pueblos fueron Castillo de las Guardas, Aracena, Aroche, Higuera de la Sierra, Alájar, Rosal de la Frontera y la Palma del Condado, así como Huelva capital.

Antonio (el Sastre) estaba casado con Luisa Almaraz Vázquez, natural de Valverde del Camino, con quien tuvo dos hijos: Antonio y otro fallecido a temprana edad. Cabría señalar como dato a conocer igualmente en el relato de esta tragedia de hechos concatenados que un hermano de Luisa, y por tanto cuñado del Sastre, Juan Almaraz Vázquez, de 19 años, igualmente de Valverde, fue también integrante de la Columna Minera, ejecutado en Sevilla el 31 de agosto de 1936.

En la familia no tuvimos noticia alguna del final de Antonio, ni de su periplo en la Guerra Civil, si había muerto, ni cómo ni dónde, hasta el año 2010, y ello después de numerosas indagaciones en archivos militares y estatales. Empezamos a conocer su “historia de vida y muerte”, gracias al magnífico historiador Jose Mª García Márquez, que nos puso en camino, remitiéndonos a la noticia de su detención en Madrid (ABC de Madrid, Septiembre 1942), junto a otro nervense, José Noja Diáñez. De ese hilo tiramos hasta alcanzar a conocer su trágico final.

Así pues, el curso de las vidas de cientos de miles de hogares deshechos por tanta represión, por tantas víctimas, quedaron marcadas diametralmente, y todos (en su condición de vencidos) afrontaron el trance, buscando, cada uno a su forma, el retomar sus vidas, y pelearon lo indecible por seguir adelante.

Ochenta y dos años después, los descendientes de aquellos hombres y mujeres, defensores de la causa republicana y del gobierno legal constituido, seguimos portando su antorcha, la de la libertad y la justicia. Aspiramos a que se conozcan sus historias, para que nunca caigan en el olvido sus vidas, sus luchas, que no fueron en vano y por ende, a desenterrar sus maltrechos huesos arrojados en cualquier fosa, en cualquier cuneta.

Gracias al impagable trabajo de tantos y tan abnegados y buenos historiadores e investigadores, buceando en las fuentes, en la jungla del marasmo laberíntico de los archivos españoles, y a los ímprobos esfuerzos del movimiento memorialista, es seguro que ese olvido nunca se producirá.

Quisiera aprovechar la tribuna de Tinto Noticias para ejemplificar el esfuerzo de estas asociaciones en la figura de varios compañeros de los que siempre van en vanguardia: Cecilio Gordillo, Paqui Maqueda y Raúl Sánchez (en Sevilla y tantos y tantos lugares de nuestra Andalucía); y en Huelva y su Cuenca Minera, a Fernando Pineda, Miguel Ángel Harriero y Juan Barba. Gracias a todos ellos, extensible a miles de compañeros más. Sin todos ellos, sin su empeño diario, no habríamos llegado hasta aquí.

Pero no hay que cejar en estas tareas, voluntad no nos falta. Es imprescindible, como decía Antonio Machado, aprender de “la senda que nunca se ha de volver a pisar”. Y que esa enseñanza se trasmita a los jóvenes de este país desde las escuelas, como una asignatura fundamental. En estos tiempos de tanta incertidumbre y retroceso se hace vital este mensaje.

Quisiera terminar apelando a la esperanza, que nos impulsa a seguir trabajando para que la memoria de nuestros antepasados salga a la luz, que sus nombres se dignifiquen. Este país tiene una deuda profunda con ellos. Que la Verdad resplandezca, que se les haga Justicia y sus nombres e historias sean Reparados.

Dice la esperanza: un día
la verás, si bien esperas.
Dice la desesperanza:
sólo tu amargura es ella.
Late, corazón… No todo
se lo ha tragado la tierra

(Antonio Machado)

Luchemos con esperanza. De la tierra aflorará la Verdad.

Miguel Guerrero Larios

Las motivaciones minero-agrícolas de la manifestación del 4 de febrero de 1888

Cuando se analiza lo ocurrido en la gran manifestación de El Año de los Tiros, que desembocó en la mayor desgracia que jamás se había dado en la provincia de Huelva, es reiterativo preguntarse una y otra vez por las causas y el peso específico de cada sector participante en ella. Cuál fue la contribución del descontento de los jornaleros de la mina –como se denomina en el registro civil de Minas de Riotinto a los obreros mineros– y su huelga, y cuál la de los propietarios agrícolas que denunciaban los perjuicios que les ocasionaba el sistema de calcinación al aire libre de las piritas, como las pérdidas de sus pequeñas o grandes cosechas o daños a las dehesas, abrevaderos de los animales incluso o a cualquiera de las explotaciones agrícolas, de encinares o pecuarias que constituían sus medios de vida. Y la mayor demostración del protagonismo de ambos sectores, agrícola y minero, queda reflejada en las diferencias de motivos que se priorizan por los jefes de la RTC en Minas de Riotinto para su difusión en Huelva y las vertidas en el Informe que enviaron a Londres exponiendo los hechos (1).

Los directivos londinenses –superiores de los de la compañía en España– demandaron explicaciones sobre lo ocurrido ese fatídico 4 de febrero a los directivos de Riotinto. Y ya empieza siendo llamativo que la respuesta sea del día 9 de marzo, más de un mes después de los hechos, con la justificación de que han consultado diversas fuentes para recabar datos, aunque nada de lo referido después añade algo a lo que ya se conocía días antes de la masacre. No hay descripción de declaraciones de testigos, vecinos u otras vías de información. Nada que explique la demora de un mes en contestar a la petición desde Londres.

Por otra parte, cuando se entra en el contenido del Informe, es muy significativa la diferencia de explicaciones que dan para contestar a los directivos de Londres y las que se publicaban en España. Aquí se ofrece en sus medios de difusión una interpretación que culpa a los “antihumistas” del conflicto y, aunque reconocen y explican las reivindicaciones de los obreros de la mina, no las consideran realmente importantes ni suficientemente justificativas de 1os sucesos. Minimizan las razones laborales y presentan a Londres unas causas del conflicto que se centran en el sistema de beneficio de teleras por encima de todo. De ese modo, se exculpaba la dirección de la compañía en España porque era bien sabido que el sistema de calcinar al aire libre se había decidido desde Londres, ya que en el contrato de compra-venta se decía que la empresa tenía “perfecto derecho a beneficiar los minerales por el procedimiento que juzgue más conveniente”.

Así, el Informe dice a este respecto literalmente:

“Ha sido enviada una larga lista de peticiones de los trabajadores y lo que sigue a continuación es un resumen de las demandas hechas:
1. Supresión de todos los contratos.
2. Supresión de la peseta de pago al servicio médico.
3. Supresión de la deducción por tiempo perdido a causa de los humos.
4. Tener el salario diario fijado en 16 reales por día y si saliera el mineral (por ser muy bueno) a 20 reales, que la compañía se quede con la diferencia.
5. Supresión de todas las multas (2).
6. Supresión de la multa de 10 reales por perder el Libro de Anticipos la primera vez y de 20 reales, si ocurriera una segunda.
7.
 Indemnizar los perjuicios ocasionados a todo el que trabaje en el establecimiento.
8. Tener 8 horas de trabajo.
9. Supresión de las calcinaciones al aire libre”.

Y, de esa lista, dice el propio informante, “puede comprobarse que muchas de las peticiones son a tan largo plazo que resultan triviales para ocupar la atención del Consejo”, comentario que refleja de manera clara y precisa la concepción de la dirección de la Rio Tinto Company en España acerca de las demandas obreras del momento, a las que no consideraba dignas de tener en cuenta. Pero, sin embargo, no olvida las reivindicaciones donde se hacía visible la conexión con el tema de “los humos”: la nº 3, “supresión de la deducción por tiempo perdido a causa de los humos”, y la última, nº 6, de “supresión de las calcinaciones al aire libre” –las teleras–, que era lo que les interesaba destacar a los directivos españoles.

Si el redactor del informe generalizó la demanda del punto nº 6, de supresión de las calcinaciones al aire libre, diciendo que su lista era “un resumen” de las demás y no era cierto, o si, tal vez sólo aparecía en el listado de Maximiliano Tornet y el informante la maximizó, es imposible saberlo. Pero viendo las tablas reivindicativas de los distintos departamentos de la mina, entre las peticiones de mejoras laborales, sí se alude en muchas de ellas a los “días de manta”. Lo que está claro que deseaban los obreros era que no les descontaran el tiempo que se perdía en esos días –que cada vez eran más y en los que veían su jornal reducido a la mitad– y, si se hubiera aceptado, tal vez ni hubieran mencionado las calcinaciones al aire libre. Es una posibilidad muy plausible porque lo que oían continuamente de la propaganda de la empresa era que sin calcinaciones al aire libre no podría haber actividad minera. Fueron las consecuencias de “los días de manta” lo que les unió a los antihumistas.

La estrategia de la RTC en Huelva fue claramente defensiva porque, de haber dado importancia a las causas laborales, la empresa en España podía haber sido juzgada por los directivos de Londres como culpable de no haber sabido evitar un conflicto tan grave con un final de tragedia. Era imprescindible liberarse de toda responsabilidad, por lo que se resta importancia a las demandas obreras, tratándolas de “disparates” y hasta llegan a expresar en más de una ocasión no comprender cuáles eran los verdaderos motivos de queja de los obreros. Justifican cada medida tomada por los Jefes de cada departamento de la mina con profusión de detalles y, de hecho, la versión que el Staff de la Compañía en España quiere mostrar a Londres se aprecia bien en la síntesis final del Informe, que dice así:

«Hemos estudiado muy detenidamente todos los aspectos relacionados con los negocios de la Compañía y la reciente huelga y motines, y no podemos encontrar nada en ninguna de las quejas de los hombres, o en la conducta de los directores, que indique por un solo momento que la huelga fuera causada por el trato que los hombres habían recibido por parte de los directivos de la compañía».

Sin embargo, en el diario La Provincia, voz de la RTC de Minas de Riotinto, se insistía en lo contrario: que todo se había debido “al descontento obrero, a las reivindicaciones laborales y a unos pocos caciques”, porque el líder Maximiliano Tornet “había envenenado a 1os ingenuos obreros”, les había confundido y logrado alterar y conectar con la protesta de “los caciques”.

¡Curiosas discrepancias! En España, en Huelva, la empresa trata de demostrar que la causa primordial del conflicto había sido laboral, para minimizar la fuerza de los antihumistas y su eco hasta en el gobierno de la nación. Pero, de cara a Londres, la causa del conflicto había sido el sistema de calcinaciones al aire libre, para no atribuirse a sí mismos una mala gestión laboral y dar a entender que el problema lo había ocasionado el sistema de beneficio decidido desde arriba.

La realidad es que la huelga obrera que había comenzado el 1 de febrero fue total el día 4 y para ese día se había convocado la manifestación que uniera a ambos sectores. De un lado, los representantes de veinte pueblos, la extensa zona que se sentía perjudicada por la mina, habían preparado cuidadosamente su marcha hacia el Ayuntamiento de Riotinto para que suprimiera las teleras. No en vano la “Liga Antihumista” llevaba presionando ocho años, con estancias hasta de seis meses en Madrid, para estar en contacto con políticos de las Cortes españolas, y ahora se les presentaba la ocasión de hacerlo en Riotinto (3). Del otro lado, a los obreros mineros les resultó muy conveniente que la “Liga Antihumista” estuviera también en contra de la empresa. Los dos grupos se unieron para ejercer presión y los “días de manta” fue el punto de confluencia porque no habría descuentos de “manta” si no había calcinaciones al aire libre.

No hay duda de que la manifestación conjunta fue masiva, pero lo que avala la consideración de quienes no la denominamos protesta ecológica es que la demanda clara de los obreros de la mina era que no les rebajaran el jornal por causa del sistema empleado. Y, las mayores quejas de los antihumistas eran por el incumplimiento de la compañía que expropiaba e indemnizaba, pero no en una medida satisfactoria. Ni demarcaban el terreno realmente afectado, ni pagaban lo que se demandaba ni en los tiempos acordados. Siempre fue una compensación muy escasa y con grandes retrasos. Solo en alguna ocasión se insistía en que no se trataba de indemnizar, sino de no arrasar los campos y cultivos, pero eran voces aisladas. Por último, para los grandes propietarios –los “caciques”– no fue una razón menor su rechazo ante la actitud avasalladora de la Rio Tinto Company y ante la evidencia de su pérdida de influencia política. Fue una situación muy compleja donde no es que fuera inexistente una conciencia ecológica, sino que no podían permitirse el lujo de contemplarla siquiera.

Reivindicaciones mineras y agrarias se sintieron fuertes uniéndose frente a la compañía. Sin embargo, tristemente, darían lugar al gran movimiento y manifestación de 1888 que terminó en muerte y desolación.

(1) Legajo 100-B-8-iii. Archivo de la Fundación Riotinto. Minas de Riotinto (Huelva).

(2) Era costumbre imponer multas por muchos motivos de fallos de funcionamiento interno, pero las dos principales eran multas por falta de puntualidad , que eran progresivas si se repetían, y por extraviar libros de anotaciones en los que tenían esas responsabilidades. Todo ello era una muestra de las secuelas de un trabajo ancestral campesino, en que no había que llevar rígidas contabilidades ni importaba si se llegaba más tarde algún día. Les costó, como a todos aquellos de quienes se ha tenido documentación al respecto, la integración en la fábrica, la disciplina que impuso la revolución industrial.

(3) La demanda se apoyaba en la supresión ya efectiva en otros pueblos en base al artículo nº 72 de la Ley Municipal que autorizaba a los ayuntamientos “a velar por el bienestar de sus vecinos, incluso en el caso de tener que prohibir actuaciones que fueran contrarias a ese propósito”. Así se había logrado en Calañas desde 1886 y en otros lugares posteriormente.

Lola Ferrero, catedrática de Escuela Universitaria de Historia Contemporánea

Concha Espina, una figura fundamental en la difusión del Año de los Tiros

En estos días en los que vuelven a recordarse los relevantes hechos sucedidos en la Cuenca Minera durante el Año de los Tiros, es necesario recordar la figura de la escritora y periodista Concha Espina, María de la Concepción Jesusa Basilisa Espina, (Santander, 15 de abril de 1879-Madrid, 19 de mayo de 1955). Una persona cuya labor fue fundamental en la historia contemporánea de la comarca, al haber sido la autora del mítico libro ‘El Metal de los Muertos’, donde se narran aquellos hechos del 4 de febrero de 1888. Pero, además, Espina fue prioritaria también en que aquel acontecimiento se conociera fuera de las fronteras provinciales, gracias a sus artículos periodísticos.

Una figura que ha sido especialmente estudiada por el periodista e investigador nervense Juan Carlos León Brázquez, que cuenta con numerosas publicaciones y ha ofrecido diversas conferencias sobre la vida personal y profesional de Concha Espina, en una actividad inestimable por reconocer el importante trabajo de esta mujer, adelantada a su época.

No en vano, Concha Espina fue una escritora precoz, puesto que con tan sólo trece años comenzó a escribir versos. Sus primeras líneas las publicó en el periódico santanderino El Atlántico. Lo hizo con el seudónimo de Ana Coe Snichp, algo muy habitual entonces.

En 1891, fallece su madre y, un año después, su familia se traslada a Ujo (Asturias), donde su padre comenzó a trabajar como contable en las minas. De esta forma, María de la Concepción comenzaba su conocimiento de la situación de los mineros, tanto asturianos como onubenses.

En concreto, la relación de Concha Espina con Huelva se inicia a raíz de las crónicas periodísticas que la escritora firmaba diariamente en la prensa contando lo que sucedía en la Cuenca Minera onubense, noticias que inspiraron el relato de su novela ‘El Metal de los Muertos’. Esta obra consagró a la santanderina como periodista y, por supuesto, como escritora. La publicación tuvo un enorme impacto, siendo recordada aún en la actualidad, lo que pone de manifiesto su relevancia.

En su vida personal, Concha Espina se casó en 1894 con Ramón de la Serna, con el que se trasladó a Chile, donde tuvo dos hijos, Ramón y Víctor. Esta faceta más íntima la compaginó con el periodismo, ya que Espina fue corresponsal en Chile del periódico El Correo Español de Buenos Aires y colaboró en varios rotativos iberoamericanos.

A su regreso a España en 1898, Concha Espina intensifica su labor como escritora, tanto de obras literarias como por sus colaboraciones en los diarios La Atalaya o El Cantábrico, los principales periódicos de Santander a inicios del siglo XX. En 1903, Espina escribe su estudio ‘Mujeres del Quijote’ y sus poemas Mis flores, mientras que en 1909 publica su primera novela: ‘La niña de Luzmela’.

En este punto de su carrera se traslada a Madrid, donde en 1918 estrena la obra de teatro ‘El jayón’, basada en un cuento suyo. A partir de aquí, su carrera literaria continuaría con tres obras más, ‘Esclavitud y libertad’, ‘Retaguardia’ y ‘La luna roja’, publicadas durante la Guerra Civil, cuando ya se había separado de su marido, que había sucedido en julio de 1934.

Entre otros muchos reconocimientos, Concha Espina recibió en 1924 el Premio de la Real Academia Española por ‘Tierras del Aquilón’, fue nombrada Hija Predilecta de Santander y le otorgaron la Orden de Damas Nobles de María. Además, en 1935, fue nombrada miembro de honor de la Academia de Artes y Letras de Nueva York y, en 1950, recibe la Medalla del Trabajo, cinco años antes de su fallecimiento en Madrid. Galardones a los que se podría haber sumado el Premio Nobel de Literatura, al que fue propuesta en diversas ocasiones.

En definitiva, una mujer muy destacada en la historia de Huelva, pionera en numerosos ámbitos, incluido en la denuncia de la situación de los mineros onubenses. Por todo ello y mucho más, merece ser recordada.

(*) Para la elaboración de este artículo, hemos seguido principalmente el trabajo titulado ‘Tras los pasos de Concha Espina. Escritoras y periodistas en la sombra: El caso de Félix Bulnes’, de Mari Paz Díaz Domínguez. Puede consultarse en el siguiente enlace: http://rabida.uhu.es/dspace/bitstream/handle/10272/11734/Tras_los_pasos_de_Concha_Espina.pdf?sequence=2

El testimonio de Silverio Castañón sobre la Columna Minera y su batallón Riotinto

Durante las investigaciones que realicé en 2015 sobre la Columna Minera de Río Tinto, una de las grandes sorpresas fue el descubrimiento de un artículo publicado en Mundo Gráfico del 1 de septiembre de 1937, en el cual se entrevista a Silverio Castañón, persona de la cual ya tenía referencias al ser el que firmaba en prensa las peticiones de unión al Batallón Río Tinto.

Silverio Castañón pasó a ser desde ese momento para mí uno de los grandes protagonistas de la historia de la Cuenca Minera de Río Tinto. Les dejo algunos extractos de dicho reportaje:

De aquel venero de carbón y de energía revolucionaria que es la cuenca minera de Asturias, nació el 26 de agosto de 1906 Silverio Castañón.

El año 17, después de aquella sangrienta huelga de agosto, entró Silverio Castañón en la mina.

-Había muerto mi padre -dice- y fui a sustituirle, ingresé en el Sindicato Minero Asturiano y en la Juventud Socialista. Allí estudié. Y en los Ateneos de la cuenca minera. Poco a poco iba delineándose en mí el sentimiento socialista puro, que había de llevarme al Partido, en 1923, con un convencimiento y un entusiasmo que se expresaba en mítines y conferencias y en cuartillas escritas apresuradamente para la Prensa obrera, muchas de ellas publicadas en La Aurora Social, el periódico que sirvió de matriz al diario de Oviedo Avance. Una huelga en 1919 fue el motivo de que me detuvieran por primera vez. Luego, por otras huelgas, por artículos periodísticos, por discursos en mítines, me detuvieron otras muchas veces.

-En 1926 ingresé como voluntario en el Ejército, con un año de anticipación a la fecha en que me correspondería entregarme obligatoriamente en filas. Así podía elegir Cuerpo. Y elegí el regimiento de Artillería Ligera de Campaña, de guarnición en Burgos, donde me cogió el levantamiento de los artilleros contra Primo de Rivera. La Dictadura, que había chocado ya con los obreros y con los intelectuales, con el pueblo y con la burguesía -recuerda Castañón-, tropezaba también con la hostilidad de una de las más poderosas entidades militares. La sublevación tenía un carácter anti dictatorial, quizá más concretamente antiprimorriverista. Pero yo participé en ella por lo que pudiera servir a una auténtica revolución, al grito de «¡Abajo la Monarquía!»

Después, Castañón volvió a Asturias. Y a la mina. Y a las organizaciones socialistas asturianas.

-Volví a la mina, ya con la categoría de minero de primera. Y allí seguí haciendo propaganda revolucionaria. Así llegó Octubre de 1934.

La tragedia del Octubre rojo asturiano rehace sus más patéticas imágenes en el relato de Silverio Castañón.

-El día 5 de aquel Octubre habíamos proclamado ya en Turón, con sus veinte mil habitantes, la República Socialista. Nuestros combatientes habían conquistado dos cuarteles de la Guardia civil y uno de guardas jurados de las Hulleras, incautándose de algunas armas. Turón estaba tranquilo, y pudimos abandonarlo para dirigirnos a Campomanes, donde aguardamos al batallón Ciclista de Palencia, que iba a pasar por allí. Nosotros seríamos unos doscientos. Pocos para el número de hombres que llevaba el batallón. Pero la superioridad numérica del enemigo la compensó nuestra decisión de victoria. Y en Campomanes quedó aquel batallón Ciclista de Palencia destrozado.

-Todavía, con mis hombres, fui a Oviedo, y participamos en la toma de las principales calles de la capital, hasta que me nombraron comisario general de la zona del Caudal, con tres Concejos, que era uno de los frentes más duros de la lucha, por donde las fuerzas que enviaba el Gobierno para someternos presionaban más.

-Pero llegó un momento en que ya la resistencia y el heroísmo de las masas obreras revolucionarias de Asturias resultó inútil. Fue cuando, por acuerdo del Comité, pactó con el Mando militar, que representaba al Gobierno, Belarmino Tomás.

-Después de asegurada la retirada de nuestros hombres—continúa recordando Castañón-, cuatro de los más responsables salimos juntos en busca de refugio con dirección a los Picos de Europa. No nos quedaba abierta otra salida ya. Ocho días anduvimos escondidos por puertos y montañas. En Ponga nos salvamos de la Guardia civil, ocultándonos en una presa de molino, en el agua, debajo de los juncos. Así pudimos llegar hasta Torrelavega. Pero allí alguien que nos reconoció nos denunció a los guardias, y nos encontramos, por sorpresa, envueltos por fuerzas de Carabineros, de Guardia civil y de Policía. El consejo de Guerra me condenó a pena de muerte y trescientos cuarenta años de prisión. La sentencia la confirmó el Tribunal Supremo. Pero no se cumplió.

-Mientras tanto, yo desde la cárcel, reorganicé las Juventudes Socialistas Asturianas, y seguí escribiendo artículos y folletos revolucionarios.

Cuando la revolución asturiana triunfó en las elecciones con el Frente Popular

-Con el triunfo del Frente Popular en las elecciones salí de la cárcel. Y volví a Asturias. Otra vez a los mítines y a las organizaciones mineras, que, rehechas, tenían que seguir actuando hasta conseguir un sistema social más justo. Para la elección de Presidente de la República vine a Madrid como compromisario, con la representación de doscientos doce mil electores. Y desde Madrid fui a la provincia de Huelva como secretario general de la organización de los mineros de Ríotinto.

Con los mineros de Ríotinto ante la sublevación militar

-Estaba en Nerva, un pueblecito de la demarcación de Ríotinto -sigue diciendo Castañón-, cuando estalló la sublevación militar. De allí me trasladé a Sevilla con doscientos mineros. Delante de nosotros iba una compañía de la Guardia civil. Yo había querido impedir que saliesen los guardias. Luché con el gobernador y con las representaciones del Frente Popular, que los creían leales. Pero yo no me fiaba de su lealtad. Y no me equivoqué, porque al llegar a Sevilla se volvieron contra nosotros y nos acribillaron a tiros. Tres días estuvimos en Sevilla, donde el pueblo todavía luchaba. Hasta que comprendí que allí ya nada podíamos hacer. Y regresé a Ríotinto a organizar las Milicias Mineras. Sobre Ayamonte tropezaron estas Milicias con las primeras fuerzas moras que los generales rebeldes habían incorporado a la sublevación.
Había que venir a Madrid a pedirle auxilios al Gobierno. Ante la superioridad de armamento del enemigo, los bravos mineros Ríiotinto no podían defenderse ya. Andando atravesé toda la provincia de Badajoz, evitando el encuentro con las líneas facciosas, que iban cerrando todos los caminos. Y pude, al fin, llegar a Madrid. Pero aquí no pudieron darme lo que pedía. Además, dispersos, fugitivos, aquellos mineros, los que quedaban de aquellos mineros, llegaban ya a Madrid también. Entonces ingresé como miliciano en las Milicias de El Socialista, con las que fui a Ciudad Leal.

Pero Silverio Castañón había visto combatir a los mineros de Ríotinto, y conocía su admirable resolución en la lucha. Y con los que llegaron a Madrid organizó el batallón Ríotinto, con el que, ya de comandante, no tardó en salir para Maqueda.

Herido en un pie, en uno de los combates del mes de Noviembre, ante Madrid infranqueable ya, Silverio Castañón fue destinado como inspector de la Comandancia General de Milicias en la Sección de Organización. Luego, al batallón Vanguardia Roja, con el que participó en los combates de la Casa de Campo, Cuesta de las Perdices, Puerta de Hierro, el jarama… Hasta que se le confió el mando de una brigada.

-Una brigada -dice- que hace para el enemigo inaccesible una de las entradas a Madrid. Aquel «¡No pasarán!» del mes de Noviembre lo han escrito ya en este frente muchas veces, con las puntas de sus bayonetas, mis soldados.

Pero calla que lo que sus soldados escribieron lo dictó antes, con la firmeza de sus veintitantos años de combatiente socialista, el comandante que encarna reciamente la voluntad revolucionaria de España.
J. R. C.

Miguel Ángel Harriero, secretario de investigación de la Asociación de Memoria Histórica de la Provincia de Huelva

Tres vecinos de Calañas fueron asesinados en la Cuenca Minera durante la guerra y la posguerra

De los 194 vecinos de Calañas y sus diferentes entidades que fueron asesinados durante la guerra y la posguerra en distintos puntos de la provincia, tres de ellos murieron en la Cuenca Minera de Riotinto, concretamente, dos en Zalamea la Real y uno en Nerva, mientras que 147 fueron asesinados en el término calañés, otros 30 en Huelva capital, 4 en El Cerro, 3 en Trigueros, 2 en Villanueva de las Cruces, 1 en Aracena y otros 2 en los municipios pacenses de Fregenal de la Sierra y Llerena, más otro en la zona del Ebro. Además, en Calañas se les dio muerte a otras 20 personas más procedentes de El Cerro, Alosno, Moguer, Valverde del Camino y Villanueva de las Cruces. Con estos datos encima de la mesa quedaron inauguradas este viernes, en La Zarza-Perrunal, sus I Jornadas de Memoria Histórica, enmarcadas en el ciclo que la Asociación de Memoria Histórica de la Provincia de Huelva (AMHPH) desarrolla en desde el pasado otoño en cinco localidades onubenses.

La inauguración corrió a cargo del presidente de la AMHPH, el campillero Fernando Pineda, del alcalde pedáneo de la entidad, Juan Manuel Serrano, y del delegado del Gobierno de la Junta en Huelva, Francisco Romero, que es, además, natural de La Zarza, por lo que ha mostrado «especial interés en compartir con sus vecinos estos momentos que recuerdan episodios muy duros de la historia de nuestra provincia», ha dicho Pineda, quien ha agradecido el gesto, agradecimiento que hace extensible a Juan Manuel Serrano y también al alcalde del municipio de Calañas, Mario Peña. «Todos ellos nos han dado toda clase de facilidades para que pudiéramos desarrollar el trabajo previo que requiere organizar unas jornadas como estas», ha señalado el presidente de la AMHPH.

El delegado del Gobierno de la Junta de Andalucía en Huelva subrayó durante su intervención que el Ejecutivo autonómico apoya la celebración de estos actos porque son «una oportunidad para recordar nuestra historia y porque es de justicia recordar y honrar a alrededor de 200 víctimas de La Zarza- Perrunal, Sotiel, La Torerera y de Calañas que se esforzaron por conseguir un régimen democrático».

Entre estas víctimas se contabiliza una decena de mujeres que fueron ultrajadas, a veces, únicamente por ser mujeres. «Por eso, aprovecho estas jornadas para homenajear aquí a Amparo Ramírez González, ama de casa, de 32 años que fue asesinada en El Perrunal, el 21 de agosto de 1936; a Asunción García, de 32 años, y Ana Pérez, de 49 años de La Torerera, quienes corrieron la misma suerte el 6 de octubre; a Isabel Rodríguez, el 8 de noviembre, así como al menos a otras seis mujeres más. Muchas otras fueron encarceladas, vejadas, paseadas, rapadas,…», afirmó Romero.

«Quiero resaltar -añadió- que la inclusión de la Memoria Democrática en la Consejería de Presidencia y Administración Local demuestra un impulso muy importante por parte del Gobierno andaluz, fortaleciendo la posición de nuestra comunidad autonómica que ya se encuentra en la vanguardia en el desarrollo de políticas públicas de memoria». Junto a ello, la Ley 2/2017, de 28 de marzo, de Memoria Histórica y Democrática de Andalucía ha supuesto un punto de inflexión de un largo camino que se inició hace casi dos décadas, concretamente en 1999, y que ahora se consolida.

Este año, además, hay un importante incremento presupuestario para el desarrollo de la Ley de Memoria Democrática de Andalucía, en capítulos destinados a estudios, jornadas y en actuaciones específicas en fosas y al proceso posterior de identificación genética que supone un incremento del 154% con respecto a 2017.

De acuerdo con esta ley, es la Administración de la Junta de Andalucía la obligada a realizar las actuaciones necesarias para recuperar e identificar los restos de víctimas desaparecidas y de elaborar mapas de localización de restos, así como la responsable de autorizar la localización, exhumación e identificación de restos y de autorizar la construcción o remoción de terrenos en los que se tenga conocimiento de la existencia de restos.

Relativo a la reparación a las víctimas, la legislación encomienda a la Administración de la Junta de Andalucía que promueva medidas de reparación y reconocimiento de las víctimas en el marco del Plan Andaluz de la Memoria Democrática, y declara el 14 de junio como el día de su recuerdo y homenaje. En relación a las fosas comunes en cementerios, la Junta de Andalucía impulsará el protocolo de actuación para dignificar las fosas comunes de las víctimas y asegurar su conservación para ser exhumadas en los cementerios municipales.

En la Ley de Memoria se recoge también la creación del Consejo Andaluz de la Memoria Histórica y Democrática de Andalucía que promoverá la creación de un Grupo de trabajo o comisión independiente. Ese grupo creará en las distintas provincias Puntos de Atención a las Víctimas. En este sentido, Huelva cuenta ya con la Oficina de Memoria Democrática, que viene desarrollando funciones de información y asesoramiento, asuntos de actuaciones específicas en fosas, de Lugares de Memoria Democrática y fundamentalmente establecer relación con familiares de víctimas, ayuntamientos, colectivos memorialistas, así como informar de ayudas de subvenciones y proyectos vinculados con la memoria.

Por su parte, el alcalde pedáneo agradeció «enormemente» a la AMHPH que haya tenido a bien elegir esta zona de la provincia para celebrar este cuarto encuentro memorialista. Serrano quiso destacar que «la represión allí fue muy cruel y que los episodios vividos marcaron la vida de muchas personas que no han podido olvidar y cuya dignidad no ha sido tenida en cuenta aún, por lo que ha destacado que la Ley andaluza ayudará mucho a que la gente sienta que se les tiene en cuenta y que su sufrimiento pueda ser resarcido».

El primer día de las jornadas contó con la conferencia del historiador Cristóbal García, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Huelva y experto en la historia de Huelva y su provincia de mitad del siglo XX, tras lo que, el sábado, el evento concluyó con la conferencia del responsable de Investigación de la Asociación de Memoria Histórica de la Provincia de Huelva (AMHPH), Miguel Ángel Harriero, y con los testimonios de los investigadores locales Juan José García Tornero y Pedro Márquez Fernández, que se esforzaron por buscar datos sobre los sucesos ocurridos en esta zona de la provincia de Huelva después del golpe de Estado que dio lugar a la guerra civil española. La AMHPH concluyó de este modo la cuarta de las cinco jornadas que componen el ciclo que viene desarrollando desde el pasado otoño y que “busca desenterrar una verdad demasiado tiempo silenciada”, ha dicho el presidnete de la asociación, Fernando Pineda.

Mas allá de los cerca de 200 vecinos que fueron asesinados en el término de Calañas, en su mayoría por los bandos de guerra (fusilamientos sin juicio alguno) y los consejos de guerra (sentencias con una «apariencia» de legalidad), «quienes sobrevivieron tuvieron que padecer también los castigos económicos derivados de los decretos y comisiones de incautación de bienes, que bajo el principio de que la guerra la tenían que pagar quienes la habían perdido practicaron la rapiña sobre familias y vecinos que habían apoyado la legalidad republicana», señaló Cristóbal García, quien pronunció una conferencia el viernes por la tarde ante el numeroso público asistente.

A partir de febrero de 1939, «la jurisdicción de Responsabilidades Políticas, artilugio jurídico franquista -adujo el profesor-, ejerció el castigo y control sobre los considerados enemigos del bando sublevado». Este experto en la Historia de la provincia de Huelva de mitad de siglo XX ilustró estas ideas con documentación referida directamente a La Zarza y El Perrunal, «aldeas que dada su condición de núcleos mineros y electoralmente afines a la izquierda durante la República padecieron con encono y minuciosidad la justicia de los sublevados».

Miguel Ángel Harriero, por su parte, mostró el sábado documentos del Archivo Municipal de Calañas, que ha rastreado minuciosamente en las semanas previas a estas jornadas; y ha destacado también que los más de 100 expedientes de prisiones de vecinos de la Zarza-Perrunal se encuentran en el Archivo Histórico Provincial; y los 67 consejos de guerra que se llevaron a cabo contra los calañeses y calañesas se ncuentran digitalizados por la Diputación Provincial.

Harriero, que ha estudiado los otros archivos municiales de los municipios en los que ya se han celebrado las jornadas (Aljaraque, Gibraleón y Beas), ha experimentado en esta ocasión algo especial porque es nieto de Miguel Harriero Márquez, natural de La Zarza, del cual ha mostrado los datos de alistamiento al «Glorioso Ejercito Salvador», tal cual figura en los documentos, «alistamiento forzoso a los 17 años, otra de las múltiples formas de represión y control que los sublevados utilizaron en la provincia y de las menos estudiadas hasta el día de hoy», resaltó.

Por su parte, el investigador local Juan José García Tornero hizo un recorrido por la memoria de La Zarza, «esa que se ha ido contando de padres a hijos», documentada con un listado de asesinados realizado por un vecino de la localidad. Entre los hechos que contó sobresale la exposición en el Pago de los cuerpos de los asesinados en La Zarza, según consta en uno de los expedientes digitalizados por la Diputación Provincial, que incluye fotografía de dicha exposición pública. El abogado Pedro Márquez Fernández expuso la importancia de la aplicación de la Ley de Memoria Histórica de la Junta de Andalucía y adujo que «a pesar de la brutalidad de la represión, no hemos sido capaces aún de recuperar la verdad, de hacer justicia y reparar el daño ocasionado por el franquismo». Márquez se preguntaba el motivo por el que la sociedad española «se ha olvidado de quienes cometieron el delito de ser fieles a la legalidad» y lamentó que los españoles «no hayamos sido capaces de realizar una segunda transición».

Estas jornadas que se vienen celebrando pretenden, entre otras cuestiones, incentivar el trabajo de los investigadores locales, ya que, «al encontrarse en el territorio, tienen a su alcance la posibilidad de rastrear los datos cotejándolos con testimonios de las propias víctimas que aún viven o que han dejado en sus familiares el recuerdo de aquellos días horribles que nunca debieron existir», ha señalado Pineda, quien ha reiterado su agradecimeinto a la Junta de Andalucía por su aportación económica para poder celebrar este ciclo. El presidente de la AMHPH ha puesto el acento en la importancia que va a tener para el futuro el contenido de estos actos, conferencias, exposiciones y charlas porque, «aunque no sea suficiente, estos pueblos saben más ahora que antes de lo que realmente pasó y nuestro deber es exponerlo con absoluta libertad y darle toda la difusión posible», concluyó.

El grito de un pueblo ante una traición: «Por los 300 Judas»

La imagen de cabecera parece una más de las muchas que dejan un testimonio gráfico de la época más trágica de la España del siglo XX. Ha sido una de las fotografías más utilizadas para ilustrar el periodo de la guerra civil en la provincia de Huelva. La primera edición del libro La guerra civil en Huelva, del historiador Francisco Espinosa Maestre, un estudio pionero en la recuperación de la memoria de una época oscura y silenciada, la tenía en su portada junto a otras dos, todas en color sepia. Ha sido empleada también por el historiador Joaquín Gil Honduvilla para la portada de uno de sus últimos libros publicados, Militares y sublevación, Huelva 1936, un recorrido por los sucesos de aquel fatídico año en esta provincia a través de los documentos militares y que ofrece una óptica distinta que merece la pena leer detenidamente, pues nos ofrece datos únicos extraídos 

de los relatos que los principales protagonistas militares reflejaban en sus informes. Pero, pese a ello, en muchas ocasiones, ha pasado desapercibida, se ha hablado poco de su contenido, de las frases escritas por los mineros en los camiones blindados para hacer frente a los sublevados fascistas.

Esta imagen ha sido una obsesión para quienes, como yo, socio fundador y miembro de la Asociación Provincial de Memoria Histórica de la Provincia de Huelva (AMHPH) como secretario de Investigación, hemos visto en ella más que una simple fotografía. Consignas como “Contra nuestros enemigos”, “Viva los mineros de Nerva” y “Por los 300 Judas” pueden verse junto a las siglas U.G.T. (Unión General de Trabajadores), F.A.I. (Federación Anarquista Ibérica), C.N.T. (Confederación Nacional del Trabajo) y F.I.J.L. (Federación Ibérica de Juventudes Libertarias). ¿Quiénes son los personajes que aparecen en ella? ¿Cuándo y dónde fue tomada? ¿Quién la tomó? Y, sobre todo, ¿qué significa “Por los 300 Judas”? Esta última pregunta llevaba rondándome desde el mismo instante que pude ver la imagen con la suficiente nitidez como para observar dicho grito escrito en el lateral del vehículo blindado.

Despejar ésta incógnita forma parte de esa misión inaplazable que nos hemos encomendado aquellos que formamos parte de asociaciones memorialistas, investigadores, historiadores, familiares y demás personas comprometidas con la verdad. Porque tenemos la necesidad, como sociedad, de esclarecer los hechos, de reconstruir y dignificar la memoria de todos aquellos que perecieron por luchar por la libertad, de todos aquellos que fueron asesinados tan sólo por ser quienes eran, por sus principios y su lealtad a sí mismos, porque si somos es porque fueron.

Así, entrando ya de lleno en ella, esta fotografía ha acompañado a más de un artículo sobre la historia de la Columna Minera, parada de golpe en La Pañoleta, a la entrada de Sevilla. Este hecho ha dado a muchas de las personas que han podido observar la imagen la idea de que el vehículo fue uno de los utilizados por dicha columna y de que la imagen fue tomada antes de la salida de la columna de mineros. En principio, incluso habíamos pensado algunos que la persona vestida de traje que aparece en la foto era el mismísimo Cordero Bell, diputado por Huelva que se ofreció a la recluta de mineros para la formación de la columna en la noche del 18 de Julio de 1936. Sin embargo, nada más lejos de la realidad.

La instantánea fue tomada por el fotógrafo Serrano, Juan José Serrano Gómez, en el marco de los trabajos de reportero gráfico que realizaba para el periódico ABC, el cual le encargó seguir de cerca la toma de la Cuenca Minera onubense. A él le debemos la mayor parte de las imágenes que ilustran sucesos acaecidos por la provincia durante esos días, en los que acompañaba al periodista Gil Gómez Bajuelo, con el cual ya había trabajado en varias ocasiones. Tal vez uno de los reportajes más importantes de sus carreras fuera la cobertura periodística y gráfica que también para el diario ABC realizaron de los sucesos de Casas Viejas en enero de 1933, a donde, curiosamente, fue enviado Luis Cordero Bell en comisión parlamentaria para investigar dichos sucesos. La persona que viste traje en la fotografía, finalmente, no es éste último, sino el periodista Gil Gómez Bajuelo, identificado gracias a la colaboración de Miguel Guerrero Larios (nieto de Miguel Guerrero González, uno de los 24 nervenses fusilados en Sevilla por los sucesos de la Pañoleta), quien lo corroboró en su visita a la fototeca del Archivo Histórico de Sevilla.

Tenemos que situarnos, primero, en el día 20 de agosto de 1936. A las 9 de la mañana la aviación sublevada bombardea Riotinto y Nerva, ocasionando 19 muertes, la mayoría mujeres. La fase final de la operación, bajo el mando de Álvarez de Rementería, dio comienzo el día 24 de agosto. Mientras, la columna comandada por Redondo ocupaba Campofrío, bombardeada desde tierra y aire. Las fuerzas de Varela Paz se dirigieron a Zalamea La Real, encontrando gran resistencia. Al día siguiente, y tras un bombardeo de seis horas, estas mismas fuerzas entraron en Salvochea (El Campillo), la cual fue poco después incendiada por la columna Redondo. Los mineros sufrieron muchas bajas. La noche del 25 al 26 un numeroso grupo de vecinos de Nerva y Riotinto encabezado por el alcalde de Nerva huyó a la Sierra. Fue el comité extraordinario entonces creado y formado por Antonio Fernández Ortiz, presidente de la Cruz Roja, Cristóbal Roncero, director del hospital municipal, y Francisco Macarro, presidente del comité de abastos, el que unas horas después se acercó a El Madroño para comunicar a Álvarez de Rementería que podía entrar en Nerva cuando quisiera…

Entregando una carta con los siguientes términos:

La presencia de las fuerzas del General Queipo de Llano, en pueblos inmediatos y a la seguridad de que pronto han de ser atacadas las viviendas de nuestra villa, en evitación de más sangre, de la generosa sangre de nuestros vecinos, me ha hecho pensar detenidamente en rendirnos, para ello y para que mañana aparezca la bandera blanca en nuestro pueblo, entrego a ustedes, para que lo hagan a las referidas fuerzas el Ayuntamiento y con él a veintisiete detenidos por cuyas vidas les ruego que miren defendiéndolas, como yo lo he hecho, de todo peligro.

Nerva, 26 de agosto de 1936

Fdo. Alcalde José Rodríguez.

Como imagen queda la de Eduardo Álvarez de Rementería-Martínez junto a varios de sus hombres y el periodista de ABC Gil Gómez Bajuelo en una de las principales calles de la población nervense el mismo día 26 de agosto. La imagen del vehículo repite a algunos de estos personajes, el que tiene el traje de chaqueta es, por tanto, el periodista Gil Gómez Bajuelo, y las otras dos personas que le acompañan son militares de la columna Rementería. En consecuencia, la pintada de la camioneta es nuestra última incógnita y la mayor incógnita que nos ofrece la imagen.

En principio y tras largas conversaciones con el historiador José Juan de Paz Sánchez y con el investigador comarcal Fernando Pineda Luna, dos de las personas que más han estudiado los movimientos sociales de esa época en la zona minera onubense, nos preguntábamos si sería el nombre de alguna asociación anarquista o comunista de la zona, incluso que la pintada se correspondiera con el número de personas que la noche del 25 al 26 de agosto decidió huir desplazándose hacia el norte por Extremadura, uniéndose en su huida a las de otras poblaciones y formando lo que se conocería como la columna de los ocho mil.

Faltaban, en cambio, pruebas, certezas, hasta que tras no pocas búsquedas en documentos de la época nos encontramos con una propaganda electoral de Acción Popular, que formaba junto a otros partidos la gran coalición de la derecha española liderada por Gil Robles. Dicho documento tiene en su pie el eslogan “A por los 300”, lema que acompañaría a Gil Robles en artículos de prensa y otros documentos propagandísticos de las elecciones de febrero de 1936 y que era el número de diputados que aspiraba a alcanzar dicha coalición para conformar así el Gobierno del “Poder para el Jefe”. La inclusión de la palabra Judas parece clara, ya que la izquierda gobernaba y la sublevación parecía un movimiento de la derecha política para hacerse con el poder. “Por los 300 Judas” era, por tanto, un grito de guerra, un desesperado intento de acobardar a quienes por las armas intentaban recuperar el poder perdido en las urnas, a aquellos que, desde la democracia, desde, al menos, su supuesta adscripción al sistema democrático, lo habían traicionado.